La esperanza del escritor

La esperanza del escritor

Un día llega el día que has estado esperando
Entonces pensás en las palabras que vas a decir.
Te imaginás a tus amigos, atentos, con el celular en la mano.
Fuiste a comprar pan por la mañana. Pateaste 
una caja de jugo de naranja que alguien tiró.
Entonces pensás que la persona que dejó tirada esa caja 
no es culta y poco importa lo que piense esa persona 
porque alguien que deja tirada la basura no debería importarte 
porque de fijo no lee.
Es decir, no es tu público, pensás.
Ya gastaste el dinero del certamen literario 
y cuando llega el día, que es hoy, sabés que debés reembolsarlo.
Regresás de comprar pan 
y te servís café y pensás en tu libro, 
el certamen y la premiación.
Sabés que el dinero ayuda pero no es suficente.
Afuera comienza a llover, y ves por la ventana 
como si el mundo se detuviera en cada gota y 
como si al mundo le importara lo que vos pensás o escribís.
Respirás hondo y sabés que otra vez no llevarás nada de regreso a casa.
Otro intento fallido. Entonces 
tenés claro que lo tuyo no es escribir.
Las palabras comienzan a ser enemigos que nacen 
como un hongo en el closet de la ropa.
El pito de un bus te saca del pensamiento, 
el café te da dolor de estómago.
Tal vez tampoco lo tuyo es beber café.
Volvés a ver tu biblioteca. Más de la mitad de los libros no los has leído.
Entonces hay palabras ordenadas y almacenadas 
que son una tropa enemiga que va a bombardear a tu familia. 
Entonces tu hogar serán las ruinas de los sueños que una vez construiste.
Pero ya nada importa.
Estás pensando cuánto te pagará la librería por 
los libros nuevos que no has leído
(siempre es muy poco).
Afuera, parece que la lluvia trata de decirte algo.
Vas al escusado y pasando por la cocina traés llena la jarra de café.
Una hormiga está sobre la cuchara del azúcar y la aplastás.
Mirás tu biblioteca.
Pensás que un poema sobre la pérdida de la esperanza 
en escribir es una gran idea.
Entonces pensás en las palabras que vas a escribir.
Una mosca cruza el cuarto, pero eso, ¿a quién le importa?

Fotografía de Markus Spiske.

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