De todas formas

De todas formas

Kathy, y por Kathy me refiero a mí misma, iba a casarse. Kathy, y por Kathy me refiero a mí misma, acababa de desembarcar de un avión procedente de Nueva York. Eran las 19:45 del 13 de mayo de 2017. La habían pasado a clase business, se sentía espléndida, al pasar por el duty free se había comprado dos botellas de champán en sendas cajas naranjas, ese era el tipo de persona que sería a partir de aquel día. La esperaba en la terminal el hombre con el que vivía, quien pronto se convertiría en el hombre con el que se iba a casar, quien pronto, presumiblemente, se convertiría en el hombre con el que se había casado, y así hasta la muerte. En el coche, el hombre le dijo que había cenado con el hombre con el que ella, Kathy, se acostaba, y que les había acompañado una mujer conocida de ambos. También habían tomado champán, le dijo. Se rieron mucho. Kathy se quedó callada. Ese fue el instante en que su vida dio un brusco giro, si bien el hombre con el que se acostaba no rompería con ella hasta pasados otros cinco días, en papel membretado. Él no consideraba que dos escritores debieran vivir en pareja. Kathy había escrito varios libros: Great Expectations, Blood and Guts in High School, supongo que habrás oído hablar de ellos. El hombre con el que se acostaba no había escrito ninguno. Kathy estaba cabreada. Me refiero a mí misma. Yo estaba cabreada. Y entonces me casé.

Dos meses y medio después, antes de la boda, después de tomar la decisión de casarse, Kathy se encontraba en Italia. La habían interrogado en el Registro Civil, no supo dar la fecha de nacimiento de su marido, pero nadie pensó que ella, o él, fueran víctimas de la trata de personas. Optaron por una ceremonia civil, ella insistió en Maria Callas porque no le gustaba quedarse a medias. Hoy, 2 de agosto de 2017, estaba sentada bajo un avispero en el Valle de Orcia. Habría podido sentarse en muchos otros sitios, pero se había aficionado a aquellos avispones. Ayer le habían caído dos encima de la pierna, follando todavía. Era un buen augurio, le dijo su amigo Joseph cuando se lo explicó por email.

Tenía montada una buena rutina. Primero nadaba veinte largos, lo que le servía para despabilarse. Luego se tomaba un café y colocaba una tumbona debajo del árbol de los avispones. A las diez le pedía a su marido que le trajera otro café. Era la primera vez que tenía marido, pero aun así sabía cómo funcionaba el asunto. ¿Kathy era maja? Dudoso. Lo que le interesaba era ponerse morena, mirar Twitter, ver si alguno de sus amigos estaba disfrutando de unas vacaciones mejores que las suyas. A su lado, su marido estaba enrollado en una toalla verde, quitándose el bañador mojado. Todo era más bonito que en casa. No solo un poco más bonito, sino profundamente, como si todos los materiales hubiesen sido reinventados por una especie más inteligente. Sin quererlo, Kathy y su marido habían terminado veraneando con los superricos.

Naturalmente, no lo parecían. Ni siquiera lo intentaban. Se comían su espuma de patata con gesto contrito y se pringaron de passata y de gelato de ciruelas y cardamomo todas las camisetas que tenían. Había un servicio de lavandería pero se asustaron al ver lo que costaba. Siempre les quedaba la opción de ponerse ropa más oscura o quizá encontrar una lavandería en Roma.

Era un día radiante como ninguno. Algo raro había ocurrido en el cielo, no estaba despejado ni nublado, sino algo a medio camino. La luz no estaba concentrada en el sol, estaba en todas partes a la vez, como si estuvieran dentro de una bombilla halógena. Kathy tenía dolor de cabeza. Internet estaba revolucionado porque el Presidente acaba de echar a alguien. Ser contratado, divorciarse, tener un bebé y ser despedido, todo en diez días. Como una mosca de la fruta, escribió algún bromista. 56.152 likes. No le vio la gracia por ningún lado, o quizá sí la tenía.

