Las casas invisibles

Las casas invisibles

Eran azulejos amarillo claro, un tono lavado, como azulejos pasados por un filtro sepia. Como si, desde nuevos, apenas librándose de las altas temperaturas del horno de cerámica, estuvieran ya destinados a ser un recuerdo. Al otro lado de la cortina de plástico, la ducha era un tubo cortado que sobresalía unos centímetros de la pared y que, conectado a la tubería central, dejaba caer un chorro pesado de agua fría. El baño era un trámite expedito, menos un ejercicio de higiene personal que una variante de electrocución. Sobre los azulejos, los moscos de baño eran decenas de puntos negros que cobraban vida apenas corría el agua.

En uno de los fragmentos de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, libro que el mismo autor describe como «un último poema de amor a las ciudades», un pastor perdido en la ciudad llamada Cecilia se convence de que debajo de la urbe está el prado donde pastaban en otro tiempo sus rebaños: «Mis cabras reconocen las hierbas que crecen en el arriate central de las avenidas».

Murió mi abuela y un par de años después nos mudamos de la que fue la casa de la infancia. La casa se alquiló y en las décadas siguientes se restauró y se remodeló varias veces. Cuando, ya adulto, la marea de la vida me depositó de nuevo allí, comprobé que los moscos de baño seguían en el mismo lugar. Lunares negros, ahora sobre el tercer cambio de azulejos, que volaban erráticamente apenas se encendía la termoducha. Como las cabras del pastor de Calvino, los descendientes de aquellos dípteros nematóceros (subfamilia Psychodidae) se aferraban a lo que fuera que yacía bajo los azulejos, detrás de las paredes construidas, demolidas y vueltas a levantar durante décadas sucesivas. Más allá, más abajo, más atrás de los esfuerzos de colonización y urbanización, estaba el hogar de esos insectos.

Pienso en Carmen Brenes Pana, en la casa que fue cambiando como el resto del barrio, del distrito, del cantón, de la capital, del país. Pienso en el aparatoso calendario de tela que cubría casi una pared entera. Tenía el logo  de la tienda –de telas– Mil Colores y, encima del cuadriculado gregoriano de los meses, los cuatro números que englobaban un período, como el de hoy, convulso: 1976.

Carmen murió ese año. Por años, sus restos descansaron en el Cementerio de Obreros, luego fueron trasladados a Jardines del Recuerdo, a una bóveda familiar. No creo que el pasado defina el presente, en cambio empiezo a sospechar que tiene incidencia directa sobre el futuro. Pienso que todos buscamos ese pasto que crece entre los adoquines, eso que está debajo, detrás, más allá de las paredes. Buscamos las casas invisibles.

Hace poco recibí esta carta –sin estampilla– de abuela Carmen:
 

Querido nieto

El comején ya vació varias vigas del techo. Desde aquí he visto el trabajo lento pero sin pausa de esos condenados bichos. No se oyen ni se ven, sólo queda lo que borran. Pídale prestada la escalera a Matilde, la vecina, y súbase al cielorraso con buenas bolsas de cal viva. Póngase guantes y tenga cuidado con los ojos.

Cuarenta años de no abrir la boca y lo primero que hago es dar órdenes. Bueno, así nos vamos poniendo al día. Pero es que a esa casa le tengo mucho apego, fue mucho tiempo y mucha cosa vivida ahí. Es una lástima cómo las tienen ahora, todas las casas del barrio enrejadas, garajes en lugar de las jardineras originales del frente. También veo los techos, cómo avanza el herrumbre, las manos de pintura roja o verde, la lucha contras las goteras. Vi a Paco, el esposo de Matilde, subirse de noche con martillo, clavos y un tubo de sellador. Me pareció raro que se pusiera de noche a arreglar el tragaluz. Murió al día siguiente y entonces entendí todo.

Él y Matilde llegaron al barrio después, pero todavía en la época de patios divididos por una cerca. Ellos a un lado, doña Celina en el otro. Usted la recuerda muy bien a Celina porque nunca devolvía nada que cayera en su lado, ni bolas ni juguetes ni nada. No le gustaban los chiquillos. Celina y su esposo sí llegaron desde que se inauguró la ciudadela, 1947 o 1948, se me confunde esa fecha.

Tengo tiempo. Tengo el tiempo. Por todo lo que no leí antes, ahora leo. La historia de la casa no es exactamente como usted la cuenta. Por ejemplo, el árbol de cas no estaba sembrado cuando nos dieron la casa, ese lo trajo Alejandro, su abuelo. Hizo el hueco con la pala que le prestó el esposo de Celina. Pegó bien el árbol, para eso sí tuvo buena mano su abuelo, el nalgas de hule. Pero no quiero hablar de él ahora, no me quiero encanfinar.  De lo otro que usted cuenta, sí es cierto que yo le enseñé a leer con el periódico, con los titulares, con los anuncios, la cartelera de teatro y cine, hasta con los obituarios. Pero era más para tenerlo ocupado mientras yo hacía el oficio.

Usted se quedaba horas en la mesa de la cocina o en el taller de imprenta que tenía Alejandro al fondo del patio. Todavía no podía leer corrido pero copiaba las letras en un cuaderno con un lápiz grueso de carpintero, despacio, mordiéndose el labio, muy zurdo, arrastrando la mano izquierda sobre lo que escribía:

E-S-T-A-D-O-S U-N-I-D-O-S  Y C-A-N-A-D-Á F-I-R-M-A-N  A-C-U-E-R-D-O S-O-B-R-E E-L   C-A-N-A-L

C-I-N-E  C-A-P-R-I  U-N-A D-A-M-A  D-E A-B-O-L-E-N-G-O

S-U-P-E-R  O-F-E-R-T-A-S  D-E V-E-R-A-N-O  E-N L-O-S A-L-M-A-C-E-N-E-S  H-O-G-A-R-A-MA

T-I-E-R-R-A  P-A-R-A E-L Q-U-E T-R-A-B-A-J-A  P-O-N-G-A E-L D-E-D-O E-N L-A T-E-R-C-E-R-A  C-O-L-U-M-N-A D-E L-A P-A-P-E-L-E-T-A P-A-R-T-I-D-O  A-C-C-I-O-N S-O-C-I-A-L-I-S-T-A

P-R-E-S-I-D-E-N-T-E  E-L-E-C-T-O D-A-N-I-E-L  O-D-U-B-E-R L-L-A-M-A A-L  T-R-A-B-A-J-O C-O-N-J-U-N-T-O

L-A  M-U-Y  R-E-S-P-E-T-A-B-L-E  G-R-A-N L-O-G-I-A D-E  C-O-S-T-A R-I-C-A C-O-N-V-O-C-A A

Y así por horas.

Mientras hablo, mientras escribo esta carta, sigue el comején con su puntada fina, muda, en las zonas escondidas de la casa. Tal vez no hay que exterminarlo, tal vez es el hilo que nos une.

Abuela Carmen

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