'Solenoide', de Mircea Cărtărescu

'Solenoide', de Mircea Cărtărescu

Solenoide, la última y monumental novela de Mircea Cărtărescu, es una obra esencialmente moderna. Un ladrillo de páginas que padecen de un pavoroso horror vacui y en las que se despliegan formas y preocupaciones de un autor que quiere contarlo todo. Es una obra de ambiciones preposmodernas, cuando el Gesamtkunstwerk, la novela total, la Gran Novela, eran motores válidos para el quehacer artístico y no conceptos destituidos por una contemporánea afición por la parodia autoconsciente, el pastiche y el minimalismo. Y es esa condición de novela moderna en medio de un panorama editorial hostil para este tipo de narraciones lo que la vuelve relevante.

Con Ulises y La señora Dalloway, se inaugura una tradición del modernismo literario que podría denominarse como la Rumiación Cartográfica: narrativas donde héroes peripatéticos recorren (como flâneurs sin tanto dandismo) las urbes cosmopolitas, al tiempo que van registrando y pensando en los cambios cada vez más visibles de la modernidad y la industrialización en la vida cotidiana. Por supuesto, este periplo interurbano es una excusa para que los protagonistas puedan llegar a conclusiones personales, de la mano de algunas otras invenciones estilísticas de la época, como el stream of consciousness, esa conexión de pensamientos que ora se corresponde a estímulos externos, ora a los caprichos inescrutables de la memoria. Cărtărescu inscribe a su protagonista en esta tradición, no sin una intencionalidad política. En Solenoide, el escritor frustrado devenido en profesor de escuela (un doble del mismo Cărtărescu) no recorre las calles de un Dublín o un Londres entrados en la modernidad, sino de un Bucarest detenido en el tiempo. En ese tiempo ingrávido de un país que no termina de salir de su etapa socialista, y que por más de que lo intente, merced de una nostalgia o un idealismo, se le hace difícil la asimilación del libre mercado y las prometidas mieles del capitalismo.

Uno de los mecanismos más relevantes del modernismo fue el uso tan particular que hizo del mito. Por medio de alusiones a mitologías diversas (sobre todo la grecolatina), Joyce, Elliot, Pound, Picasso y tantos otros, quisieron descubrir esas fuerzas telúricas, primigenias, sobre las que se levantan las precarias edificaciones de la historia y la cultura. Con paralelismos entre el momento en cuestión (llámese Dublín en 1910 o Guernica en el 37), y la sempiterna repetición de los patrones míticos, se desconecta la narración de un contexto histórico fijo y se proyecta en un tiempo eternamente repetido, un eterno retorno que les da a las obras del modernismo esa sensación de atemporalidad. Solenoide concuerda con estos mecanismos al estar siempre sustentada por símbolos (mitología del este de Europa, folklore gitano, el bestiario onírico del psicoanálisis, la figura del doble, entre muchos otros) que trascienden tiempo y espacio, dígase que colocan a la novela en esa cuarta dimensión, donde lo que sucede no le sucede al protagonista de esta historia, sino a todos los hombres.

Finalmente, Solenoide es una novela metafórica, pues su estructura corresponde a una forma predeterminada. Una figura retórica funge de esqueleto de la obra, un recurso de alta factura para el alto modernismo. Las novelas de Pynchon (más moderno que posmoderno, si se lo lee correctamente) son buenos ejemplos de este ordenamiento: El arcoriris de la gravedad sigue la forma parabólica de los misiles balísticos que persiguen al protagonista durante toda la novela. La figura de Solenoide es, naturalmente, el solenoide. Dice Wikipedia: «Un solenoide (del griego, solen, 'tubo', 'conducto', y eidos, 'en forma de') es cualquier dispositivo físico capaz de crear un campo magnético sumamente uniforme e intenso en su interior, y muy débil en el exterior». Para Cărtărescu, el solenoide es una poética: por un lado sumamente autobiográfica, y por otro, sesgada por la más imaginativa y surreal de las ficciones. Una manera de contar y contarse, sin caer en la burda moda de la autoficción realista. Verbigracia: en la novela los solenoides no se limitan al subtexto, sino que existen a través de todo Bucarest, uno de ellos justo debajo de la casa del protagonista, quien, con la ayuda de un interruptor, lo enciende cada vez que se le antoja arroparse por la fuerza magnética que este produce y se deja levitar (y nosotros también).

Sin duda, como a muchas de las grandes obras del modernismo, a Solenoide se le pueden achacar muchas cosas: es excesiva, barroca, incesante, autoindulgente, obsesionada por detalles mórbidos… Pero en su mirada hacia formas que hoy podrían parecer anacrónicas, que piden un esfuerzo de parte del lector si quiere hacer cima en su punto final, logra una sensación que reviste a los clásicos de ese aura de inevitabilidad: arriba, en la cima, por más que cueste respirar y el aire sea escaso, podemos ver con mucha más claridad los paisajes que nos rodean.

Episodio 2: «Igual me cuesta entender»

Managua / mayo