Susan Sontag: «Quiero estar plenamente presente en mi vida (…), ser contemporánea de mí misma, prestar toda mi atención al mundo»

Susan Sontag: «Quiero estar plenamente presente en mi vida (…), ser contemporánea de mí misma, prestar toda mi atención al mundo»

Una maratónica entrevista de 12 horas realizada en 1978 es la base del libro Susan Sontag, la entrevista completa de Rolling Stone publicado en español por la editorial Alpha Decay. En dos sesiones entre París y Nueva York, Jonathan Cott, editor para europa de Rolling Stone, conversó ampliamente con Sontag, quién acababa de publicar Sobre la fotografía, uno de sus libros más conocidos. En las páginas de la revista estadounidense apenas un fragmento de la conversación fue publicado, y es a través de este libro que por primera vez podemos conocer en su totalidad esta legendaria entrevista con una de las intelectuales más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Les compartimos un extracto.

Cuatro años atrás te enteraste de que tenías cáncer y de inmediato te pusiste a pensar sobre la enfermedad. Eso me recordó algo que escribió Nietzsche: «Para un psicólogo hay pocos problemas tan atractivos como el de la relación entre salud y filosofía; basta que él mismo caiga enfermo para que vuelque toda su curiosidad científica en su enfermedad».

Bueno, sin duda es cierto que el hecho de enfermarme hizo que me pusiera a pensar sobre la enfermedad. Yo pienso sobre todo lo que me sucede. Pensar es una de las cosas a las que me dedico. Si hubiera estado en un accidente aéreo y hubiera sido la única sobreviviente, es muy probable que me habría interesado por la historia de la aviación. Estoy segura de que la experiencia de estos últimos dos años y medio aparecerá en mi ficción, aunque muy traspuesta. Pero como ensayista lo que se me ocurrió preguntarme no fue «¿qué es lo que estoy viviendo?» sino «¿qué es lo que sucede realmente en el mundo de los enfermos? ¿Qué ideas tiene la gente sobre la enfermedad?». Me puse a examinar mis propias ideas, porque yo misma tenía muchas fantasías sobre la enfermedad, y sobre el cáncer en particular. Nunca había considerado la cuestión de la enfermedad en serio. Y si uno no piensa en las cosas, es muy fácil ser vehículo de toda clase de clichés, aunque sean los más ilustrados. No es que me haya impuesto la tarea: «Bueno, ahora que estoy enferma, voy a pensar en la enfermedad». Simplemente pensaba en ello. Estás tendida en una cama de hospital, y entra el médico y se te pone a hablar de ese modo… y tú lo escuchas y empiezas a pensar en lo que te está diciendo y en lo que significa y en el tipo de información que te está dando y cómo evaluarla. Pero después también piensas: qué extraño que hablen de ese modo. Y te das cuenta de que hablan así por todas esas ideas que hay en el mundo de los enfermos. De modo que se podría decir que yo estaba «filosofando» sobre el asunto, aunque no me gusta usar esa palabra, porque admiro demasiado la filosofía. Pero, para usarla en un sentido más general, uno puede filosofar sobre cualquier cosa. Quiero decir: cuando te enamoras te pones a pensar en qué es el amor, si tienes el temperamento necesario para reflexionar sobre el asunto. Un amigo, un especialista en Proust, descubrió que su mujer tenía una historia con otro hombre. Se puso espantosamente celoso, se sentía herido, y me contó que en pleno ataque de celos se puso a leer a Proust y a pensar en la naturaleza de los celos y a llevar esas ideas más al límite. Y así estableció una relación totalmente distinta con los textos de Proust y con su propia experiencia. Estaba sufriendo en serio, no había nada falso en su sufrimiento, y sin duda no se escapaba de lo que estaba viviendo al ponerse a pensar en los celos de esa manera, pero hasta ese momento nunca había experimentado celos sexuales profundos. Había leído sobre ello en Proust, pero como cuando lees algo que no forma parte de tu propia experiencia. No conectas realmente con el asunto. Hasta el día en que sí forma parte.

