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Tal vez el otro año

Tal vez el otro año

Cuando arrancó diciembre parecía que las cosas entraban en un proceso de gradual descongelamiento, algo que más o menos sugería el inicio de la postpandemia. Ahora, como ya es costumbre, no sabemos. Mi plan era ver si quedaba algo de vida, empezar a explorar las ruinas de un edificio derrumbado. Fui al comedor de la Universidad de Costa Rica para ponerme el refuerzo de la vacuna y las siguientes 12 horas pasaron en una agonía semiconsciente en la que dormitaba con videos de YouTube de fondo que se mezclaban con sueños de fiebre. La vuelta gradual a la oficina con pantalones que ya cuesta cerrar un poco más que antes, algunas excursiones al centro de San José, pequeñas reuniones de amigos y familia. Un poco “lo de siempre” sin ser completamente “lo de siempre”.  

El 2001 pareció ser algo así como el reverso fantasma de este año. En parte por los 20 años de distancia, un número cerrado, elegante. También por el contraste que puede plantearse entre lo que era posible tecnológicamente en ese entonces y ahora. En 2001 todavía existían: videoclubes, cafés internet, tiendas de discos, cámaras de rollo, cabinas telefónicas, la enciclopedia Encarta y un montón de revistas impresas que se mudaron a Internet o desaparecieron por completo, solo por mencionar algunas cosas. Hoy puedo estar viendo una película en mi sofá y buscar en el teléfono otras películas en las que salía el actor o actriz que estoy mirando, cómo se llama la canción que está en la banda sonora, qué dijo más o menos la crítica e incluso si fulano de tal que conozco le puso buena o mala calificación en Letterboxd. Cualquier experiencia parece haber adquirido una densidad de información innecesaria: estamos en un mundo en el que todo tiene calificación, hasta el parque que queda cerca de mi apartamento (4.5 según 331 reseñas, apreciación en exceso benevolente para mi gusto). Siempre intento evitar el “tecnopesimismo” extremo, así que me abstengo de juzgar si eso es necesariamente peor o mejor. A pesar de todo me pregunto: ¿por qué la experiencia de vivir no se siente necesariamente más enriquecida? 

De antemano me disculpo por mis historias de viejo, pero para mí una noche de viernes,  a mediados de los 2000, consistía muchas veces en quedarme un par de horas en un café internet bajando canciones sueltas en Soulseek antes de agarrar el bus de Aserrí. De vez en cuando, unas cervezas en encuentros de los que no queda por fortuna ningún registro y quizás visitas a librerías de viejo ajustadas al modesto presupuesto estudiantil. Eso era. Nada de juventud dorada, noches memorables o descontrol excesivo, y a pesar de todo una vida digna. Podía sacar un libro de la biblioteca de, digamos, Colette, y leerlo durante las vacaciones sin saber prácticamente nada de la autora, y mucho menos leer las opiniones, a veces acertadas, la mayoría irrelevantes, de la gente que usa Goodreads, por ejemplo. Por supuesto nadie nos obliga a leer esas cosas, pero lo que cuenta es que ya la posibilidad está ahí, a veces la tentación es demasiado fuerte. 

Este año leí mucho, más que nada por la enorme disminución de la vida social, que no es que fuese nada espectacular antes de la pandemia. Mi conclusión es que cada vez hay menos tiempo para libros malos, en especial si uno piensa en la cantidad de horas que requiere una lectura de extensión promedio. Con los libros, la apuesta es siempre más alta; una película mala se olvida de inmediato y en el peor de los casos nos exige un par de horas. Con la lectura es otra cosa totalmente, puedo pasar hasta una semana con un libro, alternándose con otros, y tengo la costumbre de no poder abandonar nunca una lectura por más mala que me parezca, aún más si invertí algún dinero. Desde una perspectiva purista, ese tipo de cálculos tan vulgares no deberían afectar la apreciación estética, pero no podemos fingir que no importan. Por eso, si tengo la necesidad imperiosa de leer algo y no se consigue en librerías, una simple visita a una estimable página de piratería o a una tienda de libros electrónicos lo resuelve. Así es como descubrí que mucha escritura contemporánea es literatura de Kindle, podría bautizar todo un género de novelas con ese mote, toda esa literatura que no amerita el ritual del papel o incluso del mayor costo que implica la copia física. El aspecto desmaterializado del libro electrónico les sienta bien porque muy rara vez resultan ser libros que uno quisiera releer, y a veces uno desearía no haberlos leído. 

El resultado de esa literatura mediana, ni desastrosamente mala ni particularmente emocionante, es un deseo por volver a leer o releer algo que me parezca asombroso o genial, ese término desprestigiado (y el hecho de creer que no pueda existir algo parecido a la “genialidad” en el arte ya es parte del problema). Esta literatura mediana tiene ciertos trucos muy irritantes: una prosa legible, sin asperezas, algunas pinceladas de “inteligencia”, la metida con calzador de temas de “actualidad”, de vez en cuando el truco del “habla coloquial” o el uso de referencias y citas más o menos prestigiosas, al estilo de lo que Damián Tabarovsky llama “vanguardismo académico”. Aunque tengo muchas diferencias con el formalismo terco y algo trasnochado de Tabarovsky, creo que apunta a un rasgo fundamental de esta medianía literaria, forjada a través de un sistema de consagración consistente en premios, festivales, residencias y másteres de escritura creativa. La figura del escritor como un ganador serial de becas. 

Ni siquiera hemos tenido tiempo para procesar todo lo que se ha escrito en los últimos 50 años, menos aún para lo que entra en el breve período de 12 meses, y de ahí la inutilidad de todas las listas de “los mejores libros del año”. Hace mucho tiempo era particularmente entusiasta de las listas anuales de todo tipo, eran casi una tradición de fin de año. Pero poco a poco, cuando mis gustos empezaron a estar ya más o menos formados, las listas me empezaron a generar apenas una vaga curiosidad y después una sana indiferencia. 

Junto a eso hay que tomar en cuenta el carácter arbitrario y sesgado de toda lista, que incluye por supuesto los amiguismos, los entusiasmos pasajeros y la más llana hipocresía: vivimos en una época en que, casi como nunca antes, se nos venden porquerías como genialidades y hay que leer todo tan entrelíneas que, en comparación, un comunicado del Partido Comunista Polaco, en 1955, parece sincero y directo . 

Quería escribir una columna tranquila para despedir el año y no pude evitar echar algo de espuma por la boca. Ni modo. Cuando era joven, la idea del “fin de año” era mi ritual laico (o ateo-católico), el lugar común de la “reflexión”, pensar en lo que había pasado en los 11 meses anteriores y balancear arrepentimientos, vergüenzas y algún triunfo modesto. En esta etapa de mi vida, muy pocas cosas me suceden por primera vez, pienso en asuntos más allá de mi propio ombligo (a veces) y, además, los últimos 24 meses han sido tan atípicos para casi todo el mundo que quizás lo mejor sea olvidarlos rápido. Si algo bueno me pasó recientemente está en alguna escena memorable de una película o en las páginas de una novela, en lo que Truffaut llamaba “el reflejo de la vida” y que tanto prefería en comparación con la vida misma. Ya a estas alturas me conformo con la ingenua, vaga y casi nunca cumplida esperanza de un “tal vez el próximo año”. 

Fotografía de Lynn Friedman.

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El afilador de cuchillos (reissue)

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