Samoa・Blog

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Cambio de batería

1. Hace unas semanas me fui a un retiro con otros programadores en una remota isla de Vancouver. La idea era pasar unos días en un lugar lindo, socializar alrededor de las comidas en común, y tener largos espacios de trabajo concentrado sin interrupciones. Todo esto fue planeado por un amigo desde el año pasado, y fue una de esas cosas a las que me comprometí sin pensarlo demasiado. Las vacaciones son una idea fantástica, pero en la práctica me provocan una bola de ansiedades familiares y logísticas que nunca tengo ganas de enfrentar. Esta vez iba sola, pero en grupo. No tuve que buscar excusas para pasar largos ratos leyendo o caminando sola por el bosque, o buscando en Internet material para mi proyecto. Cero actividades: eso es el descanso.

2. Mi computadora, que ya tiene cinco años de vida, empezó a llorar sobre su batería degradada. Está bien, la compu es a estas alturas un apéndice corporal que envejece conmigo, que uso todos los días con la facilidad con la que uso las manos. La llevé al palacio de cristal de donde vino para que le cambiaran la batería. Como toda máquina de cinco años de abuso diario, la pantalla se había dañado, dándole a todo un efecto un poco psicodélico, y el teclado se estaba borrando en la S y la L (no sé qué significa). Además, una vez se me había caído en la oficina y había dado de lado con una placa de metal, lo que le dejó una arruga que en mi opinión le daba carácter. Cuando la fui a recoger una semana después le habían cambiado todo el exterior y me dieron una máquina igual a la que saqué de la caja en el 2014, sin costo alguno. Me dio una mezcla de horror: una serie de cálculos económicos (¿cómo es posible que no les cueste nada cambiar todas estas partes?). Tiene el mismo cerebro, pero como el Barco de Teseo, ahora que escribo en ella tengo que convencerme de que es la misma. Es como si hubiera ido a arreglar un par de zapatos y me hubieran dado otros pies.

3. En el retiro estaban varios de los mejores ingenieros de machine learning que trabajan en la industria. Aprendí muchas cosas accidentalmente, pero una conversación que me gustó fue sobre el futuro de la ingeniería de software en sí misma. Cuando un ingeniero ya mayor nos preguntó cómo veríamos la programación en 50 años, muchos respondieron que no habría tantos programadores, que sería uno de esos trabajos relativamente fáciles de automatizar, como los abogados o los radiólogos. A veces pensamos que la automatización solo va a desplazar a los pobres: a los cajeros y los conserjes, a los mensajeros y los choferes de camiones. Pero la automatización llegará por caminos insospechados. Yo creo que en el futuro todos seremos avatares humanos de procesos automatizados: el responsable del carro autoconducido, el humano que te trae la comida a la mesa con una sonrisa en un restaurante caro, el que le da el diagnóstico al paciente con compasión y cuidado: todos nosotros solo una interfase de los sistemas que en realidad hacen el mundo.

4. Uno de mis amigos que estaba en el retiro estaba trabajando en un proyecto de bienestar personal. Hay docenas de aparatitos en el mercado que nos ofrecen monitorear el sueño, el ritmo cardíaco, la actividad, la respiración, la comida, la hidratación, los períodos de ayuno. Todos nos quieren enviar notificaciones y que sepamos que cada paso es contado, cada golpe del corazón grabado por un sensor. A. quiere crear un sistema que solamente le avise cuando algo anda mal. Cuando no esté durmiendo bien o lleve varios días sin moverse, quizás. Algo que le permita no pensar en cuánto pesa, cuánto camina, cuánto duerme, sino que permanezca invisible en el fondo, y rara vez le entren sospechas, y entonces le mande un mensaje sutil y cariñoso que diga: ¿estás bien?

5. En las últimas semanas han aparecido en la Universidad de Berkeley unos 40 robots pequeñitos que navegan las calles para entregar comida a los estudiantes. No son los primeros, pero este experimento es un poco diferente. En primer lugar, los han hecho lindos, tiernos: tienen una pantalla con una carita para interactuar con los humanos. Me imagino que con esto contrarrestan la irresistible fuerza con la que en otras localidades los humanos se han dedicado a patear, robar y tirar al agua a otros menos lindos, y menos afortunados. Lo segundo es que los sensores de autonavegación son muy caros, así que estos robots son controlados remotamente por un grupo de contratistas colombianos, que desde sus casas dirigen al robot para que encuentre su camino con la ayuda de un mapa y una cámara. Cuando lo comenté con un amigo colombiano, nos reímos pensando cómo el futuro sería estar en tu casita en la costa, comiendo arepas y viviendo una vida sabrosa, mientras le entregás cosas a un montón de gringos en una ciudad fría y lejana. Sería mejor si les pagaran más.

6. Estoy tratando de poner los ojos frente a menos pantallas. En el bus de la mañana en ruta al trabajo va todo el mundo viendo el teléfono, excepto una señora asiática muy viejita y yo. Ella me ve a mí y yo la veo a ella, y no decimos nada. Algunos hablan por videollamada y hacen gestos exagerados frente a la cámara del teléfono. Otros hablan por sus audífonos/micrófonos inalámbricos casi invisibles, y parece que están hablando solos, alucinando en diferentes idiomas. El muchacho a mi lado va viendo videos de peleas callejeras reales en Youtube. La señora en frente de mí escribe a velocidad furiosa por WhatsApp a alguien lejano en América Latina. Dos turistas que se subieron luego ven cada uno su mapa, cuentan las paradas que les faltan. Nadie está aquí, solo la señora asiática y yo, moviéndonos por el tiempo un poco más despacio.

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Fotografía de Alex Iby.