Si yo estuviera morbosamente celoso no sé si tendría ganas de leer algo sobre los celos. Y a la vez, me da la impresión de que estar enferma y ponerte a pensar en ello como lo hiciste te debe haber exigido un esfuerzo enorme, y quizás una gran dosis de desapego.

Al contrario, el esfuerzo enorme hubiera sido no ponerme a pensar. Pensar sobre lo que te sucede es lo más fácil del mundo. Estás en el hospital, pensando que te vas a morir… No pensar en eso hubiera sido un esfuerzo enorme de desapego. El verdadero esfuerzo de desapego fue salir del período en que estaba tan enferma que no podía trabajar, y volver al libro Sobre la fotografía y terminarlo. Eso me volvía loca. Cuando finalmente pude volver a trabajar, seis o siete meses después de que me diagnosticaran el cáncer, todavía no había terminado los ensayos sobre la fotografía, aunque el libro ya estaba listo en mi cabeza y lo único que había que hacer era ejecutarlo, escribirlo bien, con cuidado, de un modo atractivo y vívido. Pero me volvía loca estar escribiendo sobre algo con lo que no estaba conectada en ese momento. Yo solo quería escribir La enfermedad y sus metáforas, porque todas las ideas para ese libro se me ocurrieron muy rápido, durante el primero o los dos primeros meses de la enfermedad. Pero tenía que obligarme a volcar mi atención hacia el libro sobre la fotografía. Yo lo que quiero es estar plenamente presente en mi vida, estar donde estoy, ser contemporánea de mí misma en mi vida, prestar toda mi atención al mundo. Y yo estoy incluida en el mundo. Yo no soy el mundo, el mundo no es idéntico a mí, pero yo estoy en él y le presto atención. Eso es lo que hacen los escritores: prestar atención al mundo. Porque estoy muy en contra de la idea solipsista de que uno lo encuentra todo en su propia cabeza. No es así, hay un mundo real allí afuera, esté uno en él o no. Y si estás pasando por una experiencia terrible, para mí es mucho más fácil conectar la escritura con lo que me está pasando que tratar de apartarme comprometiéndome con otra cosa, porque de ese modo me estaría dividiendo en dos. La gente me dice lo desapegada que debo haber estado para escribir La enfermedad y sus metáforas, pero no, no estaba desapegada en absoluto.

Quizá «distante» sea una palabra más atinada. He notado que aparece con bastante frecuencia en tus escritos, en distintos contextos, como cuando en el ensayo «Sobre el estilo» observas que «todas las obras de arte están fundadas en una cierta distancia de la realidad representada… Es el grado y la manipulación de esa distancia, las convenciones de la distancia, lo que constituye el estilo de la obra».

No, distante no. Pero tal vez tú sepas más que yo de este asunto. Y no lo digo irónicamente: es muy posible que yo no entienda del todo ese proceso. Pero no me sentía distante en absoluto. Escribir no suele ser algo que yo disfrute. Suele ser cansador y tedioso, porque cuando escribo hago muchos borradores. Y aunque tuve que esperar un año para ponerme a trabajar en el libro, La enfermedad y sus metáforas fue una de las pocas cosas que escribí rápido y con placer, porque podía conectarme con todo lo que me sucedía a diario en mi vida. Me pasé un año y medio yendo al hospital tres veces por semana, oyendo esa manera de hablar y viendo gente que es víctima de esas ideas estúpidas. La enfermedad y sus metáforas y el ensayo que escribí sobre la guerra de Vietnam son quizá las dos únicas instancias de mi vida en que supe que lo que estaba escribiendo no solo era verdadero sino también útil y aprovechable de un modo práctico, inmediato. No sé si mi libro sobre la fotografía será útil para alguien, salvo en el sentido más general de que contribuye a la conciencia de la gente y complejiza las cosas, lo que creo que siempre es bueno. Pero sé de gente que buscó un tratamiento médico apropiado por haber leído La enfermedad y sus metáforas, gente que solo recibía tratamiento psiquiátrico y que ahora, después de leer el libro, está haciendo quimioterapia. Esa no es la única razón por la que lo escribí —lo escribí porque siento que lo que decía era verdadero—, pero es un gran placer escribir algo que puede ser útil a la gente.

