Cuatro miligramos

Cuatro miligramos

Antes de acostarme noté la botellita de Clonazepam con cuatro pastillas de dos miligramos escondidas entre el relleno de algodón. La botella ahí, en la mesa de noche, sin moverse desde hace varias semanas. Bueno, bueno, tal vez mañana podría acabar el frasco, darle un cierre a esa última receta con la esperanza de nunca más tener que tragar ansiolíticos y como para ponerle un lacito, un buen cierre: andar el sábado suave suave suave. Pienso.

Dormí doce horas seguidas, de un solo tirón, sin levantarme a orinar, sin interrupciones de ningún tipo. Tuve un sueño muy largo (o varios sueños enlazados temáticamente) en el que vivía en una ciudad gigantesca y los días se volvían cada vez más cortos, como una aceleración del tiempo en la que cada ciclo que entendíamos como un día se repetía tres o cuatro veces en el período que anteriormente eran veinticuatro horas. La gente vivía esta aceleración con una mezcla de embeleso y temor apocalíptico. A mí me gustaba. Recuerdo una hermosa luz crepuscular que pintaba los edificios con un tono anaranjado, idílico.

Entonces, la dosis recreativa. Mediodía. Dos miligramos. Muchas horas de sueño en el cuerpo para evitar letargo. Me voy caminando hasta el campus de la UCR y entro a la biblioteca Carlos Monge. Ese olor lo aspiro hasta lo más profundo de mí como si temiera que se me olvide más adelante. Recuerdo los pasillos de literatura norteamericana, los de literatura francesa, la sección de cine, otrora tan formativa para mí, acaricio el lomo de varios libros que quizás nadie ha pedido en préstamo por años. 

Ligereza en el cuerpo y un ataque de sentimentalismo. Camino desde el campus hasta mi vieja casa en barrio Pinto, recordando el 2011 sin alegría ni remordimiento. Le tomo una foto a la fachada que es igual a cualquier otra fachada de mierda en San Pedro, rejas, rejas y rejas. Mando un mensaje por WhatsApp, desinhibido: «aquí vivía yo, jajaja». No me responden. 2011: Semana Santa de un bochorno casi inaguantable, un trago de vodka a las 4 de la tarde, los maes con los que vivía que eran de Pérez Zeledón y la mamá les llegaba a limpiar, lecturas desordenadas, los vecinos pidiendo que le bajara a la música, bolsas de plástico del Más X Menos, ahora tan políticamente incorrectas. El pasado inaccesible.

Envío más mensajes desinhibidos y tontos, memes, cosas por el estilo. Saco los audífonos y pongo una canción de Rita Lee hecha para excitar algún sentido que todavía no hemos descubierto o que tal vez no he descubierto yo. El hedonismo brasileño, gran cliché, pero qué grandes momentos nos ha dado. Creo escuchar frecuencias que antes no escuchaba. Efecto placebo, quizás.

Paso muy cerca de la Casa de los Idiomas y reconozco un árbol que me remite a unos años atrás, ahí mismo leí White Noise, de Don DeLillo, tirado en el zacate. En esa época todavía me quedaba energía para salir a leer (en verano, al menos). Huellas por todo lado. Mis clases de francés, los compañeros heterogéneos: las viudas, las carajillas piernudas de 18, el mae que fue Bobo Ashanti, los evangélicos, los desubicados, fauna curiosa.

Todas las cosas mórbidas sobre las que reflexioné días atrás de repente me dan risa. Como las diferentes formas en que uno se puede morir, lo fácil que es. Ese tipo de hechos que uno sabe pero no quiere saber que sabe. Mi propia edad, el carácter agotable de los ahorros, el tiempo limitado para hacer lo que uno quiere hacer, la existencia de cierta gente. Mi plan: saber cada vez menos.

Llego a la casa. Los últimos días fueron una mezcla infame de calor y aburrimiento. Me molesta la gran dificultad para leerrrr, la pesadez como un torniquete en el cerebro. Tal vez mis patrones de sueño todavía no han vuelto a cualquier cosa parecida a la «normalidad». Pero mañana, mañana, mañana sí, voy a leerrrr, voy a poner orden. Pienso.

Una cerveza que se sintió triplicada. Mala idea. Faltan todavía unas dos horas para lo que se dice un «compromiso social». Conforme cae la noche me siento ligero, relajado, «canchero», como dicen los argentinos. Listo para derrochar ingenio, según yo, charme, soltura, galantería. Según yo.

Una noche como las que ya no vivo desde hace muchos años, tal vez... ¿Tal vez?

