Fábula de una gallina

Fábula de una gallina

Intento poner mi contraseña. Incorrecta. Repito la operación varias veces hasta descubrir dónde estoy fallando. Y aun así vuelvo a poner una «c» donde va una «v», ahí dinde debo poner una «o» puse una «i». Me pasa desde siempre. Asumo que se debe a que aprendí a teclear como un pollo chueco, picoteando a ciegas. Jamás recibí lecciones de mecanografía. ¿Se puede ser disléxico en un medio mecánico y no cuando escribís a mano alzada?

Durante muchos años trabajé en un instituo. Sí, le faltó una «t» durante un buen tiempo. Copiaba el encabezado de los exámenes y ahí se iba el error, repetido, constante, secreto. Hoy me sucede al despedirme en un correo: «salduos», «Gsutavo». Como estos errores se dan a diario, varias veces al día, los corrijo al instante. ¿Por qué cometo exactamente el mismo error, día con día? ¿Qué dice esto de mí?

Cuando le preguntaron a Tom Waits por qué cambiaba de instrumentos en cada disco, contestó –más o menos– que no le gustaba repetirse, que en un piano las manos eran como unos cachorritos que iban siempre a los mismos lugares y en las mismas direcciones. Esto funciona en la música, donde los sonidos pueden surgir de miles de sitios y por tanto es necesario ensayar variaciones; y también funciona en la escritura, pero en esta última a veces también es indispensable la repetición, porque las palabras solo surgen del mismo gesto mecánico.

Como una gallina, picoteo y picoteo letras, palabras, frases, oraciones, documentos, manuscritos, testamentos, folios interminables, enciclopedias. He desarrollado una velocidad medianamente funcional, una pose adecuada para mi puesto, una fachada para encubrir mis carencias.

El celular tampoco ha ayudado mucho. Con la izquierda sostengo el aparato (dícese del dispositivo electrónico), con el dedo gordo de la derecha tecleo estas palabras. Soy rápido, aunque esta rapidez incluye una cantidad enorme de dedazos. A veces el mismo error se repite por varios minutos. Veo la letra correcta, pero tecleo la de al lado. Siempre. La rapidez apenas disimula la incompetencia.

La escritura es un problema, el reporte de un fracaso, el estilo de un pollo chueco que no encuentra nunca la letra correcta, la palabra necesaria, hasta que se rinde y le da «Enviar» a un correo sin destinatario y sin mensaje.

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Imagen de Albert Sterner.

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