Algo de nosotros quiere ser salvado

Algo de nosotros quiere ser salvado

Abrimos la botella y le dimos un largo trago antes de recostarnos sobre la hierba y comenzar a mirar las nubes: esa se parece a O’Henry, dijo S.; aquella parece el rostro de Friedrich Dürrenmatt; no, esa es como la cara que tiene que haber puesto la mujer de Dürrenmatt después de leer El encargo, corregí; la de más allá se parece a la cara que puso Max Frisch o Uwe Johnson después de haber leído El encargo, esa historia que se extiende páginas y páginas y no tiene ni un solo punto final ni uno seguido, decíamos, y mirábamos el cielo mientras nos pasábamos la botella, y a veces nos reíamos, porque S. solía reír mucho en aquella época, a pesar de que su situación no era particularmente buena, aunque tampoco podía decirse que fuera mala, ya que S. vivía en una pensión en el centro de la ciudad de *osario y estudiaba música allí, en una ciudad singularmente prolífica en ese aspecto, que era la razón por la que S. había abandonado su pueblo natal –sobre el que nunca dijo una sola palabra, pese a mi insistencia por conocer detalles de su vida anterior a su llegada–, solo para descubrir a poco de instalarse allí que *osario carecía de una verdadera escena musical, a tal punto que, a pesar de llevar varios meses en la ciudad cuando la conocí, aún no había conseguido dar con un solo contrabajista a pesar de poner anuncios en la escuela de música y en las salas de ensayo y en los bares, anuncios minúsculos que S. escribía a mano y en los que desgarraba el borde inferior en una media docena de lengüetas de papel que se suponía que los interesados en responder al anuncio podían cortar y llevarse para llamarla más tarde, aunque nunca nadie respondió a esos anuncios, de modo que S. solía pasar las tardes en su habitación –minúscula, apenas un rectángulo de concreto adosado a los altos de la pensión original, posiblemente construida a comienzos de siglo, en la que S. tan solo tenía una cama, un armario para su ropa y una silla, sobre la que casi siempre estaba su trompeta, que no tenía permitido tocar en la casa– practicando su digitación y leyendo y pensando en la música que tocaría una vez que hubiese encontrado un contrabajista; singularmente, el contrabajista no aparecía y a veces nos preguntábamos dónde podía estar y le poníamos nombre y le imaginábamos una biografía paralela a la de S., es decir, lo imaginábamos en una pensión de la ciudad de *osario practicando su digitación y leyendo y pensando en la música que tocaría una vez que hubiese encontrado una trompetista, y a veces también le poníamos su rostro a las nubes, a las nubes más escurridizas de los días ventosos del invierno, cuando la hierba estaba helada pero nosotros insistíamos y nos recostábamos sobre ella y bebíamos y les poníamos rostro a las nubes; supongo que por entonces algo en nosotros quería ser salvado y algo no quería serlo, como sucede siempre, y que algunos de nosotros queríamos ser salvados y otros no, y pensábamos en todos los que, como S., querían algo y no lo tenían, al tiempo que otros poseían algo que estos añoraban y deseaban lo que los primeros tenían, y pensábamos en los malentendidos y en los breves y azarosos encuentros que se producían entre esas personas y en cómo esos asuntos conformaban extrañas cadenas de acontecimientos no siempre satisfactorios; naturalmente, llegados a ese punto, ambos recordábamos el cuento de O’Henry que habíamos leído años antes y de forma casi simultánea aunque en sitios diferentes y sin tener noticia el uno del otro: en el cuento había una mujer que tenía un dólar y ochenta y siete centavos para comprar a su marido un regalo de Navidad; había pensado en una cadena de oro para el reloj de su marido, que antes había pertenecido a su padre y antes a su abuelo, y decidía –y este era el primer pliegue del cuento– renunciar a su larga cabellera para obtener el dinero que necesitaba para el regalo; su marido, por su parte, también estaba a la búsqueda de un regalo para su esposa y también