Duncan

Duncan

Hoy me desperté abrazado a una tortuga de peluche que, por alguna razón, fue a dar a  mi cama y que quizás en algún sueño confundí con otra cosa. Me levanté decepcionado y tiré el peluche a la basura mientras pensaba en el inicio del 2018, tras la extensión interminable del año anterior conocida como enero. El peluche era un juguete para la mascota más efímera que alguna vez haya tenido, a excepción de aquella gallina que tuve en los noventa y que duró exactamente una noche, antes de ser devorada por un misterioso animal. Esta vez contabilicé tres semanas completas con el conejo Duncan, antes de que este dejara mi apartamento hace varios días por mutuo acuerdo. Las idas y venidas del bicho quedaron ligadas al final del año anterior y el inicio de este, de la misma forma casi arbitraria en que olores o caras quedan asociadas a épocas concretas.

El conejo era de mi hermano, originalmente. Un holland lop de tonalidad cercana al anaranjado. Vivían los dos, el conejo y mi hermano, en un hacinado apartamento de Sabana Sur donde Duncan, bautizado así por el personaje de Highlander, daba vueltas, nervioso y claustrofóbico, mordiendo cables, zapatos, ropa interior y todo lo que estuviera a su alcance, de paso provocándole a mi hermano unos brotes de alergia violentísimos que lo convertían en un organismo dedicado exclusivamente a producir mocos. Cuando nos encontrábamos en la casa de mis padres, le veía la cara irritada y llorosa, siempre acompañado de una caja de Kleenex, haciendo el típico sonido de la alergia: inhalación de mocos seguida de un suspiro resignado.

En La novela luminosa, Mario Levrero escribía sobre ciertas épocas –semanas o incluso meses– en que las fuerzas de repulsión eran predominantes, momentos en los que amigos y conocidos parecían alejarse de forma simultánea, las conexiones con el mundo disminuían y predominaba el error, el malentendido, la soledad. Esto lo contrastaba con otras fases de atracción en las que ocurría exactamente lo contrario. Yo, por supuesto, soy menos creyente que el uruguayo en las coincidencias, los ciclos, las señales cósmicas y los sueños, pero aun así debo admitir que la llegada de Duncan se dio durante un largo período en el que las fuerzas de repulsión parecían manifestarse de manera particularmente intensa. Quizás eso le jugó en contra.

Mientras vivía en Sabana Sur, el conejo parecía estar nervioso pero estable, tal vez no del todo contento, sea cual sea el significado de «contento» que aplique para un animal. Digamos que no se podía decir que estaba sufriendo. Al final el que la pasaba mal era mi hermano, con sus alergias cada vez más inmanejables, al punto que ironizaba en Instagram sobre comerse al conejo en una sopa. El panorama era poco alentador. Duncan tuvo su primera mudanza hacia la casa de mis padres en Aserrí, con un compromiso asumido por mi hermano de cumplir todas sus obligaciones de paternidad responsable, entendiendo esto como el alimento y cualquier forma de atención veterinaria. Está de más decir que mi hermano no cumplió tales obligaciones.

En el apartamento en el que vivo están completamente prohibidas las mascotas y además no hay ni un centímetro de zacate. Incluso el amplio patio de la casa vecina está siendo destruido para erigir más gallineros que alberguen a gringos o estudiantes oriundos de zonas rurales. Desde hace ya casi un mes, a partir de las 6 de la mañana me despierta el estruendo de la construcción: sonidos abrasivos y agudos que tal vez solo había escuchado antes en obras electroacústicas que tuve que estudiar en un curso universitario.

Medio dormido me llegan frases de albañiles y de un capataz muy pedante que los regaña con frecuencia. Pero bueno..., las mascotas. Lo más cercano fueron los gatos callejeros, por un tiempo. Estaba el flaco de cara bastante fea al que le decía Diablito, y mi favorito, Pelotita, que una vez, seguro muriendo de hambre, se metió hasta la sala y salió despavorido cuando intenté cerrar la puerta. Muy huraños ambos, pero adorables a su manera. Luego de unos seis meses dejaron de llegar al pasillo en donde les dejaba comida y nunca más los volví a ver.

