Dentro y fuera de casa

Dentro y fuera de casa

Ella

El peor momento era la noche. Cuando el ruido de la calle iba disminuyendo, cuando el bullicio cedía a una quietud próxima al sueño, cuando los ladridos de los perros y los pasos de los transeúntes, algún auto, un avión en lo alto del cielo, el viejo refrigerador, eran lo único que se escuchaba.

El peor día fue el primero. De las láminas, copias y apuntes que él colgaba con tachuelas en la pared, quedaban siluetas marcadas por un blanco más claro que el entorno. Pasaba algo similar con el polvo de los estantes que antes guardaban sus libros. En el clóset, justo a la mitad, los ganchos, inútiles, colgaban de la barra de metal, sin ropa, sin su ropa.

Él había olvidado algunas cosas. O las había dejado a propósito, quién sabe. El inventario era:

Una impresora descompuesta.

Una guía farmacéutica de hace cinco años.

Una camisa blanca.

Un tupper verde que utilizaba para llevarse el almuerzo.

La mitad de la colección de películas.

Una silla giratoria.

Cosas que, legítimamente, le pertenecían.

Para ella, el peor momento era la noche. Porque entonces el silencio la dejaba con todas las dudas en la punta de la lengua. Apagaba la luz y la quietud se tornaba en ruidos indescifrables. Un crujido de madera. Los gatos de los vecinos recorriendo la azotea. O el balcón. Un motor que encendía, aunque el auto nunca arrancaba.

Dormía con las manos entre las piernas, para evitar el frío.

Él

Todas sus cosas estaban empacadas en cajas de cartón. Su madre siempre le recomendaba pedir cajas de huevo, porque eran las más grandes. Las había conseguido en una tienda junto a la casa de sus padres, donde vivía hasta esa mañana. Las cargaba de malhumor, porque hacía calor y era tarde y porque habían discutido antes de llegar; ella había equivocado las indicaciones hacia el departamento, el camión de transporte que venía siguiendo su taxi se quedó atorado en una privada, y el transportista, de tanta vuelta, tanto gasto de gasolina, decía él, quiso cobrar extra por subirlo todo. Él había dicho que no y entonces se habían quedado ellos dos en la entrada, con todas las cajas de huevo llenas de ropa, libros y otros enseres; y como ella recién se había torcido el tobillo y no podía hacer esfuerzos, él subía solo el equipaje, mientras ella lo esperaba abajo, viéndolo ir y venir, quejándose cada vez que levantaba una caja, la miraba disgustado, y se iba.

Dentro

De niña, ella permanecía a veces sentada, mirando el piso. Su padre era muy estricto, no le permitía salir a la calle. La dejaba rodeada de libros que no quería leer; juguetes educativos que la aburrían. Juegos de mesa que no tenía con quién compartir. Así que se quedaba observando el lugar, sobre todo la loseta de granito, de color amarillo pálido, con pedazos de piedra incrustados. De todas esas piedras, había una sola que era verde translúcido. La miraba por horas. Estaba segura de que contenía un secreto.

Fuera

Llamar a los padres y explicarles que el compromiso terminó. Que cancelen los pasajes, la misa, el desayuno en el salón. Aguantar las preguntas y los regaños. No dar explicaciones.

Cosas que se hacen cuando se termina una relación

Salir de viaje.

Tomar mucho café.

Comprar ropa nueva, mucha.

Acostarse con un extraño después de una fiesta.

Llamar a todos los amigos y avisar, exigir comprensión y consuelo.

Mirar su Facebook, tratar de averiguar qué hace, cómo se siente, qué piensa. Sin hablarle, nunca.

Explicar a los demás y a uno mismo por qué terminó la relación, justificarse.

Leer artículos de autoayuda y salud emocional.

Seguramente, llorar. Puede ser una pequeña lágrima o un torrente de emociones, según las circunstancias o la responsabilidad del rompimiento.

¿De verdad alguien es responsable de un rompimiento?

Apuntes de horticultura

Dicen que cuando una cactácea se riega demasiado, es decir, cuando la cantidad de agua depositada con el fin de alimentarla es excesiva, esta muere. Los cuidados no regulados, no medidos, la atención en demasía, provocan que el cactus se descomponga por dentro. Para saber la situación de la planta, es necesario pincharla. Si pinchas un cactus y le sale agua, quiere decir que está muerto.