carecía de dinero; por supuesto, había pensado en regalarle un juego de peinetas para el cabello, y lo había adquirido –y este era el segundo pliegue del relato– vendiendo el reloj que fuera de su padre y de su abuelo; con unas peinetas inútiles en las manos de él y una cadena absurda en las manos de ella, hacia el final del cuento, el narrador apartaba pudorosamente la vista de la pareja, que se abrazaba en una habitación de ocho dólares a la semana, en la que –decía O’Henry– había un buzón al que no llegaba carta alguna, y un timbre eléctrico que nadie pulsaba, exactamente como sucedía con S., que en ese punto solía incorporarse sobre la hierba y mirar el edificio que se encontraba frente al parque en el que solíamos encontrarnos y comenzar a señalar sus ventanas –casi siempre cerradas, porque esto sucedía principalmente por la tarde, cuando el sol daba de lleno sobre la fachada del edificio y era pertinente cerrar las ventanas para que los apartamentos no se calentaran en exceso– y decía: «Allí vive una mujer que quiere un hijo, y en la otra ventana, dos pisos más abajo, vive un hombre que tiene un hijo y no lo quiere y añora la libertad de la mujer de los pisos superiores, a la que no conoce; y allí hay un estudiante de Económicas que trabaja de camarero y en el apartamento adjunto un economista que odia su trabajo y lo cambiaría con gusto por el del camarero, quien tiene una novia guapísima a la que sin embargo no quiere, porque en el fondo lo que le gusta son los hombres, y hay un hombre tres pisos más arriba al que le gusta el camarero: bastaría que todos ellos admitiesen qué desean para que fueran felices», decía S., y todas las veces yo dejaba que se solazara en ese pensamiento durante un minuto o dos antes de decirle que, en mi opinión, bastaría que alguno de ellos obtuviera lo que deseaba –que la mujer aquella tuviera un niño, pongamos– para que al poco tiempo reclamase lo que había perdido, y que su propuesta de dar a una persona aquello que la otra tenía en exceso o desdeñaba no era completamente lógica, ya que, por ejemplo, bastaba que al hombre al que le gustaba el camarero este le gustase por ser muy masculino para que perdiese el interés en él al enterarse de que, en realidad, al camarero le gustaban los hombres, y que quizá también le pasara lo mismo al camarero, y tal vez –le decía– fuese precisamente la imposibilidad de que cada uno de los habitantes de aquel edificio satisficiera sus deseos lo que mantenía sus vidas en su sitio y al edificio aquel sobre sus cimientos, como una especie de puzle de vidas malogradas y aspiraciones incumplidas en el que unas piezas descansaban en las otras; cuando decía eso, invariablemente, S. reía y dejaba claro que pensaba que yo estaba exagerando y se levantaba para ir a comprar otra botella o, si no teníamos más dinero –lo que sucedía con frecuencia–, para volver a su pensión, y yo me despedía de ella y regresaba a mi casa; y fue precisamente en esa casa, una noche, cuando recibí una llamada de S. muchos años después de todo esto, una de esas noches calurosas que siguen a la Navidad en *osario y en las que el calor y la humedad se adhieren a la piel y esta se refugia en una memoria de los días fríos y de las pieles frías que alguna vez tocó, y la voz del otro lado del teléfono –una voz que yo apenas recordaba– me dijo que acababa de regresar de una estancia europea de dos años y me preguntó si aún me acordaba de nuestras tardes bebiendo en la hierba y yo respondí que sí y la voz me anunció que tenía una historia para mí como esas que nos contábamos en aquellas tardes y tomó aire y dijo que los últimos años había estado viviendo en Arlés, en Francia, tocando en bandas locales por todos los bares de Arlés y una vez en Nîmes, donde le habían ofrecido quedarse tocando en una banda de ska cuyos miembros vivían en una casa ocupada en la rue de l’Herberie y estaban a punto de grabar un disco, pero ella había dicho que no –a pesar de no tener nada de dinero y aunque la idea de grabar el disco y quizá también la de