Un recuerdo: hace meses, tripeando en ácido, me encontré a Pelotita mientras subía las gradas del apartamento y nos miramos fijamente. Tenía muchas ganas de acariciarle su lomo lleno de pulgas, pensé que era una especie de protector, un ente benigno que a pesar de su cara cómicamente impávida iba a garantizar que todo estuviera bien en el barrio. Un amuleto.

Tal vez se murió Pelotita y mi suerte acabó.

Diciembre. En visita prenavideña a casa de mis padres en Aserrí, encuentro a Duncan de buen humor, dándole vueltas en círculo a mi madre cada vez que sale al patio. Le pido que me tome una foto alzando al bicho y queda horrenda, yo con una expresión bobalicona y Duncan muy estresado, como queriendo escaparse de mis brazos.

Unos días después, madre me cuenta que Duncan está enfermo, tiene varios días sin comer y prácticamente no se mueve de su punto favorito del patio, al que anteriormente llamábamos en broma su «espacio de meditación». Le rondan las moscas y mis tatas le dan pocas horas de vida. Mi papá es particularmente lento de reacción y tenía mucha pereza de llevarlo al veterinario. Tras el pleito de rigor lo terminaron llevando, solo para que el médico descubriera una tétrica gusanera y regañara a mis padres por el descuido. Pasan más días y se llega a comentar la posibilidad de ponerlo a dormir. Otro pleito, esta vez con mi hermano, que se oponía furiosamente y les echó la culpa a mis padres por todos los males del conejo. Sentí que estaba en medio de una disputa por custodia y como andaba un poco aburrido se me ocurrió que quizás no sería mala idea que, una vez repuesto, Duncan se fuera a vivir conmigo a barrio La Granja. Como ya nadie parecía querer a la bola de pelos dijeron que sí, que ok. De todas maneras tuve que esperar unas semanas más hasta su completa recuperación.

Esas semanas de diciembre fueron asumidas con cierta expectativa de tener al fin una mascota en mi apartamento de soltero, no pocas veces sombrío, aunque fuera una mascota tan estúpida como un conejo, pensaba yo, prejuiciosamente; aunque sea un adorno al que puedo acariciar de vez en cuando mirando al techo, pensaba, pensaba y pensaba, mientras hacía las compras, las visitas con desgano a familiares, el concierto en el que veo a cierta gente por única vez en todo el año y esa Navidad, la cena en Aserrí, una de las peleas familiares más absurdas de la historia a causa de una pierna de cerdo, algo de alcohol para borronear las cosas, el regalo de mi mamá, una rasuradora nueva, su llanto a causa de la primera Navidad «sin mami», el no regalo de mi hermano, para seguir la tradición.

31 de diciembre y todavía nada del conejo. Seguía su tratamiento, daba la impresión de irse poniendo más animado y mi padre le curaba la gusanera todos los días. Se acabó 2017 en el mismo estruendo de siempre, los millones de colones en pólvora, las perogrulladas del tipo que hace el conteo regresivo en Radio Reloj, pedí que por favor lo quitaran, mencionó a dios como diez veces en apenas cinco minutos, no lo pude soportar, gente gritando de forma ininteligible, una embriaguez sin alegría, arrepentimientos, las fotos de siempre, indigestión, gente gritando.

En la segunda semana de enero llegó  Duncan a mi apartamento. Yo estaba instruido en los relativamente sencillos protocolos de alimentación y cuidado. Incluso le compré la estúpida tortuga de peluche creyendo que se entretendría. Si ya nadie lo quería y terminó siendo un estorbo, una inconveniencia más, yo, con mi infinita bondad, le daría todos los mimos necesarios por el resto de su vida (siete años en promedio). Pero  aquí es donde entra en juego una vez más la fase de repulsión. No sé si extrañaba a su abuela o el amplio patio de Aserrí, pero el conejo se comportaba de manera huraña, impedía que lo alzara, prácticamente ignoraba mi existencia.