Kathy no tenía padres, lo que no era impedimento para que la siguieran incordiando. Pensaba mucho en ellos. Su madre se había suicidado, su padre había desaparecido antes de que ella naciera. Era huérfana, en el sentido más dickensiano de la palabra. De hecho, su marido la llamaba Pip, a veces la Pip. Era un hombre muy majo, indiscutiblemente majo, le caía bien a todo el mundo, era imposible que no te cayera bien. Siempre pensé que fuera del mundillo de la poesía también éramos amigos, le escribió su amigo Paul Buck, felicitándolos por la boda, pese a que todavía no estaban casados en el sentido estricto de la palabra, antes de proseguir con una anécdota sobre la vez en que él y Kathy habían perdido la oportunidad de acostarse.

Cada día hacía más calor. Treinta y un grados, treinta y seis grados, treinta y ocho grados. Había incendios sin control por toda Europa. Uno lo había provocado alguien al tirar una colilla encendida por la ventanilla del coche. Kathy se había metido en la piscina y estaba de pie con el agua al cuello, sin pensar en nada. Los deseos llegan tan hondo que no hay forma de sacarlos del cuerpo, había escrito en el último párrafo de su último libro. Se le había metido agua en un oído y cada hora más o menos se le destapaba un momento y entonces algo emergía de su interior como un grumo espeso de chicle, como un calcetín. Era desagradable, la sensación de que algo la presionaba por dentro, tiraba de ella hacia abajo. En el bar, su marido leyó una lista con todos los clientes famosos que había tenido el chef del hotel. ¿Quién es Rachael Ray?, se preguntó su marido. ¿Quién es Gloria Estefan? ¿Quién es Peyton Manning? Kathy no sabía quién era Peyton Manning, pero le ayudó con el resto de nombres.

He aquí lo que comieron. Comieron panecillos de porchetta y porchetta con rúcula. Comieron una especie de crema de yogur espolvoreada con lavanda y unos merengues diminutos. Comieron carré de cordero, bacalao negro y pici con ragú de cerdo. Saltaba a la vista que estaban engordando. ¿Te has fijado —le preguntó ella— en que aquí las mujeres son todas más jóvenes que sus maridos? Aquello era como un club de segundas esposas. Personalmente, ella era la tercera esposa de su marido, de forma que por lo menos en ese aspecto no desentonaba en absoluto.

Lo que Kathy quería en ese momento era complicado de explicar. Quería tener tres o cuatro casas para así poder mudarse entre ellas. Lo que más feliz le hacía era viajar, como si fuera un juguete de cuerda, y quizá los momentos de máxima felicidad eran cuando deshacía las maletas o compraba un billete de tren. Le gustaba entrar e instalarse, y también cerrar la puerta de golpe. Quería escribir otro libro, evidentemente, y quería encontrar la forma de no situarlo en ningún sitio. Encontrar un no lugar como los espacios interiores del cuerpo, un no lugar como las zonas muertas de una ciudad. Era una neoyorquina, no estaba hecha para vivir en Europa, y por supuesto no encajaba en absoluto en un jardín embarrado de Inglaterra. La maleza era inquietante, las polillas y el moho le ponían los pelos de punta. Lo que de verdad le gustaba eran las lagartijas, no solo por sus patitas diminutas y veloces, sino por lo excepcionalmente secas que eran. A Kathy le gustaba la sequedad, siempre había sido la suplicante, pero ahora que por fin había conseguido poner un poco de orden en su vida había descubierto que tenía un don insólito para mostrarse esquiva, como si se hubiera convertido finalmente en uno de los múltiples hombres que había perseguido por Berlín, Londres o San Diego. En los noventa, cuando era joven, había llorado y se había hecho cortes en la piel a la mínima oportunidad, le encantaba hundirse en la más absoluta miseria, pero ahora se había secado, se sentía serena, morena y plana como una tostada que nadie quiere, no exactamente apetitosa, no deseable, pero sí alimento para alguien, una paloma por lo menos.

