Por impulso eléctrico

Por impulso eléctrico

A los seis años, terminé de aprender a leer con un gigantesco atlas, seiscientas páginas de mapas del Congo y de Venezuela más detallados de lo que jamás pude necesitar a esa edad (ni ahora). Aprendí nombres musicales y nombres grotescos, chistes toponímicos y gentilicios impronunciables. De modo que, al ordenar mis libros, pensé en agruparlos según su patria.

Es claro que uno no necesita ordenar los libros si tiene pocos. Se hizo necesario cuando ya no cabían en los libreros, cuando empezaron a multiplicarse los regalos y las compras impulsivas, los libros enviados a mi escritorio para reseñar y los extraviados que, de alguna manera, encontraron su camino hasta mí.

Varias noches, cuando se quebró uno de mis viejos muebles, dormí con ellos en la cama. Dormí con Virginia Woolf y con Sándor Márai. Nabokov fue mi almohada, y un inmenso catálogo sobre Ingmar Bergman, mi cobija. Es una pena que esta metáfora sea tan ingenua, porque cuesta creerla, pero el caso es que así fue.

Pero bueno: la distribución geográfica no sirvió. Márai se fugó de su patria y mucho lo escribió lejos de casa. A Nabokov se lo puede acusar de muchas cosas, pero no de ser propiedad de un solo país. Entonces, a menos que Ada or Ardor me quedara de Estrecho de Bering en unos pocos centímetros de estante –lo cual me hubiera obligado a imposibles contorsiones de otros libros–, mejor renunciaba a la idea.

Luego lo intenté por color. Sobra decir que fallé también, pero esta vez porque La historia interminable vibraba con su lomo rojo a mis cinco años, pero ahora, dos décadas después, se desteñía, rosada.

Siguió la idea fugaz de hacerlo por editorial (una tontería), y luego por género, hasta que tenía en las manos algo de Sebald y algo de Maggie Nelson y, bueno, otra vez se desbarataba el sistema.

Ya por último, compré nuevos libreros en descuento, armé uno y quedó torcido. Me faltan dos. Pero el orden está decidido, pues será por impulso eléctrico. Hay una energía invisible que conecta la prosa elegante y apretada de Roberto Calasso con la poesía rabiosamente erudita de Octavio Paz, así como un verso de Anne Carson tendría cosas que decirle a la prosa de Selva Almada.

No se parecen y quizá no se queden cerca por mucho tiempo: quizá el orden que vaya adquiriendo el librero sea nada más el de la adquisición. Un tomo marxista se encaramará sobre un tratado filosófico –comprado en descuento, que el pensamiento riguroso sale caro en Costa Rica–.

De cualquier manera, el desorden volverá a imponerse, inevitablemente, porque así soy yo y así son mis lecturas. Uno acumula para no sentirse solo, pero sobre todo para evitar el perpetuo riesgo del aburrimiento. Es peor sentirse aburrido que sentirse solo.

De alguna manera, Alexis o el tratado del inútil combate contiene en sus páginas una palabra que me impulsa a Los ingrávidos; allí, una palabra me recuerda una frase genial de Gregor von Rezzori, y buscando entre las montañas desordenadas, sin geografía, sin color, sin editorial para guiarme, tropiezo con otras memorias, no las que buscaba, sino las de Arthur Miller, que nunca supe que me interesaban hasta que de pronto las tenía en la mano, sin saber de dónde había salido el libro. Y así, Estados Unidos termina a la par de Europa, todos revueltos, de Chile a China, con una parada, por ahora, a un libro que extraigo de la base de una torre de libros nuevos y viejos y usados y regalados: Los demasiados libros, de Gabriel Zaid, que tenía razón.

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Fotografía de Fernando Chaves Espinach.

Hoy pasaron tres cosas

'Mis amigos' y 'Armand', de Emmanuel Bove