El burdo contorno de un hueco

El burdo contorno de un hueco

Hace un momento entró al cuarto mi hijo José. En muchas ocasiones viene a verme cuando estoy escribiendo; me hace preguntas y demuestra interés:

−¿Va muy adelantado tu libro, papá?

¡Adelantado! Me quedo pensando: ¿Cómo puedo adelantar en un libro rígidamente contenido para ocultar esta impotencia de escribir y ésta, mayor aún, de no escribir?

Mi hijo, claro, cree que cada nuevo renglón es un adelanto. No puedo decirle que cada nueva palabra es un machacante retroceso a la primera y que ésta es tan intrascendente e insegura como la última. Que ninguna tiene un sentido importante que la justifique y que todas juntas, las que ya están escritas y las que faltan por escribir, serán únicamente el burdo contorno de un hueco, de un vacío esencial.

−Es novela, ¿verdad, papá ?

Y luego, con esa influencia cinematográfica natural a su edad:

−¿Acaba bien?

Lo he despedido violentamente. Abrió sus grandes ojos, asombrado. Confío en que no le habré hecho daño. Confío −iqué vergüenza escribirlo!− en que deducirá con su joven imaginación generosa: "¡Los escritores son tan raros, distintos a los demás!" Y yo quedaré ante él, no como un padre injusto, sino original, a quien hay que tolerar porque es un escritor. Tal vez lo cuente a sus amigos con un leve tono de orgullo: "¡Mi padre escribe; ya va muy adelantado su libro!" Y tal vez uno de esos amigos, hijo de un empleado o de un comerciante, sienta en el fondo cierta envidia y el deseo de que su padre también fuese escritor.

¡Qué fraude! Debería corresponder legalmente a su interés y decirle:

¡No soy escritor! No lo soy; esto que ves aquí, este cuaderno lleno de palabras y borrones no es más que el nulo resultado de una desesperante tiranía que viene no sé de dónde. Todo esto y todo lo que iré escribiendo es sólo para decir nada y el resultado será, en último caso, muchas páginas llenas y un libro vacío. No es una novela, hijo mío, ni acaba bien. No puede acabar lo que no empieza y no empieza porque no tengo nada que decir. Tu padre no es escritor ni lo será nunca. Es un pobre hombre que tiene necesidad de escribir, como otro puede tenerla de beber. Sólo que éste lo hace y sacia la sed. A nadie da cuenta de ese acto que tiene un recorrido íntimo: nace, se cumple y muere en él; se llama embriaguez y se disfruta o se padece solo. Pero escribir es otra cosa. Escribir es decir a otros, porque para decirse a uno mismo basta un intenso pensamiento y un distraído susurro entre los labios. Y no se puede decir algo a los otros cuando se tiene la conciencia de que no se posee nada que aportar. Pero si la conciencia es lo suficientemente aguda para entender esto, no debería ser tan débil ante el apetito de decir y éste debería ser tan moderado que resultara posible vencerlo.

Y de allí nace la trampa. Como no puedo vencerlo, dejo vivir en mis hijos, en mi mujer, en mí mismo a veces, cerrando cobardemente los ojos, esa equivocación, esa mentira y me irrito cuando no me tratan con la tolerancia que los demás destinan para aquellos de quienes esperan algo importante y distinto. Yo mismo, que lo sé todo, me he sorprendido solapándome actitudes violentas y arbitrariedades que intento explicarme como propias de quien considera que tiene una más alta misión que la común y corriente de estar al cuidado y al servicio de su familia. Es un feo engaño, yo lo sé. Mi mujer, con su aterradora intuición, lo sabe también y, no obstante, se calla. ¡Pero mis hijos! José, burlado, y Lorenzo, el pobre, tan pequeño aún, reprimido a cada momento por su madre:

−¡Niño, por Dios, cállate, tu padre está escribiendo!

−¡Niño, no molestes a tu padre, está escribiendo!

Yo, profundamente avergonzado de esta cooperación, de este respeto, me revuelvo contra ella, contra él, contra la casa, contra todo.

−¡Haces más ruido tú al callarlo. Déjalo en paz!

Y al niño:

−¡Vete a acostar, no hay quien te aguante!

Y el inaguantable soy yo.

La verdad es que no puedo aspirar más que a la natural consideración que se le tiene a cualquier marido. Podría sin duda haber mejorado mi situación, haberme preocupado por aumentar un poco mis ingresos. Mi mujer está cansada; José necesita cada día más cosas, ya va en segundo de Leyes; Lorenzo ha sido siempre tan enfermizo que el médico y las medicinas están considerados como gasto fijo en nuestro presupuesto. Me inquieta este niño: tiene una mirada extraña, una expresión ausente, una melancolía que no corresponde a sus pocos años. ¡Fue tan inesperado su nacimiento y tan poco deseado en realidad! No me lo perdono. Estoy seguro que influyó en él nuestro cobarde rechazo.

Cierto que yo también experimento a veces extrañas sensaciones de las que me da vergüenza hablar. Una, la más frecuente, es ésta: a pesar de que desde hace tantos años soy el mismo y hago lo mismo, no sé por qué me siento ajeno a mí; como si accidentalmente hubiera yo caído dentro de mi cuerpo y de pronto me diera cuenta del sitio en que habito.

Mi mujer me pregunta por qué en la mañana, cuando despierto, me miro insistentemente las manos. Claro está que no puedo contestarle. ¡Cómo voy a saber lo que hago en ese borde sutil del despertar! Pero a veces también lo hago en plena vigilia, en la oficina, y tampoco puedo explicarlo. Es algo como realizar para mí mismo una identificación, una rápida comprobación de verdadera existencia física. Como si hubiera un grave desajuste entre lo que soy y lo que me representa, y necesitara yo, de pronto, notarme.

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Fragmento de El libro vacío. Los años falsos. © Fondo de Cultura Económica, 2006. Todos los derechos reservados.

Imagen de Salvador Dalí.

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