'El conejo de la quebrada', de Fabián Coto Chaves

'El conejo de la quebrada', de Fabián Coto Chaves

Para mí, Fabián Coto ha escrito dos libros: El país de las certezas (EUNED, 2015) y El conejo de la quebrada (Encino, 2019). Dos libros que giran en torno al mismo imaginario familiar, marcado a fuego por los ritos de los abuelos y los padres, las madres y las tías, por un paisaje que se antoja fijo y por momentos abstracto, sobrevolado todo por la obsesión con la historia y la forma siempre oblicua y particular en que toca de pronto las vidas más anodinas. La aventura casi inmóvil de un hombre sentado en una tuca de pino, acompañado por sus perras, cerca de una quebrada, sopesando o inventando para sí mismo el rastro de un conejo, es un retorno al país de las certezas que la escritura de Fabián abandonó en Días de proletarización (Germinal, 2017), su libro de estampas urbanas.

Hablo de una «aventura inmóvil», de un hombre que imagina y recuerda y espera mientras se desliza a su alrededor su historia particular imbricada con la historia de una parte ínfima de la naturaleza: un conejo escurridizo. Un hombre sale de una cabaña y baja a una hondonada y se sienta y espera y azuza a sus perras a seguir un rastro y examina posibles huellas, restos. Poco a poco, a partir de ahí, la narración comienza a dibujar su paisaje íntimo: las montañas de Jirara, la cabaña en la que se encuentran su esposa y su gata, el camino que lleva a Cartago, los vecinos lejanos, los senderos que se pierden por la montaña, el recuerdo del abuelo cazador, el presente que se cuela poco a poco y levanta sin parar el fantasma del trabajo perdido y de la imposibilidad épica de toda narración. El conejo de la quebrada es una narración embriagada de melancolía —tanto como lo eran los cuentos breves y fulgurantes de El país de las certezas— que describe y amasa con lirismo y ternura (en sus mejores pasajes) un mundo inexistente, la ficción del pasado propio que cada uno se cuenta para direccionar precariamente la existencia que nos sobrepasa.

¿Cómo no recordar, al inicio del librito, la épica agraria de Fabián Dobles en El sitio de las abras, aquel magistral comienzo que sigue oliendo a raíces recién cortadas y tierra mojada?

“Ha molido el tiempo tanta harina de hombres y de días, que los que hoy viven allí y los que llegamos de paso, alguna vez, lo ignoramos casi todo. Y, sin embargo, aquellas que ahora no son lejanías, pero que lo fueron entonces, tienen una historia larga, honda y también dolorosa. Solo que ha ido pasando sobre la tierra casi inadvertida, como tantas otras, y los huesos de los que fueron y la esculpieron con sus vidas se hallan ahora transformados en la savia de los árboles, en el humus de los cafetales  y en el mugido apacible de los bueyes”.

Hay en El conejo de la quebrada un engañoso aire de veneración por el mundo de los padres que puede llevar a despertar el recuerdo de una novela como la de Dobles. Una insistencia, igualmente engañosa, en que hubo un pasado mejor y más fuerte, en absoluto comparable con la decadencia absurda de los tiempos que corren. Para muestra el episodio de la cacería de un cabro de monte perpetrada por el abuelo cazador en las montañas de Jirara, el mismo paisaje en donde ahora un hombre bebe café mientras espera ver un conejo: «Cabro y perro estaban exhaustos luego de subir y bajar pendientes enmontadas. Apenas andaban unos pasos se echaban al suelo, separados por una distancia máxima de cinco metros. Lo que siguió puede parecer brutal, a pesar de que yo lo recuerdo como un gesto ético fundante: mi abuelo tomó una cuchilla y degolló al cabro». Y esa cuchilla, ese objeto, continúa el narrador, está ahora en su mano, mientras recuerda, desgastada y mitificada por el tiempo: lo que queda es la memoria y ya no hay espacio para un comienzo épico y reivindicativo en donde se recuerden los huesos de los vencidos en la profunda montaña, no hay posibilidad ya de escribir sobre el combate entre los buenos y los malos: «La memoria es sombra de la materia y la vida de un hombre también transcurre en sus objetos».