¿Era esto hacerse vieja? A Kathy la preocupaba envejecer, no había tenido en cuenta que la juventud no era un estado permanente, que no siempre sería una muchacha bonita y desesperada que sabía hacerse perdonar. No era estúpida, solo avariciosa: siempre quería que fuera la primera vez. Cuando pensaba en la gente con la que había poblado su juventud se moría de vergüenza. Esos años de juventud habrían podido ser mucho más glamurosos, mucho más elegantes, pero inexplicablemente había preferido llevar ese corte de pelo tipo casco, ir con un peto a todas partes, y los minutos habían pasado sin que hubiera sabido atenazar mortalmente al tiempo. Ahora se sentía serena, pero vieja; ahora estaba buena, pero arrugada. Mi vida es delicada (más delicada que mi coño), le había escrito a un novio no hacía tanto tiempo. He abortado once veces, le dijo a alguien más, lo cual ni siquiera era cierto. Kathy siempre estaba mintiendo, mentía desde niña, con su melena pelirroja que a nadie llamaba la atención. Cuando empezó a caérsele el pelo por el estrés que le provocaba vivir con su madre, dijo a sus compañeras de escuela que su conejo se lo había comido. En esa escuela, tenían un juego en el recreo que consistía en que todas se hipnotizaban y luego elevaban el cuerpo de una de ellas solo con los meñiques. La niña a la que había que hacer levitar tenía que estirarse primero y entonces las demás la apretaban con todas sus fuerzas contra el suelo. Después, levantarla era tarea fácil. La ingravidez era otra de las facultades exclusivas de los más jóvenes. Luego empezabas a arrastrarte ruidosamente por el mundo como las latas atadas a un coche.

Lo que supuestamente debería estar haciendo Kathy era organizar su boda. Se aplicó a la tarea mirando fotos de Instagram y dejando comentarios desagradables. Qué ordinario, decían ella o su marido. Sillas y mesas, servilletas, qué ordinario todo. A ese paso terminarían celebrando la boda en un aparcamiento.

Kathy amaba a su marido. La noche anterior les habían obligado a hacer una lectura juntos, lo cual no era exactamente de su agrado, pero aun así le gustó escuchar los poemas de su marido, como si alguien estuviera hurgando con una llave en la cerradura del lenguaje, está atascada, está atascada, y, de pronto, pudiera pasar al otro lado. Por algún motivo que se le escapaba, había tres psiquiatras en la lectura, uno de los cuales muy eminente por lo visto y otros dos de Sheffield, todavía en bañador. Un hombre de aspecto distinguido estaba sentado al final de la sala y abrió el turno de preguntas. Hay esperanza para todos, dijo el hombre, inexplicablemente. Esa noche, durante la cena, a Kathy le tocó sentarse a su lado. Felicia, Felicia, dijo el caballero, aquí tenemos a la escritora. Felicia tenía la mandíbula prieta típica de los muy ricos. Kathy se refugió en su entremés, una rodaja blanca seguramente de pescado, y esperó a que el momento pasara.

Mañana tendremos cuarenta y un grados, dijo su marido. Eso son 106 grados Fahrenheit. O sea que cuando la gente de la India y los países del Golfo Pérsico tiene temperaturas de cincuenta grados es que hace muchísimo calor. No me extraña que se mueran. Casi treinta grados Fahrenheit por encima de la temperatura normal del cuerpo. Su marido llevaba una camiseta rosa y la pierna izquierda, que se había quemado a principios de esa semana, se le estaba empezando a pelar. Un taladro se puso a perforar en alguna parte. Kathy lo apuntaba todo en su cuaderno y se asustó de pronto al pensar que quizá iba a agotar el presente y verse en la vanguardia, sola en la cima del tiempo, lo cual era absurdo, pero ¿no piensas a veces que es imposible que surquemos todos a la vez la verde simultaneidad de la vida, como tiburones súbitamente visibles en una ola que rompe? Seguramente, la aceleración de su pensamiento presagiaba una migraña, seguramente. En Twitter decían que una fotógrafa china había desaparecido. La última vez que se la había visto había sido en el funeral de su marido, que había ganado el premio Nobel de la Paz y luego había pasado el resto de su vida encarcelado. Kathy había visto una foto de aquella mujer, con unas gafas de sol bien ajustadas al rostro. En fin, que había desaparecido. Y el gobierno chino había publicado un comunicado que se le había quedado grabado en la cabeza, algo sobre esparcir las cenizas en el mar, ¿hicieron bien? Cuando las acusaciones contra Jimmy Savile alcanzaron cotas de verosimilitud indiscutibles, alguien arrancó su lápida de madrugada y la trituró para convertirla en grava para pavimentar carreteras. Eso tampoco es que le pareciera bien, pero así era como lo recordaba Kathy. El polvo de Jimmy Savile podía encontrarse ahora en cualquier parte, podía estar adhiriéndose a los neumáticos de los coches y alejarse sin prisa pero sin pausa de Gran Bretaña, especialmente a bordo de ferris. El mal era un tema de interés para Kathy, no era aprensiva, había trabajado varios años en un antro de estriptis en Times Square, los apetitos y las miradas muertas no le eran desconocidos. En aquellos tiempos hacía un número inspirado en Santa Claus, cualquier cosa para no caer en el tedio, y liberaba sus tetas planas como huevos fritos ofreciéndoselas al mundo. No sabías nada de la vida si no habías inspirado una buena bocanada de ese aire bravo, que olía a meados, oh, Kathy realmente había visto de todo. Quiero saber por qué el presidente de Estados Unidos siempre es un putero y nunca una puta, escribió Zoe Leonard en un poema famoso y muy reproducido, y a Kathy le parecía que aún hoy era una pregunta pertinente, por qué había gente que siempre compraba pero nunca vendía.