vivir en la rue de l’Herberie le agradaban– porque quería regresar a Arlés, donde la esperaba su novio, que había llegado de Senegal apenas unos meses antes que ella y que también era músico; S. me contó que el senegalés y ella habían planeado pasar la Navidad con amigos en Arlés y luego volar a Malí, donde el senegalés tenía conocidos que los alojarían y con los que esperaban pasar todo enero, uno de esos eneros calurosos que tanto añoraba el senegalés y que debían parecerse a los de *osario, con sus tradiciones inconvenientes como el consumo de turrones y de frutas azucaradas y de todas esas cosas pensadas inicialmente para ser comidas en la Navidad europea y en el más riguroso de los inviernos, pero que en *osario durante el verano carecían de toda utilidad y dejaban a sus consumidores derrengados, más y más extenuados con cada bocado que daban en nombre de tradiciones europeas heredadas y escasamente prácticas en ese extremo del mundo, muy lejos de donde habían sido concebidas inicialmente; y entonces S. me contó que unas semanas antes de la Navidad había comenzado a ahorrar para comprarle al senegalés un suéter para que pasara el invierno francés y que había encontrado uno magnífico, uno de esos suéteres tan suaves que parecen haber sido confeccionados con la lana de ovejas que a su vez hubieran comido lana y que lo había comprado y pensaba regalárselo y que una noche lo esperaba en el apartamento que compartían en las afueras de Arlés para entregárselo cuando recibió un extraño llamado de la policía local, que quiso saber su nombre y su vínculo con el senegalés y su estado civil y que después le informó que el senegalés acababa de ser deportado por no cumplir la normativa vigente en materia inmigratoria en Francia y ella comenzó a gritar y a llorar y, cuando el oficial que había llamado brevemente para informarla colgó exasperado el teléfono, fue a la comisaría más próxima y volvió a gritar y a llorar y cometió un error gravísimo, porque, para validar su reclamo, entregó su permiso de residencia, que había caducado un año antes; posiblemente por el hecho de ser blanca, las autoridades fueron más generosas con ella que lo que habían sido con el senegalés, que había sido deportado de inmediato, y le dieron veinticuatro horas para que dispusiera de sus cosas, y ella regresó al apartamento que había compartido con el senegalés y al que este ya no regresaría y estuvo llorando y guardando sus cosas y las de él y debajo de la cama encontró un paquete con su nombre y lo abrió y encontró una tarjeta en la que el senegalés le deseaba una feliz Navidad y lo abrió y descubrió uno de esos trajes amplios que utilizan las mujeres en Senegal y que a menudo son acompañados por un pañuelo que se ata a la cabeza y que ella ya no podría usar nunca porque ya no iría con el senegalés a Malí y luego sacó de su bolso el suéter con el que había cargado todo ese día y contempló ambas prendas ya inútiles y después siguió guardando sus cosas, en el interior de una casa en la que había un buzón al que no llegaba carta alguna y un timbre eléctrico que nadie pulsaba, y cuando me decía esto, S. –que tanto había reído en el pasado– me decía con una voz temblorosa que estaba de regreso en *osario y que no quería estar de regreso en *osario y contaba su historia al teléfono y solo se interrumpió cuando yo le pregunté –bruscamente, como comprendí de inmediato– qué clase de músico era el senegalés y ella dudó un momento y después respondió –con una proximidad que no habíamos tenido siquiera en las tardes en que nos echábamos en la hierba uno al lado del otro y poníamos rostro a las nubes que pasaban– que el senegalés era contrabajista y yo pensé con cierto alivio que algo de nosotros sí podía ser salvado en ciertas ocasiones.  

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Relato incluido en Trayéndolo todo de regreso a casa. © Los tres editores, 2019. Todos los derechos reservados.

Fotografía de Mike Simon.

'El conejo de la quebrada', de Fabián Coto Chaves

Estuvimos ahí desde siempre