Otra cerveza que se siente cuadriplicada. Como un milagro de Jesús.

Pasa Lucía a recogerme y decido rematar con dos miligramos más. Vamos a unos apartamentos feos de Los Yoses, cena con una pareja que ella conoce y que vive en Uruguay o algo así, están de visita, luego otra gente, Pablo, Mar, Álvaro. Me advierte Lucía de algunas tensiones viejas entre ese grupo, sin dar muchos detalles. Me molesta esa falta de información pero asumo enredos sentimentales. El mundo es predecible, muchas veces. En todo caso son de un pasado al que tampoco tengo acceso. Todo está «resuelto», me dice, pero no le creo.

Asumo que me toca poner la «nota ligera», pero estoy muy disperso. Solo quiero pasarla biennnn. Un ratito, aunque sea.

Muy rápido noto que la reunión es civilizada, pero algo tiesa. Dos vasos de vino que se sienten como cinco, pésima, pésima idea. Estoy algo enfiestado ya, pero tengo que mantener una fachada más o menos estoica. En algún punto estoy moviendo la rodilla, al ritmo de una música que los demás no escuchan. Álvaro  tiene cara de culo, hay miradas cruzadas, cosas que no entiendo.

Me sofoca esa cosa disimulada de enemistadas que pretenden no serlo, el protocolo innecesario, como si estuviéramos en la corte de Luis XV.  De repente tengo el deseo pueril de contar alguna anécdota obscena, inapropiada, pero aun desinhibido me contengo. De todas formas empiezo a sentir una ligera vibra como de estar haciendo el papel. Un par de veces Lucía me tuerce los ojos como diciendo «callate, callate, imbécil». Camino al baño y rozo sin querer (¿sin querer?) el vestido de una de las presentes y lo sentí cargado de electricidad, quizás algo en el color amarillo canario me da esa idea. Pienso en si es un vestido fino o un vestido hecho para parecer que es fino. No sé si retengo el nombre de la mae. No sé si quiero hablarle, podría salir muy mal, podría derrapar un poco. Creo que nada más le dije «amarillo canario» y ella «¿quééé?».

Pienso que el pasado que me une con alguna de esas personas es reciente y eso me deja afuera de muchas cosas. Siempre siempre siempre estaré así, afuera, mamando. Aun en mi sedación no puedo evitar cierta tristeza. Tal vez de la misma forma en que se me adelantó la borrachera ahora se me adelanta la goma.

Hablo de ir a un lugar «que cierre tarde» y recibo miradas desaprobatorias.  Alguna dice que Montevideo debe ser «lindísimo», la parejita se roza las manos, pero de forma poco espontánea, actuando como pareja, con énfasis en actuar. Quisiera estar en mi casa mirando el techo, disfrutando esta ligereza sin ninguna interrupción humana. Gesto de «vámonos» a Lucía y una negación vehemente. Siento que cualquier derroche de charme, soltura, galantería o ingenio está muy lejano esta noche. Me desinflo gradualmente.

Otras muchas noches fallidas del pasado regresan a mí. Muchas, las más. Siempre es de esa manera. La más reciente en un lugar calientísimo, repleto más allá de lo saludable, que bullía en hormonas y yo pensando «no, no, no». Mi vida ya no podía ir en esa dirección, se acabó la noche para mí, ya los deseos del mundo nunca apuntarán a mi dirección, pensé, melodramáticamente. Hace una hora recordar eso me hubiese dado risa, «qué tonterrría», etc. Ahora ese pensamiento vuelve a parecer una verdad dolorosa pero todavía anestesiada. ¿Mañana qué?

Decido excusarme y salir por un cigarro. Escucho las conversaciones que llegan desde la ventana abierta del apartamento. La pareja de Montevideo es algo antipática pero medio cute, como para hacer un trío, pienso. Hubiese sido una buena metida de pata para destruir la noche.  Otro cigarro, voces que percibo gradualmente más lejanas, como si alguien les hubiese metido reverberación. Decido no volver a la cena. Me meto al carro de Lucía a perecear y me encuentro a Álvaro sentado en el parachoques. Está con la cabeza gacha, tal vez dormido pero quizás nada más consternado por algo que se dijo en la reunión y a lo que no le puse el menor reparo. ¿Un trío?, ¿un lugar que cierre tarde? Me dan ganas de hablarle para que todo sea menos incómodo, pero no puedo, abro la puerta como si estuviera solo. ¿Le hablo o no? Pienso. Después, ya no, me distraen las lucecitas a lo lejos que gradualmente me arrullan hacia un sueño profundo.

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Imagen de John Singer Sargent.

 

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