Geografías imaginarias

Geografías imaginarias

De niña, el miedo a la oscuridad era paralizante. Recuerdo el sudor helado y la urgencia incontenible de orinar que culminaba, irremediablemente, en una meada gigantesca sobre la cama. Pasaba al menos una vez a la semana, que con frecuencia coincidía con un sueño horripilante en el que mi hermano mayor era un zombi satánico que me perseguía por la casa para ahorcarme. De adulta, el miedo vuelve irremediablemente cuando vivo con alguien. Sé que suena incomprensible: he vivido sola en casas gigantes, con piso y entretechos de madera crujiente, que por las noches se estremecen con los cambios de temperatura y los pasos de los gatos. Conservo rituales de sueño concretos y ordenados: cepillar cien veces el pelo. Cepillar cien veces el pelo de cada una de mis perras. Cambiar los zapatos por sandalias. Apagar las notificaciones del teléfono. Seleccionar el libro al que le voy a dedicar los últimos veinte minutos del día y ponerlo sobre la mesa. Encender la luz de la mesa de noche y traer un vaso de agua. Bajar la escalera y revisar que todas las puertas estén cerradas con llave, que todas las luces estén apagadas, que ningún grifo gotee. Subir de nuevo. Lavarme la cara y hacer el uno, dos, tres de hidratación que me recomendó la amiga que sabe hacer faciales. Ponerme la pijama o, si hace mucho calor, sacarme los pantalones y la blusa, poner la pijama al borde de la cama para tenerla a mano en caso de alguna eventualidad, acomodar las almohadas, subir a las perras para que se metan entre las sábanas, beber un par de sorbos, leer hasta quedarme dormida y despertarme con pesadez luego de media hora para mear los dos sorbos de agua, regresar a la cama, colocarme los earplugs y apagar la luz.

Nunca duermo mejor que cuando duermo sola. Dormir acompañada me desata un miedo a la soledad espantoso. Balzac decía que nuestros peores miedos yacen en la anticipación. Y yo, cuando siento un abrazo tibio acurrucando mi espalda, vuelvo a las pesadillas, el sudor frío, el miedo al monstruo de debajo de la cama y la necesidad imperiosa de conseguir una de esas lucecitas tenues que las mamás colocan en las habitaciones de los niños cuando les están enseñando a dormir solos. Ese miedo es paralizante, terrible. Lo conocen, supongo, quienes tienen algo que perder. Conocí esa versión del mismo miedo a los diecinueve años, cuando me mudé con mi primer novio a un pequeño apartamento oscuro de paredes húmedas y techos absurdamente altos. De ese tiempo, recuerdo noches eternas en vela escuchando el silencio absoluto de la calle, interrumpido a ratos por los gritos de los indigentes, los pleitos de gatos, algún taxi perdido. Nunca sus pasos. Me dormía rendida cuando ya el sol estaba asomando, y de vuelta a empezar. Cuatro, cinco, seis días sin saber en dónde estaba, ni si iba a regresar. Durante esas noches me quedaba en el colchón que usábamos como sofá, cerca de la ventana que daba a la calle, y la oscuridad que salía de la boca de la habitación me poseía el cuerpo como si estuviera respirando veneno.

A veces tengo pesadillas en las que los cuerpos de toda la gente a la que quiero yacen alrededor de mi cama. Sobresalen los labios azulados y las puntas opacas de los dedos. Hace un frío horrendo y huele a muerto. No sé a ciencia cierta cuál es el aroma de la muerte, porque le he andado relativamente de lejos toda mi vida. Pero en el sueño tiene como un tufo a naftalina y menta, que lastima las fosas nasales y reseca la garganta. Esa pesadilla me persigue desde finales de los noventa, y aparece de pronto, un día cualquiera, cuando llevo varias semanas compartiendo cama con el mismo muchacho. Me despierto con un pequeño ahogo, más parecido a la ansiedad que al miedo, y ahí es cuando caigo en cuenta de que me estoy enamorando. Por lo general, esa sensación me avisa que ya es hora de terminar eso que aún no comienza. Invento alguna excusa tonta, digo una mentira inofensiva. Porque, ¿cómo explicar esa forma horrorosa de sentir cariño, el desarrollo de ese apego que comienza?

Comenzó por ahí de 1983, cuando vivíamos en la primera casa de mis papás. La luz del alumbrado público entraba por la ventana de la habitación y al reflejarse en la pared, dibujaba la forma de una cabeza humana que mi hermano y yo distinguíamos perfectamente para desesperación de mi mamá. Aprendí a dormir completamente enroscada entre las sábanas. Hubo un descanso entre el 86 y el 88, cuando nos mudamos a otro barrio y vivíamos en una casa minúscula mientras mi papá construía con sus propias manos la casa grande. Durante esos dos años mi hermano y yo compartimos no solo cuarto sino cama. No había susto, ni sombras aterradoras, ni reflejos de luz entrando por las ventanas. Solo la ansiedad que crecía con las paredes de la casa nueva, en la que había una habitación solo para mí, separada del baño por un pasillo que desembocaba en el oscuro taller de costura de mi mamá. El miedo volvió de golpe con la nueva mudanza.

Por semanas, lo único que me hacía levantarme era la esperanza de un huequito tibio en medio de mis papás. Un día no me dejaron subirme más y amanecí sentada en el piso con la cabeza apoyada en el borde de la cama, las piernas dormidas y heladas, y un ataque de asma. La semana siguiente cerraron la puerta con seguro para evitar la invasión. Creo que en esos meses, mientras lloraba muerta del susto apoyada contra la puerta de esa habitación prohibida, desarrollé la idea de que la gente que nos ama nos abandona por la noche. Justo como hacía mi primer novio. Duermo mejor cuando estoy soltera. Me cepillo cien veces el cabello, me acuesto con la almohada debajo de las rodillas, espero a que las perras se acomoden, bebo un par de sorbos de agua, me levanto unos minutos después a mearla. Me voy quedando dormida lenta y apaciblemente, con la certeza de que nadie va a abandonarme. Los cuerpos de mi gente querida desaparecen de mis sueños y solo queda el descanso de quien no tiene nada que perder.

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Ilustración de Mary Cassatt.

Managua / mayo

La máquina