Secciones


Autores

Copia única

Copia única

1. Los días entre Navidad y Año Nuevo son como un espacio en blanco en el que no sabemos quiénes somos. Después de haber perdido la conciencia en la fiesta de Navidad de la oficina, después de haber comido todo lo que había en oferta en la casa de varias familias, después de haber saludado de beso y bailado con tías ajenas, queda un espacio en que no pasa nada antes de poder perdernos de nuevo al desamparo de la madrugada del primero de enero. Pasamos viendo las mismas pantallas que vemos en días ordinarios pero sin hora límite. Todos los días son domingo. No sé cómo nos condenamos a esto solo porque no tenemos plata para irnos a la playa.

2. Instagram y Snapchat llevan bastante tiempo ofreciendo filtros para arreglarte la cara. El algoritmo reconoce tu piel y le añade un par de medidas de ecualización de color y tono, reconoce tus ojos para añadirles maquillaje, ilumina los pómulos, infla un poquito los labios con color y volumen. Las adolescentes felices se imaginan su piel sin espinillas. Yo también, ahora que encima de espinillas tengo arrugas. Lo extraño es cambiar de teléfono y darse cuenta de que los nuevos modelos hacen algo parecido directamente desde la cámara del aparato. La iluminación y el ajuste automático de textura y color te "arreglan" un poco la piel. Me pregunto si vamos a sentirnos cada vez más cómodos con los cambios, hasta que ya las fotos que tomemos no se parezcan a nadie, y sean versiones finamente alteradas de la gente que más queremos. Así recordaremos a la abuela, con su piel de alabastro, sus pestañas largas y sus labios de Angelina Jolie. (En mi parte favorita de Infinite Jest, David Foster Wallace se imagina desde 1996 cómo van a ser las videollamadas y algunos de sus problemas).

3. Hace unos 15 años estaba en un barrio residencial de una ciudad de Canadá cuando le señalé a mi compañera que los niños dejaban sus bicicletas, triciclos y otros juguetes tirados en el jardín frontal de sus casas. "¿Nadie se los roba?", pregunté. Ella, horrorizada, me dice: "¿qué clase de persona se robaría los juguetes de un niño?". A lo que no dije nada porque la respuesta era "la gente como yo".  Después, por supuesto, conocí los barrios menos adinerados donde todo lo que se deja a la vista es una invitación al robo (ahí me sentí como en casa). Ahora que llegaron a San José las bicicletas compartidas, la gente hasta las guarda en las cocheras de sus casas, "para que no se las roben". No es que en el primer mundo no pase (se las roban por montones, aun para tirarlas a los canales y los puertos, porque no tienen valor de reventa), pero cada vez me convenzo más de que no somos más ladrones: es que nos acostumbramos a esconderlo todo y a vivir aterrorizados, obligados a pensar como maleantes.

4. He estado haciendo un esfuerzo por leer el libro Super Pumped: The Battle for Uber, del reportero de tecnología Mike Isaac, sobre el origen y las controversias sobre las que ha pasado Uber. Recuerdo los inicios, cuando llegaron a la empresa donde yo trabajaba a darnos viajes gratis. En ese entonces me pareció una exageración llamar casi una limusina para que me recogiera del brete, pero mis compañeros se volvieron rápidamente adictos. En fin, la historia es larga, mucho ha pasado desde entonces, y me cuesta leerla porque todos los personajes son gente horrenda que desprecio desde lo más profundo, casi tanto como ellos desprecian la regulación urbana y los derechos laborales. Uber es una empresa dedicada a perder enormes cantidades de dinero y a dejar una ola de destrucción económica y social en su paso por el mundo que será difícil de entender al menos en una década. Vale la pena entender por qué.

5. Ya nadie camina con las manos tomadas tras la espalda, en actitud reflexiva. Solo un tipo de hombre viejo lo hace, a veces para balancear el peso de la panza, a veces cuando está esperando algo en una esquina sin fumar. Le he preguntado a mis amigos y algunos me confiesan que lo hacen en la oficina o en la casa cuando están pensando, pero automáticamente se sienten como sus papás o sus tíos. Las mujeres ni eso, porque creo que casi siempre andamos echadas para adelante tratando de protegernos el pecho de la vista ajena desde que teníamos 10 años. También está el teléfono, que nos ha orientado a todos con los hombros hacia adelante, el cuello permanentemente en ángulo de lectura, sin levantar los ojos, sin pasar ni un segundo aburridos.

6. Durante los 70 y los 80 (y posiblemente después, y todavía) la cámara de fotos instantáneas era un aparato adorado en la comunidad LGBT. Como antes había que ir a dejar el rollo en manos de extraños para ser revelado, era difícil tener fotos rápidas que nadie fuera a juzgar sin revelarlas uno mismo. El fotógrafo Tom Bianchi tiene un trabajo histórico en este tema. No sólo ha resurgido la popularidad de las instantáneas por su apariencia retro y la novedad de lo viejo, sino porque tienen un valor nuevo en la era de Internet: la copia única. Mi cámara instantánea es popular en las fiestas de fin de año porque puedo tomar fotos de mis amigos y estas pueden desaparecer, o quedar en un solo par de manos para siempre. A menos que alguien le tome una foto a la foto, no terminará en ninguna cuenta de redes sociales, en ningún algoritmo de reconocimiento facial, en la memoria eterna de la Internet. En mi mundo ideal nos tomamos una pequeña foto única, siendo felices. Alguien se la lleva y la pone dentro de un libro o en un cajón lleno de recibos, y la encuentra dentro de 20 años.

Fotografía de Iwan Shimko.

Episodio 7: « El sexo en la literatura funciona cuando sale muy mal»

Linea nigra

© Samoa,