Después

Ella no lo extrañaba y eso la tenía inquieta. Logró poner la casa en orden, cambiar los muebles de lugar, hablar con sus viejos amigos, retomar amores pendientes. Seguir. La verdad no, la verdad es que sí lo echaba de menos pero se mantenía ocupada para no pensarlo. Los malos momentos sucedían cuando los recuerdos la tomaban desprevenida, pensando en otra cosa. Entonces él volvía como una calle, un sabor, o como música. Otro problema eran las canciones. En ese momento, todas y cada una le decían algo.

Él

¿De verdad hay explicaciones? A veces uno da tanto que se queda seco. Y a la vez ahoga a la otra persona. A veces la costumbre colinda con el fastidio. A veces parece que nacimos para no estar juntos. Y aun así lo intentamos.

Cosas frágiles que se rompen como por descuido a la mitad de una discusión

El vaso de la cafetera que les regalaron el día de la fiesta.

La taza que estaba al lado.

Un florero con orquídeas.

Una concha de mar, Mellita quinquiesperforata, mejor conocida como locha, dólar de arena o galleta de mar.

Cosas que por más que empujes y golpees no se romperán nunca

El refrigerador.

La mesa del comedor.

La base de la cama.

El clóset.

Una puerta.

Todo está lleno de símbolos

Alguien podó el árbol que daba a la ventana de la casa. Era enviado del ayuntamiento. Lo hicieron sin avisar. Eso fue muy triste, porque al despertar lo primero que veían era el follaje verde, y oían cantar a las aves.

Las plantas se secaron, durante el viaje nadie pudo cuidarlas.

Había un gato que no dejaba de maullar todas las noches.

O los símbolos no existen, son proyecciones mentales

Cada canción del bar, o del playlist. Todo es mentira, ya verás. La que sonaba cuando se abrazaron por última vez y que evocaba ese momento. Lugares que no existen, pero vuelves a pasar. Las vueltas en la cama al dormir, darse la espalda uno al otro. Esta canción ya se escribió. Los abrazos esquivos. Hasta el mínimo detalle. Los besos en la mejilla. Cerca del final.

La comodidad lleva a la inercia, que lleva a la rutina, que implica conformarse

Dijo que sí casi sin pensar. Era lo más natural, llevaban seis años de novios. Era el resultado lógico del asunto. Vivir juntos porque con el trabajo nuevo, la residencia y la plaza en el hospital, apenas podrían verse. Pero como la casa era de ella, él tenía que pedir permiso para vivir ahí. O sea que debían hacer un trámite legal y social que legitimara su concubinato. Que lo nombrara de otra forma. Juntar a las familias, firmar un papel. Hacer las ceremonias necesarias para complacerlos. Incluso las religiosas, aunque ella no era creyente. Nada complicado. Sería, incluso, divertido.

Una orquídea

Ese fue el regalo de su suegra para su madre, cuando se conocieron por primera vez. Debió elegir otra planta, a su madre nunca le gustaron las flores, mucho menos las que requerían tantos cuidados. La reunión de las dos familias fue más escandalosa de lo que ella esperaba. Había un conjunto tocando música, servían comida como si el evento fuese más grande de lo que era. Solo iban a ponerse de acuerdo para la boda. Con todo y que él decía «pedir su mano». A ella no le agradaba el término. Solo iban a organizarse para llevar a cabo un estúpido trámite. Él estaba feliz.

Lo particular

A él le iba tan bien en el trabajo que apenas y dormía. Como era médico, podía conseguir las pastillas de Ritalin para concentrarse y estar despierto, sin líos. Ella también trabajaba, pero no tanto como él. Había tardes en las que se quedaba sola en casa y solo quería dormir. No le daban ganas de limpiar o cocinar. Ella tomaba clonazepam.

Lo general

Tiempo atrás, cuando apenas llevaban un año de novios, él le dio el anillo y ella lo rechazó. Le dijo que era muy pronto, que debían tomarse las cosas con calma. Él dijo que sí, que por supuesto. Que por él no había problema en esperar el tiempo que fuera. Mentía.

Cada quince días

Ella odiaba las comidas familiares, más si no eran de su familia. Aunque lo intentaba, de verdad. Les sonreía a todos. Intentaba responder a las pláticas. Ayudar a su suegra con la comida. Escuchar con paciencia las quejas de la señora sobre su manera de cocinar. Participar lo más posible en las conversaciones, que siempre eran las mismas. Desde que dijo que sí, todo se repetía, una y otra vez.

Él, de nuevo

A fin de cuentas, es lo más natural. Formar una familia. Si no, ¿cuál es el soporte, la guía de tu vida?

Cosas que hacemos cuando no sabemos qué hacer juntos

Ver series por Internet.