Un par de días después parecía haberse vuelto neurasténico, estaba atravesando una especie de fase melancólica muy aguda. Pero ¿por qué le estaba dando cualidades humanas? Más que depresión, lo más probable era algún tipo de malestar físico, imposible de subjetivar, un dolor idiota y  animal, un dolor ciego, incomunicable, no sé. Pero igual me molestó que no se sintiera a gusto en mi apartamento. El rechazo de un conejo..., ¿qué se creía? Intenté quererlo y que me quisiera, hasta me hubiese conformado con un mínimo de reconocimiento mientras le servía la comida o recogía sus pequeñas mierditas. Traté de animarlo incluso. El extravío de enero me llevó a retomar el ejercicio en una maltrecha bicicleta estacionaria, la música que escuchaba pedaleando, pensaba yo, también podría ser una terapia para Duncan, pero ni siquiera el pop más aerodinámico y pegajoso de los dos miles parecía revivirlo, ni siquiera la que considero una de las mejores y más eufóricas canciones de todos los tiempos: 1 Thing, de Amerie.

Yo pedaleaba sudoroso, al borde de la extenuación, sentía que estaba montado en los minimalistas acordes de la canción, a la vez que me impulsaban sus poliritmos. Tenía esas extrañas asociaciones mentales haciendo ejercicio y escuchando música. Pero el conejo nada de nada, como muerto.

Por varios días, tal vez por el agotamiento del ejercicio, el final de las vacaciones o algún desbalance químico, yo parecía compartir la tristeza del animal, una tristeza adolescente, cavernosa, infinita. Ni siquiera podía decir que nos hacíamos compañía. Sentado en el sofá, carecía de energía para ver alguna película o leer, solo me quedaba mirando la pantalla malhumoradamente, el conejo hecho un puño en alguna esquina. Pensé de manera ridícula que quizás me había contagiado la tristeza.  También me preocupó que el bicho se fuera a morir y le escribí a mi hermano explicándole que Duncan no se logró aclimatar, que no me quería, que incluso un par de veces me había mordido. Respondió con parquedad: «Yo lo resuelvo».

Poco tiempo después, una tal Amanda se llevó a Duncan. Esta fue ya su tercera mudanza, ahora con destino a  un condominio en Tres Ríos, mucho mejor acondicionado y tal vez en general con un ambiente más alegre o sano, yo qué sé. El bicho estaba ascendiendo socialmente. Amanda resultó ser una simpática mujer joven de pelo negro rizado que vino acompañada de otra amiga medio insoportable. Además olía muy bien, creo que usaba Burberry Black o alguno de esos perfumes sutiles y finos. Me trató con cordialidad, pero marcando una distancia infranqueable. Duncan no solo se dejó alzar, sino que en los brazos de la chica pareció volver a la vida, incluso levantando las orejas con atención y entrecerrando los ojillos en una expresión placentera. Maldito conejo de mierda.

Enero se fue, continuó la fase de repulsión, parece que ya no quedan gatos callejeros en La Granja, llegaron y vinieron las elecciones presidenciales, una noche tensa viendo los resultados borracho, un verano muy corto, quizás el más corto en lo que llevo en este mundo, me hacía falta una mascota, ya no hago tanto ejercicio, de vez en cuando me gusta meterme al Instagram de Amanda para verla/ver a Duncan y en realidad ha progresado mucho, tiene un collarcito con su nombre, es fotogénico, se convirtió en un burgués a toda regla, buena suerte conejo, buena suerte.

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Fotografía de David Coto.

Episodio 1: «Yo me conformo con un arcoíris»

La inutilidad de los libros