El semblante de la última hoja escrita

El semblante de la última hoja escrita

Es viernes por la noche. Estoy solo en casa. La tranquilidad de la soledad solo puede ser interrumpida por pensamientos sobre mi familia, que duerme a una hora de distancia, a unos veinte kilómetros. Pensar en ellos me lleva a querer verlos, y eso me distrae. Fui donde la china de la esquina para comprar un té frío y me traje dos sobres de «sabor artificial». Tengo algunos libros que compré por la mañana. La edición de UDP de No leer, de Alejandro Zambra, un título de Martín Caparrós que yo mismo edité hace cinco años y una joya de la política socialdemócrata que las nuevas generaciones de politólogos jamás leerán: La lucha sin fin, del chileno Alberto Baeza Flores, con prólogo de Luis Alberto Monge. El expresidente Monge, en sus últimos años, tuvo una vida inmerecida a causa de un asalto violento a su casa, en la que luego se enclaustró. De mi intento por hacer un té frío delicioso, lo que salió fue un líquido oscuro, entre amargo y dulce, que ni con dos litros más de agua se puede reparar.

Hace unos años leí Jota Erre, de Gaddis. Era una época en que leía mucho y tenía claro que no iba a volver a intentar ser escritor. Ya tenía numerosos intentos fallidos, cientos de archivos en Word y una cantidad abrumadora de cuadernos, libretas y hojas sueltas eran testigos de mi incapacidad para escribir. Sobre todo eran testigos de que no tenía nada que decir. Quería hacer literatura, pero no sabía cómo. Lo mejor era dedicar mi ocio a leer. Recuerdo cuando comencé a tomar gusto por descifrar el secreto detrás de millones de bloques tipográficos que forman una idea. Recuerdo el interés que tenía por descubrir eso que se entendía por «literatura». Visité por algunos años la Biblioteca Nacional, con el fin de leer los clásicos que –había escuchado– se debían leer. Fraccionaba mi tiempo y le sacaba partido a un enorme volumen de las obras de Homero. Lo leí, pero apenas si guardo imágenes de pasajes. Seguí leyendo clásicos al alcance del bolsillo, impresos en papel periódico. Así me hice de una edición de La Divina Comedia. A ese le seguirían volúmenes similares y, claro, libros sobre política, que eran, en ese tiempo, lo que más leía. Contraluz fue quizá el libro que me introdujo a la narrativa norteamericana de grandes volúmenes casi ilegibles. Por eso, cuando mis manos estaban pasando la primera página de Jota Erre, ya tenía los cayos para soportar su lectura. Cada vez que leía estaba seguro de que la literatura y la lectura estaban tan alejadas una de la otra como yo de mis innecesarios intentos por hacer libros escritos por mi mano, mis ideas, o lo que yo pensaba que podía ser la literatura.

Han transcurrido muchos años y un día, en mi cabaña de montaña, vi todas esas cajas con una cantidad abrumadora de cuadernos, libretas y hojas sueltas que eran, de forma rotunda, prueba de mi incapacidad para escribir. Me harté de todo ello, igual como me harté antes de los libros que llevaba a cuestas por más de quince años y no había leído o no recordaba qué decían. Esos fueron a parar a ventas de libros leídos, pero no los vendí: la mayoría los di como trueque, como si de una extraña enfermedad mental se tratara: necesitaba ver los mismos espacios donde yacían mis libros ocupados por otros nuevos. Caminé por la montaña juntando trozos de madera, corteza seca de ciprés y sobrantes de tablas de cuando construí la cabaña. Comencé a acomodar unos bloques de cemento sobrantes de la construcción. Tenía listo un espacio para purificar años de incertidumbre que me roían la paz, que eran la prueba de mi fracaso en la vida como alguien que una vez pensó que podía hacer literatura. Por experiencias previas (una vez quemé cajas y cajas de facturas, como si ello evitara que el fisco me fuese a multar) sabía que debía separar todas las hojas, una a una, e irlas quemando poco a poco. Digresiones sobre todos esos manuscritos iban y venían conforme arrancaba las hojas del resorte o el cuaderno cocido; hojas que eran años de escritura, hojas que buscaba convertir en literatura. Poemas, notas, comentarios de libros, minutas, ideas para revistas y artículos anarquistas, palabras con su significado, fechas para celebrar, números de teléfono, títulos de libros que jamás leería, títulos para artículos todavía no escritos (como si pensando en el título primero se pudiera garantizar escribir algo decente), nombres de personas que me debían dinero o libros, etc. Bañé en thinner la mitad de todas esas hojas, las cubrí con los trozos de madera y corteza seca de ciprés. Tomé una caja de fósforos. Vino ese sonido del efecto químico entre la chispa y el líquido inflamable, un sonido único. Era la apertura de la banda sonora del fin de una idea: la de hacer literatura.

«Se escribe para leer lo que queremos leer», dice Zambra. Es decir, escribimos para tratar de decir lo que no se ha dicho hasta el momento, para descubrir el asombro de mencionar algo que no se haya mencionado. Nombrar lo innombrable con palabras propias basándonos en imágenes conocidas fue lo que hicieron los conquistadores en el Nuevo Continente. Esos conquistadores pasaron las matas de tomate de la sombre al sol y vieron que los frutos cambiaban de color: tenían un aroma dulce y eran comestibles. Quien probó por primera vez ese tomate tuvo la gran suerte de vivir, por un instante, el presente absoluto. Lo que vino después fue la búsqueda de palabras para intentar describir un recuerdo, una imagen, una emoción, algo secundario en la construcción narrativa, algo que, sin saberlo, sepultaría el origen de la literatura, esa que fue un instante, el presente absoluto, el momento que carece de imágenes que ayuden a entenderlo. Cuando ardió la última hoja escrita, sabría que, de ahora en adelante, todo lo que pensaba que era literatura estaba relegado al pasado, a imágenes que buscarían construir un futuro a base del pasado, ese que fue una idea básica, simple: escribir.

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Fotografía de Patrick Tomasso.

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