Volvamos a Aldo

Volvamos a Aldo

Antes de hundirse por completo en el sueño, Aldo, o el cerebro de Aldo, convierte el taladro agudo del mosquito –son varios, pero parece que se alternaran para sobrevolarle la oreja descubierta– en la sierra eléctrica de la carnicería López, la del barrio de su infancia.

¿Qué hora es?

El reloj del teléfono de Aldo dice que son las 11:15 p. m., el de la computadora marca las 11:17 p. m. y el de la pared de la cocina, en el ambiente contiguo al cuarto de Aldo y a oscuras en este momento, dice que son las 11:10 p. m.

¿De dónde proviene el ruido que Aldo, ya dormido, no oye?

Son tres: 1) el más lejano es el rugido mecánico de furgones que compresionan al acercarse al final de la autopista; 2) el llamado de la gata calicó en celo sobre el techo de zinc de alguno de los vecinos;  3) el sonido, en delay, de los jets que pasan tres mil kilómetros por encima de su casa.

Aldo ya duerme, es cierto, pero parte de esos sonidos se filtran en sus sueños transformados en otra cosa, alterados, adaptados, cada uno cumpliendo su función en ese entramado a veces caprichoso, a veces absurdo, a veces simbólico, a veces impenetrable.

¿Dónde estamos?

En el domicilio de Aldo, una casa de tres ambientes, con jardín frontal y patio trasero, flanqueada por casas similares que se convirtieron en oficina de agentes de aduanas, una; en salón de manicure y pedicure, la otra. La oficina de agentes de aduanas funciona con horario laboral. El salón, cuando está cerrado, es la casa de habitación del manicurista.

¿Qué piensa Aldo de sus vecinos inmediatos?

No dedica mayores pensamientos, ensimismado en sus cosas, como está siempre. Apenas lucha contra sus prejuicios: los de la oficina, unos estafadores; el manicurista, gay. Esas ideas que le bajan como acto reflejo las neutraliza rápidamente, menos por humanismo que por desinterés. Habrá que decir, ya que surgió el tema, lo que piensan de Aldo sus vecinos: los cuatro agentes de aduana (una mujer y tres hombres, promedio de edad: 32 años) se lo cruzan poco pero, también esclavos del juicio rápido, lo ubican en la categoría de cuarentón amargado por divorcio y/o fracaso vocacional. El vecino especialista en el tratamiento estético de uñas de manos y pies tiene más elementos para armarse un perfil de Aldo. Sabe que tiene un perro que gime todas las horas en que Aldo no está, sabe que Aldo se queda despierto hasta tarde varias veces por semana (la música llega amortiguada por las paredes de ladrillo y block que los separan), y sabe también, por las bolsas de basura que colocan en la acera los miércoles y sábados, que Aldo no ahorra en pizza a domicilio.

¿Y quién es Aldo?

Un poco de eso que ven sus vecinos, sí. También, o incluso, lo contrario.

Ya empieza otro día, ¿qué va a pasar?

Más bien, está sucediendo. Sucede. Es el presente, como el tiempo de la escritura cinematográfica. Aldo se despierta. No de golpe, progresivamente. Se puede decir que emerge del sueño, como si el sueño fuera un lugar submarino y la vigilia la superficie. Las imágenes y las reglas del mundo onírico van quedando atrás y el sonido del despertador ya es el sonido del despertador y no otra cosa, no una alarma antibomba ni el timbre del fin de ciclo del microondas ni la sierra de la carnicería López. Despierto y todavía en la cama, Aldo repasa mentalmente la lista de actividades del día. Debajo de las cobijas, se rasca los huevos y alrededores mientras piensa en la logística de este martes. De pronto, y tal vez por alguna conexión con lo que soñó, el sentido del tacto lo lleva a otros territorios, ¿qué se sentirá no tener pene y testículos? En realidad se formula la pregunta con términos procaces, «picha» / «huevos». Por encadenamiento, piensa en coño, en la palabra «coño» que arrastra la imagen velocísima de láminas escolares, vaginas genéricas y algo parecido a fotogramas y cortometrajes de, así las llamaría Aldo, situaciones-coño con parejas importantes de su vida.

¿Se masturba?

No. El tiempo apremia. Tiene que bañarse, desayunar y, como primera actividad del día, presentarse a una entrevista.

