Estuvimos ahí desde siempre

Estuvimos ahí desde siempre

8:38 p. m.

14 de noviembre.

Más lluvia y una serie de lombrices que suben por la pared.

Las lombrices son pulsión canónica de vida. O mejor dicho, son un austero haz de percepciones. Las veo trepar y, a veces, resbalan, invirtiendo su curso; cuando esto ocurre, ellas siguen su marcha, idiotamente, hacia la tierra húmeda de donde proceden.

Las veo subir, bajar, resbalar y caer, ajenas a cualquier cosa más allá de la influencia gravitatoria. Las veo emerger del jardín en busca de oxígeno o, acaso, de un primitivísimo sentido vital. Y sé que algunas de ellas, probablemente, seguirán un curso errático hasta el corredor y que, al día siguiente, perecerán insanamente aferradas al concreto, apocadas y consumidas por el sol.

También sé que tienen un comportamiento social; que pueden formar rebaños y tomar decisiones colectivamente; que se comunican mediante el tacto y de este modo influyen en la conducta de las otras. De cierto modo las lombrices de tierra se comportan más como una familia que como un huraño milípedo. 

Recuerdo un poema de GA Chaves donde se le pide al padre fallecido que no permita que las lombrices emerjan de la tierra:

Yo ya sé a lo que vienen ellas:

Vienen a arrancarme la voz.

Wallau: vos que estás allá abajo

pediles que se queden con vos.

Luego, pienso de nuevo en la idea de las familias.

La mía es una cadena de fracasos y frustraciones que ha habitado esta provincia desde tiempos inmemoriales. «Estuvimos ahí desde siempre, como una derrota», le respondí a un profe de la U que alguna vez me preguntó cuándo se estableció mi familia en la vieja capital. No tenemos un pasado heroico. No hay antepasado aventurero ni emprendedor. Únicamente una pasta inercial de seres que lo mismo sembraban, se prostituían, se emborrachaban, cocinaban, fabricaban muebles o comerciaban alimentos.

La mayoría de los descendientes directos de inmigrantes, en cambio, incorporan una estructura de valores que, a menudo, les permite enfrentar las adversidades de manera más efectiva. Se trata de algo tan fútil como crecer escuchando las historias de un bisabuelo que salió, digamos, de Polonia, que llegó a Costa Rica sin un cinco y que amasó un capital a punta de esfuerzo. Estamos de acuerdo en que la pobreza originaria de ese bisabuelo puede ser mítica. De hecho, es probable que el dichoso bisabuelo no haya pasado de ser un usurero estafador. Pero, más allá de eso, lo relevante es que las familias descendientes de ese tipo de inmigrantes elaboran una mitología del emprendedor, abnegado y laborioso, que es capaz de sobreponerse ante un contexto hostil.

Así pues, los descendientes de ese bisabuelo crecen implicados en una narrativa basada en la superación. Y lo más importante, se saben su resultado o consecuencia. Yo, por el contrario, crecí escuchando la historia de un tatarabuelo que perdió las tierras con el Registro Público, un bisabuelo que se arruinó con la Primera Guerra, un abuelo cuyo taller de ebanistería quebró con las Garantías Sociales y un padre que fue desplazado por los MBA de los 90.

Está claro, los que una vez fueron víctimas de la historia es probable que vuelvan a serlo.

De pronto, Rebeca abre la puerta para interrumpir mis, nada simpáticas, reflexiones. Salta al corredor y dice:

—Lo siento pero mañana tenés que ir a San José. Llegaron las cosas que pedí por Amazon. Hay una sorpresa para vos.

Contra la sonrisa de la esposa no hay pereza que valga. Y manejar, de todos modos, es una de las cosas que más me gusta hacer. Aprendí desde los trece años. La primera vez, un Land Rover modelo 78 que pertenecía a mi papá. Y luego me puse al volante en cada uno de los carros pertenecientes a hermanos, cuñados, amigos, novias y tías.

* * *

15 de noviembre.

Salgo y, en efecto, encuentro el corredor convertido en una especie de Desfiladero de las Termópilas para lombrices. Alego premura y, desde el portal, le digo a Rebeca que sería mejor barrer. Luego, enciendo el jeep y una nube azulada de humo inunda el jardín. Rebeca finge toser, me saca el dedo y me lanza un beso.

