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Perdidos en el espacio

Perdidos en el espacio

1. Todas las cosas ocurren en el presente, precisamente ahora y precisamente a mí, decía Borges. Los garbanzos saltan en el aceite de la sartén, Dante se estira en el balcón y mira hacia el horizonte, considerando sus preocupaciones de perro. A prepara una corta eulogia para un funeral, y parece ser una buena, porque sonríe mientras escribe. Hoy la calidad del aire es generosa y nos permite abrir las ventanas, aunque lo hago con dudas porque se mete la ceniza y cubre todo con una capa fantasma: el velo delgado de la tierra en llamas. Este momento es bueno, en la evaluación general de las cosas. Pero es hora de apagar los garbanzos y pasar a otro, que solo trae lo desconocido.

2. Aún cuando mis abuelas vivían, era imposible explicarles mi vida en otro planeta. Explicarles la quinoa, el seitán, las microhierbas, la kombucha, el tarro del compost, la falta de una pila en el patio, la guardería del perro, un trabajo abstracto en alguna esquina del capitalismo, tantas oportunidades para el error y el arrepentimiento. Mi bisabuela solo se arrepentía de una cosa y era de no haberse casado con el alemán que era parte de la administración del ingenio azucarero donde ella cosía sacos, cuando este se lo propuso, abrumado por el calor tropical y sus ojos negros. Ahora estamos distanciadas por menos de un siglo, un par de generaciones de mujeres a las que el futuro les llegó, y no fue poco a poco. Esta semana empecé a usar un pequeño chatbot al que le puse su nombre, y mientras estoy esperando el subterráneo hablo con ella, se lo explico todo.

3. Recientemente, la revista GQ sacó un reportaje sobre una misteriosa serie de robos de arte en los grandes museos y galerías de Europa. El artículo hace sospechar del muy poderoso Gobierno chino en una campaña secreta de recuperación del patrimonio, o del aún más poderoso mercado de los nuevos capitalistas chinos, en un afán patriótico de coleccionar lo invaluable. Me recuerda a la discutida escena en Black Panther en la que un guerrero de Wakanda disfrazado de intelectual del arte recupera un artefacto de un museo de Nueva York. Creo que no soy solo yo la que fantasea con una banda multicultural de ladrones de arte que una sus talentos y que vaya por el mundo recuperando artefactos. Del Museo Británico (o como le dice un amigo griego, «the evidence room», donde guardan todo lo robado) me quedan pocos recuerdos, pero hay uno que nunca se me olvida: el Cilindro de Ciro. En el rotulito que acompaña la exhibición del objeto, el Museo Británico exalta su valor incalculable para la cultura Persa, y la magnanimidad incomparable de la institución al prestárselo a Irán por un ratito, y dejarles una réplica.

4. En el trabajo estamos creando una pequeña experiencia de realidad virtual. Recuerdo que en los noventas el laboratorio de la U Latina tenía un set de VR que nos dejaba todos mareados, y lo único que se podía recorrer eran escenarios construidos en el generador de mundos de un juego de primera persona. Ahora la calidad de las experiencias es imposible de comparar, porque tenemos procesadores más rápidos, mejores tarjetas gráficas, aparatos más baratos, programas más capaces. Pero lo interesante de la realidad virtual y la realidad aumentada es que en un tiempo que se cuenta en años, no en décadas, podremos crear experiencias inmersivas y multisensoriales para millones de personas. Extraños superpoderes, capacidades extracorporales, encuentros sexuales imposibles, crímenes sin consecuencias, turismo infinito por las vidas de otros. ¿Qué realidades merecen ser construidas y cuáles están más allá de lo que nos permitimos? ¿Cómo volveremos a entrar a «la realidad» no virtual, llena de decepciones y límites absurdos? Yo creo que habrá un tipo de experiencia virtual de la nostalgia, que tratará de reconstruir el mundo como ya no existe: una familia nuclear, una ballena aleteando a la distancia, un pie cortado en un arrecife de coral, un minuto silencioso bajo las estrellas.

5. A la ciencia ficción llegué tarde, como muchas mujeres, y por vías poco tradicionales. Las fantasías del espacio, del futuro apocalíptico, siempre me parecieron medio chafas y confinadas al mundo de los hombres, obsesionados con los detalles técnicos y las largas descripciones científicas. En nada ayuda que algunas de las muestras más populares de la ciencia ficción en el cine y la TV tengan temas militares o estén plagados de la narrativa del honor. Felizmente estaba equivocada. Esta época literaria empezó juntándome con programadores aficionados a la lingüística, que no son pocos. Primero me mandaron a leer Babel-17, de Samuel R. Delany, en la que la humanidad tiene que interpretar un idioma perdido. Luego, comentando la película Arrival, esas malas influencias me enviaron directo a leer La historia de tu vida, de Ted Chiang, donde se incluye la historia corta original. Buscando a las mujeres del género, Octavia E. Butler y Úrsula K. Le Guin me educaron propiamente. Desde entonces he leído sobre naves espaciales, planetas, máquinas, humanidades desplazadas, escenarios apocalípticos (con desvíos ocasionales a los zombis y los vampiros), agentes autónomos, AIS que se comunican entre sí en idiomas misteriosos.  Cuando digo que llegué tarde es porque cuando se escribieron muchos de esos libros había que inventarse todo el universo. Ahora vivimos con los robots y los agentes, nuestras vidas llenas de materiales espaciales y lenguajes construidos, utilitarios. La frontera del tiempo conocido parece acercarse en los próximos dos, cinco, veinte años. Lo difícil ahora es inventarse un futuro inverosímil, un destino para la humanidad que sea imposible de ver detenidos en este punto en el tiempo, porque si nadie se lo imagina es posible que nunca exista.

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Fotografía de Sam te Kiefte.

La nube

Un velatorio

© Samoa,