Hombres valientes

Hombres valientes

Sí, amigos, sigo hablándoles a ustedes. Carl Jung dijo hace años que solo si somos capaces de reconocer nuestra propia oscuridad podemos enfrentar la de los demás. Esto en términos más sencillos quiere decir que no podemos andar por la vida siendo inofensivos, porque ahí afuera es una selva. Las mujeres sabemos bastante de esto, vivimos en desventaja y desarrollamos permanentemente estrategias para evitar ser agredidas en la calle, en los oscuros, en el trabajo, en la universidad, en nuestra casa…, en todo lado. Saberse malo, en la era del relativismo absoluto, es cosa de valientes. Los valientes asumen su cuota de responsabilidad, no la driblan. Entienden su lugar en el mundo, no lo niegan. Ocupan su espacio sin medias tintas. Porque ciertas cosas no son relativas: la lealtad, la ética, el reconocimiento, desvergonzado, de los propios errores. La aceptación de los cargos. Las consecuencias de los actos, que es lo último que nos queda, al final de todo.

Ser una buena persona no tiene ningún mérito. Ser un buen hombre (uno que no pega, que no grita, que no domina ni agrede, que no utiliza la fuerza y el privilegio para colocarse por encima de los demás) no merece medallas ni trofeos. Es lo mínimo que esperamos quienes, desde lejos, observamos la batalla interna de las voces de la masculinidad tradicional en nuestros amigos, en nuestros compañeros de trabajo, jefes, vecinos, hermanos, padres. Solo hay mérito en saberse capaz del mal y no cometerlo. Esa vuelta de hoja, que opera de formas misteriosas en los procesos de autoconocimiento, es difícil por lo evidente. Quien puede reconocerse capaz del mal sabe distinguir, en buena medida, qué es bueno y qué es malo. Y aquí dejemos las relativizaciones de mierda, que tanto daño nos están haciendo. En el terreno de las relaciones humanas, la incapacidad para entendernos como iguales es la que nos está llevando al carajo, subidos en un tren imparable.

Hay mil contextos en los que se dice la frase «las mujeres merecen respeto». En muchos casos va seguida por un revelador «yo tengo hijas, mamá, hermanas». El tono condescendiente es visible a leguas. Las mujeres merecemos respeto, no porque seamos menos, o porque seamos más débiles y necesitemos una figura protectora masculina permanente a nuestro alrededor, que valide nuestras acciones y palabras, y nos habilite la ocupación del espacio como una suerte de protector que nos da permiso para «ser». No merecemos respeto porque seamos hijas, esposas, mamás, hermanas…, en fin, «la propiedad» de un hombre. Las mujeres merecemos respeto porque somos seres humanos. Y como humanas deseamos. En el desconocimiento de nuestro deseo se encuentra el germen de todas las desigualdades: esa es la conclusión a la que he llegado en los últimos años, luego de mucho #metoo y más #notallmen.

Ser hombre cis no es un pecado del cual ustedes deban arrepentirse o avergonzarse. Una columna atrás, les espeté un sonoro «de nada nos sirven los hombres buenos». Me voy a explicar, porque entre varias amenazas de bomba y deseos de violación que recibí por mensaje privado, también apareció varias veces la pregunta «¿qué quiere decir con eso?». Y es una pregunta legítima. Lo que quiero decir es esto: ser inofensivo no es una virtud. Ser monstruoso y no actuar como un monstruo, sí. Y voy a detenerme un poco más aquí. Hablemos de cómo opera en nuestro inconsciente ese impulso de diferenciarnos del «otro» amenazante. Hablemos de La Manada, el grupo de violadores españoles que recientemente enfrentó un juicio por abusos sexuales contra una –casi– menor de edad y cuyo caso ha tenido una resonancia mediática gigantesca. Yo digo «La Manada arrinconó a una muchacha ebria en el portal de un edificio. La obligaron a practicarles sexo oral, la violaron vaginal y analmente, le robaron el teléfono, la ropa, y la dejaron tirada y medio muerta, no sin antes amenazarla, hacer comentarios denigrantes y reírse de ella». «¡Son unos enfermos!», me grita la opinión pública. «Un hombre de verdad no hace eso». A ver: ¿estos cinco hombres son «hombres de mentiras»? ¿Qué quiere decir eso? ¿No son hombres reales, de carne y hueso? Si esta conducta es una enfermedad, entonces tenemos que enfrentar una realidad innegable: los hombres están enfermos. Sí, como generalidad. En general. Están enfermos. O sea, hay expresiones de la masculinidad que son enfermizas. Pero ustedes nunca quieren que se generalice. Ustedes son «inofensivos», «buenos». No matarían una mosca.

