Jamás leí a Borges

Jamás leí a Borges

Sé que la mayoría de gente que escribe piensa en algún momento que es genial o que tiene una idea genial. Es lo normal. Me ha pasado. Como editor, lo he presenciado muchas veces; demasiadas, más bien. Recuerdo mis púberes inicios en la edición local, cuando Germinal era confundida con un grupo social de una universidad en Heredia. Mi nombre propio apenas y era asociado a despliegues de violencia punk de un grupo al que pertenecí y que era más una especie de SS juvenil que otra cosa. Pensaba que la poesía tenía algo muy importante que decir, porque todos se presentaban como «poeta Fulano de Tal, mucho gusto».

Entonces, ese púber híbrido que era yo, entre lecturas de Buko y Baudelaire, Mark Twain y Carlos Cortés, explorando con profunda seriedad los blogs de los escritores más sonados, se vio envuelto en la recepción de manuscritos, reuniones con escritores que nadie había descubierto y, claro, los sueños de ser un editor importante que colocara la literatura nacional donde se merece. «Aquiles alzó la vista hacia el hueco que el laurel había dejado», dijo Derek Walcott luego de pararse enojado en una Feria del Libro por el sonido de un pintacaritas con megáfono que competía con su charla.

Debí titular este artículo «Genial 2018», porque lo escribo pensando que es genial, pero no. Lo escribo porque leo mucho y creo que tengo algo importante que decir. Volviendo al tema de la edición: en el 2009 vivía en un apartamento que me gustaba mucho. Pequeño, tercer piso, silencioso y ventilado. Instalé, en una esquina de la sala, un escritorio con diccionarios, manuales de edición y ensayos de editores. Mi oficina estaba lista. Sentado, llamé a la compañía telefónica para grabar un mensaje en la contestadora: «Usted ha llamado a editorial…». Entonces me sentía completo. No tenía la más mínima idea de qué era una editorial, pero me sentía en una. Así, un día, comencé a recibir llamadas y acordar reuniones.

Dice Mario Muchnik que «la tarea de editar es tan diferente de la de escribir como de la de leer». Por más que busco en libros sobre la labor editorial, en ninguno se habla de esas reuniones con gente que quiere ser escritor pero no ha leído. Puede que sea un problema geográfico, de idiosincrasia o alimenticio, no sé, puede que incluso sexual, y lo peor es que en la mayoría de libros biográficos de editores no sale nada de eso.

Estoy sentado en la plaza de la Cultura, con cita frente al McDonald's. Llevo dos cigarros y nada que aparece el Futuro Escritor que me había llamado hace unos días. Recuerdo cómo, en ese mismo lugar, años atrás, me sentaba a tomar licor esperando que llegara la noche para ir a golpear gente que no fuera punk a las afueras de los bares de moda. También recuerdo que cuando quise ser escritor situé una parte de un cuento justo donde estaba sentado. Ese relato se publicó en una web más bien de porno española titulada Innerpendejo. Ahora, persona de bien, contribuyente del fisco, padre de familia y agente del cambio cultural, espero a un escritor inédito.

Pantalón café, zapatos negros relucientes que combinan con la faja. Camisa de manga corta con un bolsillo al lado derecho, donde se ven dos lapiceros y un estuche de anteojos. Anteojos de aro negro y un peinado de carrera al lado derecho fijada con medio tarro de Plastigel. A un costado, un maletín con algo grande adentro. Luego de las respectivas presentaciones, el Futuro Escritor me comenta las similitudes de su obra con las películas de El señor de los anillos. Sobre todo, hace énfasis en el tema de la saga fantástica, la cual, augura, es una mezcla con ciencia ficción debido a unos diagramas que él mismo ha incluido en el libro.

