Lo rescatado de las aguas

Lo rescatado de las aguas

La segunda inundación de mi apartamento de Moravia no me tomó con la sorpresa terrible de la primera. Ya en la segunda tenía un plan de acción: subir esto de primero a la cama, esto de segundo al sillón de orejas, esto de tercero a la pequeña mesa del comedor, y este montón de cosas de cuartas a los muebles de la cocina. Ambos eventos sucedieron en viernes por la noche: dos aguaceros temibles, indetenibles, ante los cuales solo me quedaba por decir, con una tristeza rayana en el ridículo: «hay que salvar lo que se pueda; lo que se tiene que poder son los libros, el resto que se vaya al carajo».

Las inundaciones –ahora vivo en un segundo piso, cosa que dije que jamás haría por los inconvenientes de la mudanza- me hicieron ver que no tenía una sola biblioteca, sino que un bicho de organicidad feroz se había extendido en mis departamentos a lo largo de los años, tomando todos los aposentos y haciéndolos apéndices de su cuerpo principal, que comenzó a formarse hará cosa de veintidós años, en casa de mis padres. Ahora había patas, antenas, ojos compuestos, setas y toda suerte de estructuras que ese animal invasivo me había impuesto: anaqueles por todos lados, muebles cuyo origen no era otro que la enfermedad de quien compra libros sin control y debe ponerlos en algún sitio, armaduras de madera prensada que alguien –no yo, jamás yo, niego que haya sido yo- había metido hasta en los rincones más improbables de todos los sitios que he habitado a lo largo de los trances de mudanzas y movimientos.

Evidentemente, el plan de acción de las inundaciones, en lo relativo a los libros, exigía salvarlos de los lugares más cercanos al suelo, tomados vilmente por el agua. Reencontré aquel libro delgado y hermoso de Matías Celedón, aquella novela tormentosa de Faulkner, aquella antología engordada de humedad de Anne Sexton, aquella colección del Festival Internacional de Poesía de Costa Rica, una novela arruinada de Pynchon –eso sucedió en una inundación en casa de mis padres, justamente en un segundo piso; ya desde ahí el agua me la había jurado-, los diccionarios de lenguas que jamás dominaré como para sostener conversaciones coherentes en otros sitios del planeta; mientras retiraba con premura los ejemplares que forzosamente debía salvar, pensaba en qué momento todos esos libros habían llegado allí, qué misterio horrible había hecho que ahora estuviera acuclillado, temblando de miedo mientras arrancaba los lomos a la destrucción, débil ante una amenaza que minuto a minuto se hacía más ominosa. Pensaba, con un desorden de pánico, en cómo esa biblioteca era ahora un hogar completo, un organismo asentado que yo no podía dejar que se destruyera.

Cuando ya estaba a salvo todo lo de los estantes inferiores, en la cama, en el sillón de orejas, en los muebles de la cocina, en la mesa del comedor, solo me quedaba esperar que se fuera llenando de agua cada rincón, ya aliviado porque lo fundamental no perecería esas noches. Me senté a ver el espectáculo de la inundación –la segunda vez; la primera, pasaba la escoba como loco, tratando de que el agua se fuera por los drenajes- , pensando en cómo resisten esas cosas los pueblos que año a año se inundan en el Caribe y en el Pacífico, los que son abatidos por desbordes espantosos de dos metros de altura; ellos salvan sus pocas pertenencias, ellos tienen sistemas de poleas para subir las camas a los techos, para salvaguardar las refrigeradoras y su alimento. Ellos no pueden acumular objetos inútiles, no necesitan armar bibliotecas, no necesitan temblar ante sus cataclismos. Ahí es cuando esos dos veintidós años adquieren un peso y un sentido: la biblioteca no es una pila de ladrillos puestos descuidadamente, sin argamasa; la biblioteca es un muro antisísmico, una elaboración que se va tornando concreta por necesidad, por vicio, por enfermedad acumulativa, por una comunicación que no es tanto la de uno con las lecturas, como la del mapa de lecturas entre ellas. Flannery O´Connor (de los estantes superiores) está solo a centímetros de Apollinaire (de los medios), que está encima de Beckett (camino a las tierras bajas), que todos los días está allí hablando con Bernhard y con Noll (a su mismo nivel), en la sala; Lina Meruane, en una de las habitaciones, encuentra en la compañía de Salvador Elizondo una sorpresa y un muro de opacidad; en el pasillo, las fotos de ciudades de Lee Friedlander complementan las líricas y herméticas de Francesca Woodman. Y así por el estilo, si fuera por agotar el contenido de esos estantes en pocas palabras.

Las inundaciones, en su amenaza de quebrarme, me dejaron recordar por qué no puedo solo botar el lastre de los libros entre los sitios de mudanza, abandonarlos en sacos y deshacerme de ellos tirándolos a lotes vacíos. Por qué necesito más estantes, más poleas con las que levantar esos cofres de un alimento que se infla con el agua, como las raíces de un árbol con la lluvia.

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Fotografía de Guillermo Barquero.


Dos poemas

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