Esas parejas importantes para Aldo, ¿quiénes son? ¿Lo recuerdan?

Son tres: Rita, Ana y Catalina. Rita fue su novia del periodo temprano de universidad. Ana fue su pareja de tres años, la primera con la que compartió apartamento. Catalina, novia, luego esposa y ahora exesposa. Rita lo recuerda solamente por asociación, cada vez que escucha a Héctor Lavoe, un favorito de Aldo. Para Ana es escasamente un nombre, guarda muy pocas memorias de aquel novio que siempre tuvo excusas para recargarle a ella los gastos de la convivencia. Catalina, en cambio, lo desprecia. Cada vez que ve su nombre en documentos o cada vez que la abogada lo menciona la consume una sensación abrasiva, un rencor inflamable. Ni perdona ni olvida lo que encontró debajo de la máscara del Aldo que creyó conocer por una década.

Volvamos a Aldo, ¿qué es lo más relevante del día?

Este martes, tres cosas: 1) la reunión no prosperará, considerará ofensivas las condiciones del contrato que le ofrecen como profesor; 2) el resultado de las placas que retirará en la clínica será positivo, no hay ninguna señal del cáncer de pulmón que él estaba convencido de padecer; 3) al final del día, ya en pantuflas en su casa, mientras le sirve la media taza de alimento al perro que gimió todo el rato que estuvo solo, entrará la llamada de su padre.

De regreso a su casa, mientras conduce, ¿qué ocupa la mente de Aldo?

Una sucesión de pensamientos en la que unos se extienden más que otros. Algunos de naturaleza conceptual, otros fácticos y unos pocos detonados por la realidad inmediata. Por ejemplo, y no necesariamente en este orden: insultos automáticos al alcalde de la ciudad por el estado lamentable de las calles; la palabra «deuda» –la noción, idea, no una cifra específica ni aproximada– y la sensación de asfixia asociada directamente a ella; la reflexión –después de ser abordado en un semáforo– de que si fuera mendigo, él no pertenecería al grupo que se moviliza para pedir dinero, sino al que se queda inmóvil contra una pared y espera que le tiren monedas en los regazos;  en Catalina, concretamente en la sensación del cuerpo de ella al lado del suyo en la cama, tarde en la noche, la habitación a oscuras, esa cadencia más metafísica que biológica de la respiración de los que duermen.

¿Atiende Aldo la llamada de su padre?

Sí.

¿Por qué es uno de los eventos destacados del día?

La historia es larga y nada original. Por ahora podemos decir que solo pensar en su padre, ni siquiera hablarle o verlo, representa para Aldo algo comparable con cavar en una superficie sólida: todo lo contrario a la fluidez, a la comodidad. El padre, la sola imagen de aquel hombre pragmático y directo, que resolvió su vida desde el extremo opuesto de las nebulosas de la teoría y la retórica, es un espejo en donde Aldo se ve retratado de forma brutal, empequeñecido y deformado como en los espejos de feria. Lo que naturalmente genera un rencor monumental en Aldo, sentimiento todavía más atroz, no lo ignora Aldo, por ser unilateral.

¿De qué hablan?

El padre de Aldo quiere saber cómo salieron sus placas, cómo está su salud.

¿Después?

Aldo, antes de admitir que se siente culpable, mezquino, pone música, enciende un cigarro y sale a mear al patio. Escucha el rugido mecánico de los furgones al final de la autopista; ve, en la noche despejada, la trayectoria recta, geométrica, de las luces lejanas e intermitentes de los aviones, unos van al norte, otros van al sur. Luego quedan solo las estrellas y piensa, sin mayor énfasis, como de rebote, que las constelaciones son una de las grandes mentiras de la humanidad, que allí arriba no hay ninguna figura reconocible, ninguna forma que dé tranquilidad.

¿Algo para agregar?

Es tarde. Después de apagar la luz, Aldo se sienta en el borde de la cama, verifica la hora del despertador y se acuesta. En unos minutos, como quien se hunde despacio en un líquido denso, Aldo entrará al plano paralelo de los sueños. Los sueños, ese lugar donde el adulto entra al país de la infancia. Pero al de la infancia de otro.

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Imagen de Arthur Dove.

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