Siguiendo la idea de Nietzsche de que «lo que filosofa en algunos son las penurias, y en otros las riquezas y las fuerzas», es interesante que durante la enfermedad tus «penurias» no dieran lugar a una obra filosóficamente «enferma». En realidad, lo que produjiste es algo muy rico y poderoso.

Cuando todo esto empezó pensaba… Bueno, por supuesto, me dijeron que era posible que muriera muy pronto, de modo que me enfrentaba no solo con una enfermedad y una serie de operaciones dolorosas sino, en uno o dos años, con la muerte misma. Y además de sentir miedo y terror, así como sufrimiento físico, estaba terriblemente asustada. Sentía el pánico animal más agudo. Pero también sentía momentos de euforia, de una tremenda intensidad. Era como si estuviera sucediendo algo fantástico, como si me hubiera embarcado en una gran aventura, la aventura de enfermarme y probablemente morir. Y estar dispuesto a morir es extraordinario. No voy a decir que fue una experiencia positiva porque suena vulgar, pero tuvo una parte positiva, desde luego.

De modo que tu experiencia no «cancerizó» en absoluto tus procesos de pensamiento, por así decirlo.

No, porque dos semanas después de que me dijeran que tenía cáncer me saqué de encima todas estas ideas. Lo primero que pensé fue: ¿Qué hice yo para merecer esto? Viví una vida equivocada, fui demasiado reprimida. Sí, hace cinco años sufrí una gran aflicción, y este debe de ser el resultado de esa intensa depresión. Después le pregunté a uno de mis médicos: «¿Qué piensa de las posibles causas psicológicas del cáncer?». Y me dijo: «Bueno, a lo largo del tiempo la gente ha dicho un montón de cosas absurdas sobre la enfermedad, cosas que por supuesto nunca resultaron ciertas». Lo descartó por completo. Y entonces empecé a pensar en la tuberculosis, y allí se definió la tesis del libro. Y decidí que no iba a culpabilizarme. Tengo la misma tendencia a sentirme culpable que la mayoría de la gente, quizá más que el promedio, pero es algo que no me gusta. Nietzsche tenía razón cuando hablaba de la culpa: es horrible. Yo preferiría sentirme avergonzada. Me parece más objetivo; la vergüenza tiene que ver con el sentido del honor propio.

En el ensayo que escribiste sobre tu viaje a Vietnam hablas de las diferencias entre la cultura de la vergüenza y la de la culpa.

En algún punto se superponen, obviamente: uno puede sentirse avergonzado por no haber alcanzado un cierto nivel. Pero la gente se siente culpable de estar enferma. Yo, personalmente, me siento responsable. Cada vez que estoy en problemas en mi vida personal, como cuando me meto con las personas equivocadas, o cuando de algún modo quedo entre la espada y la pared, el tipo de cosas que le suceden a cualquiera, siempre prefiero asumir la responsabilidad yo antes que echarle la culpa al otro. Odio considerarme una víctima. Prefiero decir: de acuerdo, yo elegí enamorarme de esta persona y esta persona terminó siendo una cretina. Fue una elección mía, y no me gusta echarles la culpa a los otros porque es mucho más fácil cambiarse a sí mismo que cambiar a los demás. De modo que no es que no me guste hacerme responsable. Pero en mi opinión, enfermarse, tener una enfermedad drástica, es como ser atropellado por un coche, y no creo que tenga mucho sentido preocuparse por las razones por las que uno se ha enfermado. Lo que sí tiene sentido es ser lo más racional posible y buscar el tratamiento apropiado y querer vivir. No hay duda de que no querer vivir es entrar en complicidad con la enfermedad.

Fragmento incluido en Susan Sontag, la entrevista completa de Rolling Stone © Alpha Decay, 2019. Todos los derechos reservados.

Jonathan Cott es periodista y editor. Ha contribuido con medios como Rolling Stone, The New York Times y The New Yorker. Ha publicado 19 libros, entre estos "Days That I’ll Remember: Spending Time with John and Yoko”.

Traducción de Alan Pauls.

Fotografía de Jean-Regis Rouston.

El semblante de la última hoja escrita

La rodilla de Clara