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Universos paralelos

1. Hace unas semanas se viralizó un filtro de FaceApp que te transforma en anciano o anciana. En todas las redes sociales vi versiones viejitas de mis queridos amigos y familiares, incluyendo a algunos que no cambiaron nada porque ya son viejos. Yo normalmente declino usar ese tipo de filtros, porque para verme como seré en 20 años ya tengo fotos de mi mamá. Alguien por Twitter puso que para qué, si una versión mucho más vieja de sí mismo lo encara desde el espejo todas las mañanas, en abierto desafío. Por ahí empezaron a salir rumores de que FaceApp (que es una empresa rusa) recolecta esas imágenes para entrenar quién sabe qué malignos algoritmos de reconocimiento facial. Puede ser, pero no hará mucha diferencia. Ya las imágenes de todos nosotros están disponibles en sets de entrenamiento para reconocimiento facial (si tenemos fotos en redes sociales propias o ajenas, si tenemos foto de la licencia o el pasaporte, si estamos en la base de datos del trabajo, la universidad, en LinkedIn, en todo tipo de sitios donde nuestro pobre tarro ha ido a parar). En esto, me temo, la preocupación nos llega tarde.

2. En una simplificación divertida de la hipótesis de los universos paralelos, Blake Crouch escribió Dark Matter (2016) después de su éxito con Wayward Pines (2013). Escuché Dark Matter en audiolibro, en un par de sentadas. Siempre que estaba a punto de declarar una tregua e irme a dormir, algo más pasaba, lo cual no quiere decir que el libro sea bueno, pero algo dice. Como sucede con muchos libros, el final es difícil de amarrar porque todos los resultados posibles son insatisfactorios. El ejercicio de pensar que cada evento cuántico desencadena un número infinito de futuros paralelos es irresistible a la literatura. Días después leí Exhalation (2018), de Ted Chiang, que contiene una historia con esa misma premisa, menos dramático pero mejor delimitado. Me encanta la idea de ya no estar tan obsesionados con el futuro, sino con los múltiples presentes posibles, y la imposible tentación de ponernos en contacto con una copia de nosotros que está viviendo en otro hilo temporal, con un beso que sí dimos, un papel que se nos salió volando del bolsillo, un avión al que nunca nos subimos.

3. Una amiga me convenció de apuntarme a una clase de pintura con acrílicos. No será mi primer intento, ni el último, de interpretar el mundo de forma visual aunque me cueste mucho. Lo que sea para evitarme más horas frente a una pantalla (más horas de entretenimiento en Internet y posiblemente me muera). He estado pintando ruedas de colores complementarias, escalas de tonos del claro al oscuro, haciendo estudios de línea y perspectiva, diferentes técnicas e ideas. En mi clase hay 12 personas, todas profesionales en cosas técnicas, ingenieros y profesionales de marketing. La profesora tiene un desafío enorme: convencer a esta gente, de una autoimagen ya formada y una idea del mundo, de que solo tienen que dejarse ir y no estar tan apegados a los resultados. Lo único que hay que hacer es divertirse, sin pensar mucho en el producto. Darse cuenta de eso es acceder a una libertad de borracho feliz, se los recomiendo.

4. Bayview, el barrio más pobre de la ciudad, está a un par de kilómetros de mi casa. En un terreno que alguna vez fue sede de los Hells Angels y sus motocicletas, ahora se ha instalado una granja en la que venden arbustos, plantas y hierbas nativas de este extraño desierto marino, que sobreviven a pesar de la sequía eterna y las ocasionales épocas de aguaceros catastróficos. Hay gallinas por todas partes, en condominios locos de todas las formas y materiales, con túneles que los conectan entre sí. Hacen una pequeña fiesta comunitaria los fines de semana, en la que la gente trae comida para compartir, toca alguna banda, y los pollos y los niños se persiguen entre las plantas. Hoy conocí el hangar donde una serie de anarquistas residentes han acumulado todo tipo de herramientas para construir, pintar, hornear y crecer cualquier cosa. Cuando finalmente colapse la civilización occidental me encontrarán ahí, tejiendo un suéter para una gallina.

Fotografía de Tim Mossholder.