Autopista Florencio del Castillo.

El cerro de La Carpintera, que tanto enloqueció a Teodorico Quirós. Varios Kenworth con cargas insospechadas. Conductores tristes que se dirigen al trabajo o a un día de campo. Ciclistas y runners, desesperados por recuperar su cuerpo crucificado. Buses de Lumaca que se desplazan sobre el asfalto como paquidermos.

Cruzar Ochomogo, para muchos, no pasa de ser un trámite ordinario. A un lado, cafetales, al otro, urbanizaciones. Arroyos que intersecan la carretera de modo casi imperceptible y una pendiente, a veces ligera, a veces abrupta, que obliga a cambiar de marcha a cada tanto. Pero para mí, es sobrepasar un límite de mundo.

Pongo Radio Universidad Clásica y me entretengo con una de Rajmáninov. El cielo tiene un color irreal, azul. Se trata de ese color que no conocieron los antiguos. Un color que habían inventado porque sí; porque la melancolía no puede ser incolora; porque no puede ser transparente ni mucho menos del color del vino, como la imaginaba Homero.

Durante ciertos recorridos en carretera es común perder la sintonía de las estaciones radiales. No era este el caso. Cartago y San José están separados apenas por veinte kilómetros. Pero, a veces, en los viajes a Guanacaste o San Carlos es normal que una frecuencia sea ocupada súbitamente por otra emisora en la banda de amplitud modulada. Mientras conduzco, recuerdo la primera vez que manejé hacia San Carlos.

Fue algo así:

Una canción de The Doors sonaba en alguna emisora y de pronto, de manera intempestiva, la voz de Morrison fue sustituida por Radio Tigre. «Un saludo para los tigres traileros», dijo el locutor. Y seguidamente, el sonido de un tigre rugiendo anunció que estábamos penetrando la Costa Rica profunda, que estábamos recorriendo esas carreteras acosadas únicamente por ruteros y repartidores.

Corría el año 1997 y nuestro destino era algún lugar cerca de Muelle. Cruzamos un puente y abajo se mostraba el río San Carlos con su inmensidad verdosa y una quietud que presumí falsa. La sucesión de potreros se implicaba en las transmisiones de Radio Tigre, las casas de madera, los hombres montando a caballo y en una rara noción de infinitud que tenía la textura de un trillo embarrialado. Yo moría de ganas por encender un cigarro en medio de ese lugar lleno de vida y azar. Pregunté por la hora del almuerzo. No tenía hambre, solo quería fumar.

—Pensábamos pasar a una sodita buenísima que está más adelante ‒dijo el amigo de mi padre.

La palabra sodita era casi una forma de decir alivio.

Llegamos, pedí una Coca Cola, un casado con bistec y, de inmediato, me retiré alegando ganas de orinar. La primera jalada fue como aspirarle el alma a las llanuras calientes y húmedas de San Carlos. Me mareé un poquito, pero seguí fumando. Cuando regresé a la mesa, mi papá preguntó por qué había demorado tanto.

—Es que había un viejillo con mal de estómago.

Radio Tigre hoy es una pieza arqueológica del dial y el yo veinte años más viejo tiene varios años sin fumar. Maneja un Suzuki Samurai que compró con parte del dinero de las prestaciones. Y su papá ya no tiene el Land Rover verde.

Durante el regreso vuelvo a ver el paquete de Amazon de manera recurrente. Está en el sillón del acompañante. Envuelto. Incólume. Y toda vez que un pensamiento oscuro se apodera de mí, surge la imagen de Rebeca repitiendo en mi cabeza: «Mae, si lo abrís antes me enojo, es en serio».

Así llego a La Lima. Luego al Quijongo. Luego a Lourdes. Luego a la casa.

Abrimos el paquete.

Unos binoculares y la biografía de Thoreau que escribió Robert Richardson; varias prendas de ropa para ella y algunos juegos de mesa para su hermano.

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Fragmento incluido en El conejo de la quebrada. © Encino Ediciones, 2019. Todos los derechos reservados.

Algo de nosotros quiere ser salvado

Hoy ha comenzado el final