Mirá que te miro

Mirá que te miro

Mi mirada tiene la misma edad que yo. Tal vez más, aunque nunca creí en los «recuerdos uterinos», y mucho menos en los recuerdos (en colores y pantalla panorámica) de otras vidas. Me encanta en cambio ver la mirada de los pibes y pibas de menos de un año y medio: ojos nuevos, transparentes, que absorben todo.

Creo que la mirada es muy importante para sostener, sin darse cuenta. Lo descubrí hace unos cuantos años, cuando un amigo rosarino, Sammy (a quien vi esa vez por última vez), me comentó lo siguiente. Se había encontrado, una noche bastante tarde, con un tipo que estaba recogiendo sobras de los tachos de desechos de McDonald's. Eso no sería en sí destacable. Pero sí lo siguiente: me decía Sammy que menos de un año antes el mismo tipo había formado parte de un curso corto que él daba sobre taoísmo o algo oriental por el estilo. «Por eso me quedé frío», aclaró. «Para ir a un curso así, tenés que tener algo de dinero, estar más o menos bien vestido, y no entiendo cómo se vino tan a pique, tan de golpe».

Pensé un momento y me salió la teoría. Muy a menudo teorizo en el acto, aunque basado en cosas acumuladas que vi cerca del fenómeno que se está tratando, en este caso el recogedor de McDonald's que no tendría que haber caído tanto tan rápido. Le dije que muy probablemente el tipo no tendría quien lo mirase. Sammy entrecerró los ojos, creyendo que lo cargaba. «Quiero decir», dije, «que a lo mejor no tiene hijos, se peleó con la mujer o la novia, y la madre no quiere ni verlo. O sea: no tiene ante quien avergonzarse. Así, te caés más rápido». Mi amigo me entendió de inmediato, porque él había visto tantos vínculos rotos con él y a su alrededor como para entender lo que yo quería decir.

Otro hecho que tiene que ver con la mirada, y que vi con mis propios ojos, fue en una avenida totalmente céntrica de Montevideo. Una zona de vereda estaba «fuera de control» desde hacía unos meses. Es decir, era una sucursal bancaria que había cerrado, y el tramo de vereda (unos veinte o treinta metros) no era vigilado por nadie. Ni corto ni perezoso, un «bichicome» (denominación local del «croto» o el homeless) se había instalado allí con lo mínimo. Si uno se fijaba bien en el hombre, de unos cuarenta años, se daba cuenta de que no se había caído hacía demasiado tiempo: todavía tenía una musculatura razonable, y el pelo no tan largo.

Ese día no tenía mayor apuro por llegar adonde iba (mi casa). Eran más o menos las cuatro de la tarde, y había un buen sol. Vagué con la mirada y la deposité en el humano acostado, con la cara mirando la pared. Me llamó la atención ver que se le agitaba la espalda, leve pero rítmicamente. Por algún motivo, no me alarmé. A su vez, vi que nadie lo miraba mayormente. Lo miré de nuevo. El ritmo de la espalda se hizo un poco más intenso. Después vi que, claramente, se le estiraban y después paralizaban los dedos de los pies, y después todo se aflojaba, y se quedaba adormilado.

Sonreí. Era evidente que se había masturbado, sin molestar a nadie: la droga más barata y buena a su alcance para soportar su situación.

Apenas pensé en estos dos casos, se me ocurrieron varios más. Por ejemplo un tipo pobre –incluso un pobre tipo– que le ladraba literal y sonoramente, a modo de cortejo, a una mujer pobre, y ella se sentía halagada, hasta ruborizada. Así que la recomendación sería: si podés mirá, y vas a ver lo que ves.  
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Texto incluido en La mujer de mi vida. Notas y margaritas. © Letra Sudaca, 2017. Todos los derechos reservados.

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