Salir al cine.

Comer en restaurantes.

Tomar alcohol.

Después de cualquiera de estas actividades, discutir.

Discusiones estúpidas que eran síntoma de otra cosa

Saber cómo se dice: hacer el amor, coger, tener sexo. A ella el primero le parecía cursi, el segundo vulgar y el último demasiado frío. Prefería no mencionarlo, usar eufemismos como «hacerlo» o «pasar la noche juntos». Él decía coger y a ella le daba un poco de pena.

Colgar o no un cuadro religioso en la cabecera de la cama.

Decidir qué comer esa tarde.

Ponerse de acuerdo para limpiar el baño.

El descuido de dejar la ropa en la lavadora por varios días.

De quién fue la culpa de que les desconectaran el Internet por falta de pago.

A modo de exilio

Cuando lo hacían −o hacían el amor o cogían o tenían relaciones sexuales−, ella a veces estaba y a veces no. A veces lo miraba de frente y gritaba su nombre, otras miraba hacia la pared o el respaldo de la cama o el techo o la colcha que la cubría. A veces la mirada se le perdía y se iba cada vez más lejos, a un lugar que ella después no recordaba pero sabía que era secreto, un lugar donde él no podía alcanzarla.

Yo

Ayer fui sola a la torre más alta de la ciudad. Subí en el elevador más de cincuenta pisos. El cielo era gris y la ciudad inmensa. Me empezó a doler la cabeza y me dio vértigo. Me quedé mirando los autos, los árboles y a la gente pequeñita. Estuve esperando una catarsis que no llegó. Anocheció y bajé, con una sensación de calor en todo el cuerpo, después de asolearme por horas. El calor contrastaba con el frío de la noche. Me regresé caminando, así que llegué tardísimo a casa. No quería llegar. Me ponía mal pensar que a nadie, absolutamente a nadie, le importaba lo que yo hiciera, o dónde estuviera. Que podrían matarme en la calle y nadie se enteraría. Otra vez el drama. Llegué a casa. Estaba llena de espacios vacíos, de los ruidos de siempre, que se volvían silencio. Me acosté viendo el techo. Estaba como anestesiada, como si viera todo desde lejos. Como si siguiera allá arriba, viendo todo a la distancia.

En medio del agua

Unos meses antes, fueron de viaje. A la playa. El mar estaba inquieto y había frente frío, con lluvia y tormentas. Ella quería ir a una reserva ecológica, él estaba cansado y prefirió que se quedaran a descansar en el hotel. Discutieron. Para no arruinar las vacaciones, se reconciliaron. Prometieron intentarlo otra vez.

Él

Un día antes de la boda. Sin importarle el compromiso, el dinero, sus padres que venían en camino. Debió preverlo, ella siempre fue egoísta. Siempre retraída, mirando hacia ningún lado, pensando en otra cosa. Callada, siempre ausente.

Ella

¿Cómo algo puede fallar por tanto tiempo sin que una se dé cuenta? ¿Cómo pueden salir mal tantas cosas, estar todo descompuesto en medio de la calma aparente?

Ellos

Les gustaba mucho ir a la playa. La primera vez fue increíble, genial, mágico, o cualquier adjetivo que prefiera utilizarse para aquellos sucesos que superan nuestras expectativas. No durmieron en toda la noche. Estuvieron acostados oyendo el mar. Se contaron muchas cosas, todas las cosas. Todo lo que tenían dentro y querían que el otro supiera. Era año nuevo y había terminado ya la fiesta. Pero ellos no tenían sueño. La playa estaba sola y no había ruido. Se veían muchas estrellas. Ella había bebido demasiado, él no tanto, pero los dos andaban volados. Sin pastillas, ni nada. En esa euforia, en ese momento, lo hicieron en la playa. Además de la arena, la brisa, el cuerpo de él y su propio cuerpo, ella sintió muchas otras cosas, como que se moría, como que recordaba lugares donde había estado hace mucho, como que en efecto hubiera querido morir ahí. Recordó, en algún momento, ese cristal verde translúcido en el piso de su casa.

Al día siguiente él le regaló una concha de mar, redonda y plana, blanca, con un dibujo que formaba una estrella con cinco líneas al centro. La encontraron mientras caminaban en la playa. Es muy raro encontrar una completa. Él la vio primero y la tomó entre sus manos. La limpió con delicadeza, soplando la arena que la cubría.

__

Fotografía de Alonso Chaves.


El mal del tiempo libre

Postal navideña de una prostituta en Minneapolis