Ciertos temas rusos

Ciertos temas rusos

Cada cierto tiempo, para atemperar el piloto automático de la culpa y la autoflagelación, repito aquella frase atribuida al doctor en medicina Antón Pávlovich Chéjov: «Cualquier idiota puede superar una crisis, es la vida cotidiana la que te consume». Antes de convertirse en el renovador del cuento, Chéjov fue un columnista insidioso y sardónico. En una carta de 1892, dirigida a un amigo escritor, redactó unas líneas autobiográficas en tono informal. Subrayé estas, que luego transcribí a la libreta que hace de diario, cuaderno de apuntes, y que llevo, a una por año, desde fines de los 90:  «Conocí  a los trece años los misterios del amor. Vivo en buena inteligencia con mis colegas médicos y escritores. Soy soltero. Me gustaría tener rentas. No he abandonado la medicina y llego, incluso en verano, a hacer autopsias».

El riesgo de buscar trabajo es encontrarlo. Un día entre semana son las 10 a. m. y uno está parado frente a la biblioteca, en medias –solo en medias–, ojeando los nombre verticales de la literatura universal, regional o local  –eso dependerá de cada biblioteca–, pero pensando en el inevitable y futuro estado horizontal permanente, y así nomás aparece un mail en la bandeja de entrada. Subrepticio, como si no transportara el veneno del compromiso, como si no fuera peor la cura que la enfermedad. Todo trabajo es trabajo pendiente.

Antes de la llegada del mail, dediqué buenas horas a pensar en el fenómeno Napster; creo que poca gente lo recordará (disculpen el golpe de nostalgia, aunque podemos citar a Djuna Barnes: «Rendir homenaje al pasado es el único gesto que abarca también el futuro»).   Específicamente, pensaba en el hábito de dejar el programa funcionando antes de ir a dormir.  Aquellos «clones» chinos que teníamos por computadoras se quedaban trabajando toda la noche, franjas de color avanzaban sobre la pantalla conforme se descargaban los megabytes de cientos de canciones de mierda que nunca íbamos a escuchar. Discografías completas, muchas mal grabadas o infectadas con virus peores que la fiebre amarilla, esperaban, cada mañana, parpadeando en el monitor pesado y aparatoso que años después se convertiría, en el más optimista de los casos, en macetera. Uno dormía, a veces soñaba, y todas esas horas, las del sueño paradójico (o REM, por sus siglas en inglés), la franja de color que representaba el porcentaje de descarga de cada canción, de cada álbum, crecía lentamente. 75 % - FLY BY NIGHT - RUSH. Era como perder el tiempo dos veces. Desperdicio por partida doble: despierto y dormido. Una maravilla.

Djuna Barnes, norteamericana, vivió 90 años, de 1892 a 1982. Frecuentó a Duchamp, Chaplin, Hemingway, O’Neill, Beckett, Ezra Pound, Gertrude Stein. O al revés, la frecuentaron a ella. Thomas Stearns Eliot prologó la novela que se tradujo al castellano como El bosque de la noche, pero que tiene un título menos prosaico en inglés: Nightwood. De ahí saqué la cita anterior. También esta: «Cuando sonreía, la sonrisa estaba sólo en los labios (...). Era la cara de una incurable que todavía no ha enfermado». En algún momento del 2009, tuve una crisis que superar; fui uno de los idiotas que menciona Chéjov. Con mi esposa habíamos decidido reproducirnos una vez más. Entradas las semanas de gestación, todavía envalentonado por las endorfinas de la esperanza, decidí solidarizarme con las restricciones del estado de ingravidez de mi esposa y me propuse abstenerme de toda bebida alcohólica. Como un campeón olímpico –en el sentido griego del término–, me mantuve incólume por siete días. Si sonreía, era sólo con los labios. Fue tremendo.

Aunque es más conocido como músico de bandas de punk y post-punk de Washington D. C., Ian F. Svenonius también es escritor. Su primer libro se titula The Psychic Soviet, una colección de ensayos antiacadémicos alimentados por el capricho, el absurdo, la contradicción y la revancha intelectual. Otra maravilla. El libro, publicado por el sello Drag Books, tiene dimensiones de bolsillo, con cubierta de plástico fucsia y bordes biselados que le dan la apariencia de una Biblia cruzada con el Libro Rojo de Mao (los dos libros más editados en la historia, dicho sea de paso). Es un libro político, no cabe duda, pero Svenonius es más interesante cuando parece que habla de otra cosa. Es en esos momentos más ambiguos o intrascendentes (el auge de los DJ, vampirología) cuando se siente –como se siente apenas un cambio leve en la dirección del viento– su conmovedora nostalgia bolchevique. La nostalgia velada, sin una misión clara, sin objetivo. Es mejor cuando pierde el tiempo.

Algo saben los franceses sobre perder el tiempo. Uno de ellos, Mathias Énard, titula un librito corto y hermoso a partir de una frase que toma de un cuento de Chéjov; traduzco al vuelo: «Usted exagera, señor, y se equivoca (...). Esa famosa alma rusa no existe. Lo único tangible de los rusos son el alcohol, la nostalgia y el gusto por las carreras de caballos. Nada más, se lo aseguro». La nouvelle de Énard se llama El alcohol y la nostalgia.

Cuando, en 1904, Chéjov murió en la Selva Negra en Alemania, enviaron sus restos a Moscú. Llegaron al mismo tiempo que los de un militar condecorado y, como en un relato escrito por el mismo Antón, se confundieron los ataúdes. El cuerpo de Chéjov fue llevado a un cementerio militar al ritmo de una marcha fúnebre oficial, mientras que el féretro del general iba a la cabeza de una multitud de seguidores que creían acompañar los restos de uno de los maestros de las letras rusas.

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Fotografía de Ottomar Anschütz.

Mirá que te miro

Querido buen muchacho