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A partir de dos películas

A partir de dos películas

1.

Para cerrar la semana, la noche del domingo me puse a ver La conversación (1974), de Coppola, película por debajo de otras obras suyas (su punto alto es el diseño sonoro de Walter Murch). La había visto a mitad de los 90 en la cinemateca de Generales y salvo imágenes sueltas no recordaba prácticamente nada de la trama, es decir perfecta para clausurar la semana. Gene Hackman es el protagonista, su personaje Harry Caul tiene 44 años, los mismos que tenía Hackman cuando se rodó la película. Mientras veía a Caul intervenir teléfonos y escuchar conversaciones privadas por contrato, caí en cuenta de que aquella primera vez que la vi, sentado en las butacas de madera del auditorio Abelardo Bonilla, Hackman entraba para mí en la categoría de señor y que ahora yo tenía 10 años más que Caul/Hackman. Remate aritmético básico que, horizontal sobre el edredón, amenazado por la nube negra que me sigue desde hace varios días y acorralado por imperativos laborales, es decir, en modo dominical, tuvo otra dimensión. 

Me dije, Hackman está muerto y yo ahora soy más viejo que él en 1974. Sumemos que una tarde lejanísima en el trabajo o en un taxi o mientras alguien me contaba sus vacaciones, mi cerebro estaba en otro lugar, específicamente en el que armó este razonamiento: “los vivos siempre vamos a ser más viejos que los muertos, al morir ellos dejan de envejecer, los vivos los dejamos atrás en la línea del tiempo”. Reflexión, convengamos, menos fraudulenta que pobre. Pero así no la sentí la noche del domingo y aplastado por el silencio metafísico googlié a Gene Hackman. ¡No está muerto! Celebré en voz alta solo en el apartamento. Tiene 94 años y vive en no-me-acuerdo. Dormí como un recién nacido, es decir, sin palabras, sin ideas, sin significados ni significantes, sin enunciado ni enunciación, sin expectativas ni símbolos, sin secretos ni rencor, sin remordimientos, sin calendario, sin alarma. Sin saber que dormía.  Dormí como solo pueden los recién nacidos y los muertos.

2.

Hoy revisaba trabajos finales de mis estudiantes con música en modo aleatorio (uso Youtube Music como protesta contra Spotify, ríanse a pierna suelta, no tengo defensa) y saltó una canción que había desaparecido del radar, una que en otra época reproduje hasta devaluarla. El tiempo le había devuelto todos esos atributos que, lo mismo en la poesía, son difíciles de precisar pero que reconocemos y sentimos de inmediato. La escuché por primera vez cuando la interpretan en vivo en un estudio de grabación en la película Once (en inglés), de John Carney (2007). Supe siempre que, para mí, era indisociable de la película. Es decir, si la escucho, regreso de inmediato a su momento en la narrativa de Once.

Once, en mi opinión, es una joya inusual, una fosforescencia de modos discretos, de voz baja, como una película que quisiera pasar desapercibida. Si la googlean van a huir, aparece como musical/romántica. Pero es otra cosa, lo juro. No hay coreografías, nadie canta de súbito y sí seguimos a guy y a girl (¡nunca conocemos sus nombres!) pero en un mundo ajeno al romance pequeñoburgués de gente linda y culta de películas de ese tipo. Digamos un Before Sunrise de la clase trabajadora. Menos mariposas, más materialismo histórico. Pero sin énfasis ni subrayados, los protagonistas no tienen tiempo para la filosofía. El planteamiento es simple; las herramientas narrativas, en cambio, de engañosa modestia (gran acierto los teleobjetivos que dan textura documental a gentes y calles de un Dublín sin maquillaje). 

Les hablaba de la canción. No exageremos, es eso, una canción, una píldora que por tres minutos nos alivia o nos alegra o nos distrae. No es poco, la verdad. En fin, ya comenté que la escuchamos cuando los protagonistas la estrenan en el estudio de grabación que a duras penas pudieron pagar. Nunca antes habían grabado en estudio y en este intento se depositan cosas mayores, vitales. Detalle importante: quienes interpretan a los protagonistas son músicos, nunca habían actuado, lo mismo que los otros músicos callejeros reclutados (bajo, batería y segunda guitarra). No es un videoclip, es una escena que engancha con las escenas siguientes, estamos todavía en el segundo acto. Displicente detrás del cristal grueso de la cabina, anticipando otra banda mediocre, el operador del estudio les da la señal. Lo que vemos a continuación es a músicos reales vivir una canción de principio a fin.

El frontman se entrega a la canción que escribió, letra y música en llamas, poco a poco el registro vocal ascendente deja claro que allí está pasando otra cosa y los músicos reclutados un par de horas antes, ya contagiados, entran también en el estado de gracia particular al que acceden únicamente quienes hablan ese idioma, el de los instrumentos, la notación musical, el cableado interno de armonía y melodía. No es lo mismo saber hacer música que no.

Llegamos, pues: en el momento climático sostenido por las notas altas y vertiginosas del frontman (solo vocalizaciones porque a esta altura no alcanzan las palabras) la cámara busca al bajista, un joven alto y grueso que, como la película misma, quisiera pasar inadvertido. Tomado por lo que está sucediendo, sigue tocando el bajo pero balanceando hacia adelante y atrás su cuerpo aparatoso, asincrónico, en sentido contrario al ritmo, con tal empuje que los audífonos del estudio se le deslizan de un oído, le cae la diadema en la frente. Él no se entera porque está ocupado en algo mayor, prioritario, esencial. Es un monumento a la descoordinación, la timidez, el glamour cero y la trascendencia breve.

Habría que ser él. 

Dos postales

La máquina sigue sonando

© Samoa,