Tenía cuarenta años. Había tenido cáncer de mama dos veces, casi nunca había estado libre de alguna enfermedad de transmisión sexual, pasaba más tiempo en la clínica genitourinaria que en la sala de estar de su casa. Había sido dueña de varios apartamentos en varios países, vendía y compraba, trataba de aprovechar los cambios de tendencia en el mercado inmobiliario, pero casi nunca acertaba. La gente la fotografiaba a menudo, había abandonado su viejo look, ahora no llevaba la cabeza rapada, era una auténtica rubia de bote. En la habitación, vio colgado el vestido de Chanel que había comprado en una tienda de segunda mano, demasiado calor para ponérselo allí, una estupidez haberlo metido en la maleta, aunque le quedaba la esperanza de Roma. ¿Hace calor en Roma?, le preguntó a su marido y él le respondió resoplando. Quizá el vestido era un desperdicio de espacio en la maleta, pero y qué. Al día siguiente se suponía que iban a cenar con un famoso cantante de ópera, justo allí, en las colinas toscanas. El hombre de aspecto distinguido pasó a su lado, haciendo ruido con sus sandalias. No está mal esta vida, dijo. Es estimulante. Esa noche daba una fiesta de togas romanas y le preocupaba hacer ruido. Kathy se había quejado hacía poco al dueño del hotel de que unos clientes hacían volar un drone sobre su tumbona. No le gustaba que la espiaran y tampoco le gustaba el sonido de aquel aparato, que al principio había confundido con una abeja especialmente agitada. El dueño le dio la razón, tenía muchos huéspedes famosos, nombres que reconocías inmediatamente, y pensaba que esos drones no pintaban nada allí. Y entonces Kathy pensó que ella misma era una especie de drone y que quizá lo que estaba haciendo, describir a toda aquella gente en su librito, no era precisamente cortés por su parte. Pero al mismo tiempo le gustaba imaginarse a sí misma volando con sus ojos compuestos, suspendida en el aire, en suspenso, recopilando datos. Justo aquí hubo bombardeos aéreos, le había dicho su marido. Era un experto en bombardeos, pero no sabía, según le dijo, que los estadounidenses hubieran bombardeado a la población civil en Italia. Ha sido una sorpresa enterarme de que los americanos destinaron tantos esfuerzos a bombardear y ametrallar a la población civil, dijo. Y a los niños también. Era sabido que mucha gente había muerto justo aquí, de muchas nacionalidades y tendencias políticas distintas, soldados, partisanos, prisioneros de guerra, campesinos, refugiados, la gente muerta de hambre que había venido a pie desde Roma y Siena y esperaba delante de la puerta a que les dieran de comer. Unos días antes se había celebrado una boda en el hotel y, antes de comer, Kathy se había sentado a tomar una cerveza mientras observaba a unos floristas de Florencia montar un complicado medio arco de rosas de color rosa. También los observaba un anciano cuyo padre había muerto tiroteado ahí mismo, en la plaza, en el último año de la guerra. Había una placa que lo recordaba, debajo de la cual se colocaría más tarde la novia para el retrato oficial de la boda. Así era la historia, así funcionaba todo, ahora estaban arrancando todos los techos de los setenta para que el edificio recuperase su aspecto medieval, con la única salvedad de unas duchas con efecto de lluvia. Era inútil, era una locura, el estropicio que provocaba el paso del tiempo. Una carreterita blanca que cruzaba el valle, allí había empezado todo, pero se podía transportar casi cualquier cosa por aquella calzada, cadáveres o niños con tubas o un Ferrari remolcado por una camioneta.