Bajo un abrumador sol en una plaza donde transitan cerca de millón y medio de personas al día, de la frente del Futuro Escritor corren unas gotas de sudor que, mezcladas con el Plastigel, bajan muy lento. Mientras busca nuevas palabras para la misma explicación, me confiesa que sufre de una especie de Asperger. Su padecimiento es el motivo por el cual carga un maletín grande, del que saca un volumen de hojas solo comparable con el directorio telefónico de 1999. No he vuelto a ver un manuscrito de esa cantidad de páginas: 3.678 impresas tiro y retiro; Arial 10 a 1,5 de espacio; márgenes de 1,5 cm a los lados, 2 cm abajo y 2,5 cm arriba, en papel bond de 90 gramos, encuadernado en espiral y tapas blandas negras. Era el único ejemplar impreso de una monumental obra que llevé resguardada a mi apartamento-oficina y de la cual solo Guillermo Barquero puede dar fe.

¿Cómo habrá sido el proceso de edición que Friedrich Engels planeaba hacer de la obra completa de Das Kapital? Así me sentía con aquel mamotreto que, sabía, no iba a leer. Pienso en Mijaíl Bakunin, tomando el dinero de Engels para traducir al ruso una obra de Marx –que no recuerdo– y comprando armas para otra cosa –que tampoco recuerdo–. Así, sin más, leí unas quinientas páginas y ahí pensé que ser editor probablemente no era buena idea; sin embargo, ya el camino estaba lleno de migas de pan que yo iba comiendo una a una, esperando toparme con el gran baguette-perdido-de-la-gran-literatura-avícola. A la fecha, me arrepiento de no haber conservado ese ejemplar.

¿Era genial aquel libro? No lo sé. Ocho años después sigo leyendo y aprendiendo. Entiendo mis deficiencias como lector y, sobre todo, como editor. Cada vez me cuestiono más este oficio que para muchos es motivo de elogio y orgullo, y que para mí no es otra cosa que lo único que sé hacer para ganarme la comida. Pienso que hago algo genial, ¿pero no piensa así hasta quien da del cuerpo sin expeler flatulencias en una casa ajena? Martín Caparrós reeditó hace poco uno de sus primeros libros, La Historia. Lo que me interesa es una entrevista donde habla de ese libro y dice: «La Historia es el error que no cometió Borges. En un sólo cuento, Borges era capaz de imaginar una gran enciclopedia de los mundos que no conocemos y dejarte con las ganas. Yo, como un idiota, escribí más de 1.000 contando hasta el último detalle». Con todo y eso, editar me hizo publicarle un libro a Caparrós y meterlo en un pleito donde salió golpeado.

Recuerdo que, antes de atribuirme eso de ser editor, quería ser escritor y no había leído prácticamente nada relevante. Por algún motivo, había guardado unas breves cápsulas informativas sobre la historia de los inventos más importantes del siglo XIX. Venían dentro de las cajas de Alka-Seltzer como parte del cierre del siglo. Habiendo leído bastante de política y de historia social, se me ocurrió escribir una novela sobre un anarquista que influyó en la creación de los principales inventos y eventos sociales de 1860 a 1937. Por suerte nunca intenté escribir eso.

Aunque no lo parezca, tengo bastantes prejuicios. Uno de ellos es sobre la gente que se cree intelectual y debe basar sus argumentos en ideas o frases de otras personas (como las tesis que se hacen en las universidades para obtener un título). Así, en una mesa de tragos, luego de una lectura de poesía, alguien, para poner punto final a una discusión, expresó que «aquello era muy borgeano para seguirle dando al tema». Como la persona y la conversación me parecieron bastante irritantes, decidí no leer a Borges, a sabiendas de que me iba a perder de algo, aún sin saber bien qué. Esta es la fecha en que en mesas de tragos o reuniones literarias digo «jamás leí a Borges» y se ríen como si fuera una broma. Entonces hablan de Borges y también opino cualquier cosa y todos se ríen. Y con todo y todo, sigo editando, viendo el hueco que dejó el laurel, según Walcott.

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Fotografía de Jorge Antonio Leoni de León.

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