Cuando decimos que «solo un monstruo» mataría con violencia, o que las violaciones ocurren a manos «de enfermos pervertidos», estamos obviando la raíz del problema. La violencia contra las mujeres ocurre porque está legitimada. Es parte de las estructuras mismas de nuestras relaciones sociales. La violencia contra las mujeres es ejercida desde todos los flancos, todos los días, por hombres sanos. Muchos de esos hombres sanos también son buenos. Son inofensivos y no son como «los otros», como «los malos». La violencia contra las mujeres es una práctica muy común. Todas la experimentamos, en mayor o menor medida, a lo largo de nuestras vidas. Nos relacionamos con todo tipo de hombres, en todos los entornos en los que nos movemos, y experimentamos diversos tipos de violencia que van desde mansplaining, acoso laboral, acoso sexual callejero, hasta violaciones y femicidios. Cuando hablamos de esto, siempre, en todos los casos, algún hombre siente la necesidad de recordarnos que «no todos somos así».

En la vida real, no todas las violaciones ocurren en masa, con cuchillos, ni culminan con una chica degollada, partida en pedazos y metida en una bolsa plástica. En la vida real muchos «chicos inofensivos» obligan a sus novias a tener sexo aunque ellas no quieran. O abusan de una muchacha ebria en el patio de atrás en una fiesta de la universidad. Y luego de eso siguen creyéndose buenos e inofensivos, y culpan a alguien más si, llegada la hora, tienen que enfrentar las consecuencias de sus actos. Me voy a remitir, de manera poco profesional, a información recabada en conversatorios y «espacios seguros» en los que he hablado con otras mujeres sobre este tema. En general, la narración de las experiencias de violencia sexual y de convivencia que experimentamos comienza con un «jamás pensé que fuera así: se veía normal, buena gente». Se veía normal y buena gente, pero cuando ella lo terminó, la esperaba a la salida de la U y caminaba a su lado durante cuadras interminables, martirizándola con preguntas pasivo agresivas: «¿por qué no me querés?, ¿por qué sos tan tonta?, ¿Andás con otro, zorra?». Se veía normal y bueno, pero le robó las llaves de su casa y un día forzó la entrada y la esperó adentro. Cuando ella llegó, la acosó y la obligó a tener sexo, siempre insistiendo en que todo estaba bien, haciéndola sentir miserable, culpable y sucia por fuera y por dentro. Se veía normal y bueno, pero un día en que estaba enojado, quién sabe por qué razón, le dio un par de bofetadas. Ella no entendió bien qué pasaba, le costó tiempo reconocer que era víctima de violencia, y vivió con miedo varios años, pensando que si lo dejaba tal vez iba a ser peor.

¿Me explico? Hay algo aterrador en nuestra interacción cotidiana: lo normal, lo que tenemos normalizado, es la violencia. «Son chicos, hay que dejarlos». «Con el tiempo se les pasa». «Son juegos de muchachos». La violencia se minimiza, se esconde detrás de prácticas que son corrientes, diarias. Decirle maricón al compañero que pasa más tiempo con las chicas del aula. Mortificar al que no juega fútbol, al que es diferente. Aprovecharse de la gente que es más débil que vos. Poner tu deseo por encima del deseo de las mujeres que te atraen. Esa monstruosidad que nace y se cultiva en el terreno de aquello que es inofensivo: eso es lo que buscamos evitar cuando les pedimos que sean malos. Que se reconozcan capaces de dañar, de maltratar, de violentar. Porque cuando lo reconozcan, va a serles más sencillo darles crédito a nuestras historias de minoría agredida: de mujeres abusadas, de homosexuales bulleados, de lesbianas violadas de forma correctiva. Sean valientes, acéptense tan malos como pueden llegar a serlo, como algunos llegan a serlo. Reconozcan que, efectivamente, son una amenaza y un peligro para el resto de la especie. Y ayuden a controlar a los suyos, de todas las formas posibles. En las conversaciones de locker. En el campo de juego. En el patio del colegio. En el campus, en los bares, en el estadio. En las calles y las aceras. Cuídennos de ustedes mismos sin reparo, sabiendo que el primer paso para resolver el problema es reconocerlo sin peros, sin relativizaciones, sin condescendencia. Necesitamos más héroes en crisis y menos aliados de mentiras. Más hombres reales y menos «hombres de verdad». Menos hombres inofensivos y más hombres valientes.

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Fotografía de Lewis Hine.

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