A la hora de comer, el hombre de aspecto distinguido y su esposa se sentaron a la mesa de al lado. Una vez más, el hombre se le acercó. ¿Dónde van a casarse?, preguntó. Kathy no sabía cómo se había enterado de que iba a casarse y, francamente, no es que la boda la tuviera entusiasmada. Imbécil, musitó para sus adentros. El hombre se llamaba Henry, ni siquiera hacía falta que se lo preguntara, resultaba evidente. Henry se pasó un rato refunfuñando sobre los ministrables de la oposición laborista, diciendo que eran unos zotes redomados. Felicia dijo que había rechazado el título de dama. No me sorprende, ya la habían pasado por alto un par de veces. A Kathy le gustaba mezclarse con gente bien informada, no habría sido una buena espía, no retenía nada, era como un coladero. Lo único que quería era picotear un poquito. Henry era guapo. Le recordaba a un zorro traidor en una película de Disney. Un hombre gordo y bajo llegó al bar y saludó a todo el mundo por su nombre.

Mientras observaba los preparativos para la boda, se le olvidó por completo que ella también iba a casarse en pocos días. Hasta había comprado ya el vestido, un Isabel Marant, demasiado corto, nada sorprendente por ese lado. Algunos conocidos suyos, amigos en realidad, estaban sorprendidos y dudaban de que Kathy estuviera dispuesta a compartir el primer plano el tiempo suficiente para pronunciar sus votos matrimoniales. Una vez había echado físicamente a otro escritor del escenario, y tenía en su haber un montón de jugadas todavía más delicadas.

Esa noche del 3 de agosto de 2017 ocurrieron muchas cosas. Por ejemplo, Kathy conoció a uno de los mayores donantes del Partido Demócrata. De hecho, era el segundo donante importante del Partido Demócrata que había conocido en esos dos últimos días. Tienen una relación muy estrecha con Hilary Clinton, le había comentado alguien. El donante tenía una hija extraordinaria que se llamaba Dahlia y era la persona más serena que Kathy había conocido en toda su vida. Llevaba un vestido muy ceñido, hecho con tiras de crochet de distintos colores fuertes —azul, amarillo y negro— y le sentaba de maravilla, de verdad que estaba guapísima. Tenía diecinueve años, veinte como mucho, y dominaba la conversación como una tenista de talla mundial, sacando con fuerza y devolviendo todos los golpes. Estupendo, decía cariñosamente cuando un adulto con gesto nervioso le participaba información sobre su país, vida o trabajo. Estupendo. ¡Siguiente! Le habló a Kathy sobre la importancia de la política, y también sobre la importancia de la ingeniería, así como sobre las formas distintas pero parecidas en que ambas actividades podían transformar el mundo. La madre de esa muchacha se acercó para participarle que ella también estaba escribiendo un libro, aunque avanzaba muy despacio porque vivía a caballo de Los Ángeles, la Toscana e Israel, y tenía que ocuparse de varias casas, además de su trabajo en la industria del cine y después de haber dedicado todo un año a trabajar como voluntaria en la campaña de Hilary. Lo que de verdad le apetecía a Kathy era que le contaran chismes sobre la fiesta fallida de la noche de la no victoria electoral, pero no parecía que fuera a caer esa breva. La conversación derivó a la alimentación kósher. En el Bar Mitzvah de mi hermano, le dijo Dahlia a Kathy, el hotel no quería servirnos la tarta después de la carne. Y nosotros, que si era una fiesta, y ellos, que si su hotel era kósher. Al final encontramos una solución. Conseguimos que nos sirvieran la tarta a medianoche. Sí, no podíamos quedarnos sin tarta.