La veneración por los padres es una cosa cualquiera, dañada y olvidada en un rincón, un cuento de sombras que se trae siempre a cuestas para tener un punto de referencia en el mundo que nos sobrepasa. Aunque al inicio del relato se mencionan aquellos pioneros de hacha y machete (Emma Gamboa dixit) y se sugiere la idea de que el hombre que nos cuenta está emparentado con ellos, hay por detrás del comentario una sonrisa irónica que recuerda que tanto sacrificio fue para volvernos alcohólicos mientras no dejaba de llover y los frijolares se cebaban mientras el ganado, rodeado de una abundancia vegetal desesperante, seguía flaco y roñoso. Una pequeña sonrisa les saca la solemnidad épica a las montañas y las transforma no en el espacio fundacional de un país entero, sino en el telón de fondo del drama particular de un niño y un hombre. El mundo de los pioneros, en donde habría que contar al abuelo cazador, se esfuma siempre, está y no está, como el conejo de la quebrada que las perras se desesperan por encontrar y que el hombre, en la tuca de pino, cree estar siempre a punto de tomar entre sus manos. El conejo, de pronto, es la última sombra del conato épico, de aquello que nunca fue: «Al llegar al portón anaranjado pensé que, a lo mejor, a esta hora el conejo de la quebrada estaría saliendo de su refugio y que extrañaría los aullidos de Negra y Chiquita».

Además, el hombre es un hombre lo suficientemente desprendido del mundo que evoca como para pactar un acuerdo con su esposa en el que ella se encarga de traer el pan a la mesa mientras él intenta escribir una novela y escucha un playlist de Schubert en su iPod. Se mudan a la cabaña para rastrear de nuevo, en alguna parte, el hilo de cierta escritura perdida. La cualidad más notable del relato de Fabián, me parece, está en la descripción delicada y minuciosa de esa vida en la que aparecen, como guardianes, una mujer y una gata que mantienen al hombre de pie, un hombre doméstico y delicado que recuerda para sus adentros tiempos de emociones brutales y persecuciones con rifles y cuchillas a través del monte para reírse un poco de todo el mundo mientras empina un poco de whisky. Pasajes en donde una hormiga arrastra el cadáver de otra hacia el hormiguero, en donde se describe el vuelo de un pecho amarillo o se recuerda que las lluvias en setiembre borran todo rastro y empujan a la inmovilidad; el olor a tierra mojada, las plantas del patio recibiendo un aguacero torrencial; el hombre andando de noche por el camino hacia la cabaña, rodeado de cuyeos y guiándose por la luz de la casa que lo espera al final del recorrido; las visitas de los amigos, la presencia vibrante del conejo de la quebrada. Es ahí en donde reaparece la escritura íntima, despojada de solemnidades y pretensiones épicas o reivindicativas. Prueba de ello es lo vacilante que se vuelve el texto cuando intenta sonar denunciante o deliberadamente político: sabe a muñeco de paja, el motor se ahoga un poco, corcovea, y sale airoso hacia las montañas, hacia la espera del conejo y la rememoración que hila todas las cosas.

Todo texto es nuestro en el sentido en que lo robamos de quien lo escribió para escribirle una cara distinta y borronearlo. En ese sentido, leí El conejo de la quebrada como un texto casi programático y —aunque suene bastante serio, no es tan grave— definitorio de la poética de Fabián. La naturaleza y el pasado, la insistencia en el humor, la familia y los ritos cotidianos que posibilitan la vida, encuentran aquí su gramática, por decirlo de alguna forma. Y está la figura particular de este hombre que recuerda y narra, con feliz melancolía, el mundo de otros hombres con los que poco o nada comparte más allá del ímpetu por retenerlos cerca, memorioso: «(…) me sentí como esa generación de hombres de principios de siglo que aprehendían el mundo con las manos; que lo sentían; que lo repudiaban; que lo acariciaban (…)». La ironía es que en esa alabanza entierra ese mundo, salta sobre la tierra todavía húmeda de su tumba. No hay aquí un hombre de esos que todo lo arreglaban y creían en el mundo que sus manos hacían y rehacían: el hombre del texto añora tocar ese mundo, saber qué fue de él. Como un grito en llamas desde eso perdido viene el conejo, el rito de seguirlo, de pensar en él mientras se vive y se escribe: «Ir por el conejo de la quebrada no es un mero deporte sino una suerte de sacramento solemne, como los monjes que se retiran a leer las escrituras en silencio».

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El conejo de la quebrada, Fabián Coto Chaves, Encino Ediciones, 2019.









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