Después de eso, Kathy se enzarzó en una trifulca con un artista, un escultor que calzaba sandalias de cuero y que en algún momento de esa noche se había hecho un corte en la pierna. La sangre le chorreaba por el tobillo, pero nadie más parecía haberse dado cuenta, de modo que Kathy no dijo nada. Discutieron sobre Wordsworth y Europa. Kathy tenía réplicas muy apasionadas sobre lo que aquel hombre decía y por qué estaba equivocado. El rosé se le había subido a la cabeza y le había soltado la lengua. Creía firmemente y lo sostuvo con convicción que los británicos siempre habían odiado a los Europeos. Como Ana Bolena. A esa zorra afrancesada la había detestado todo el mundo. Kathy también estaba segura de que el Campo del Paño de Oro era una de las claves de su argumentación, aunque a decir vedad no recordaba ni la finalidad ni los participantes de aquel encuentro regio. Sea como fuere, su marido se inclinó sobre la mesa y dijo sin el menor atisbo de gentileza que estaba completamente equivocada y, como su marido siempre tenía razón en todo, Kathy no tuvo inconveniente en plegar velas y pasar a otro tema de conversación, esta vez sobre el mundo editorial. Aquí se hallaba en un terreno mucho más firme, aunque a esas alturas el alcohol ya había hecho efecto y todo el mundo empezó a repetirse y sacar conclusiones absurdas.

Se fueron pronto. Tenían planeado asistir a una cena importante, pero su marido había empezado a quejarse dramáticamente y con sentimiento de unas náuseas que creía relacionadas con el cerdo que les habían dado a la hora de comer, de modo que al final no asistieron a la cena, lo cual les hizo sentirse a ambos como unos seres despreciables. Kathy no pegó ojo. Se cambió de cama un par de veces. Un avispón se había quedado enganchado en la parte interior de la mosquitera. El aire acondicionado removía el aire de la habitación sin enfriarlo. A la mañana siguiente, su marido se despertó y dijo: cada vez que me giraba en la cama, soñaba que tenía que darte una cajita que se desintegraba. Hacía calor, todo era perfecto, era casi ahora.

*

Desayuno. Tres triángulos de sandía, una taza de café, un yogur, un tarrito de miel. Así fueron las cosas. Otros huéspedes tomaron crostata de fresa o croasanes integrales o, dios nos libre, huevos preparados de cinco formas distintas y una selección de fiambres. La gente togada iba apareciendo, resacosa y triunfante. Hola Barry, hola Lordy. Me he despertado con un orzuelo. Me duele horrores. No, es la primera vez que tengo uno, por qué narices me sale uno hoy. Habían celebrado sus festejos en una carpa en la terraza. La carpa seguía allí, vacía y mustia, con los postes engalanados de hiedra y florecillas pálidas. Estaban hablando sobre el bloque de apartamentos que se había incendiado. Bajaba por la autovía de Westway y lo vi, todo chamuscado, dijo la mujer del orzuelo. ¿Cuánta gente murió? ¿Ochenta, ochenta y cinco? Todavía no lo saben. No encuentran cadáveres cuando el fuego alcanza esas temperaturas. ¿Y los huesos? Creo que utilizan la dentadura. El marido de Kathy se metió varias uvas en la boca a la vez. Estaba escuchando una conversación distinta, entre uno de los huéspedes y un abogado italiano. Me crié en una familia católica, del Opus Dei, así que no me extraña, dijo el abogado. La mafia, dijo el huésped, y el abogado se encogió de hombros con olímpico desdén.

Unos minutos después, Kathy sopesó sus elecciones vitales estirada en una de las tumbonas. Aceptables. Tenía cuarenta años, lucía un pequeño diamante en la mano derecha, contemplaba una montaña, nadie se interponía en aquel momento en su camino.

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Fragmento incluido en Crudo.© Alpha Decay, 2019. Todos los derechos reservados.

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