La incertidumbre

La incertidumbre

1. La construcción de la torre Salesforce está a punto de terminar y se asoma en el horizonte desde cualquier parte de la ciudad. En el bus 49, vamos apuñados los ciudadanos, dos de ellos con mochilas con el logo de Salesforce. Un señor en sus sesentas, que se nota que ha llevado calle, les pregunta respetuosamente si trabajan ahí. Los dos muchachos asiáticos responden que sí. Tienen pinta de ingenieros. El señor les pregunta qué carajos es Salesforce y por qué necesitan un proyecto de construcción de millones de dólares y la torre más alta de toda la ciudad. Para qué esos grandes paneles digitales que, según dicen los periódicos, mostrarán imágenes anonimizadas de la gente que transita por las intersecciones. Uno de los muchachos se anima y contesta: «Es una plataforma para el éxito en el relacionamiento con el cliente, alojada en la nube». Tenemos cientos de libros que nos ayudan a imaginar cómo sería llegar a otro planeta, pero muy pocos que nos ayudan a imaginar cómo en cualquier momento nuestro planeta se podría convertir en otro mundo, lleno de extraterrestres que hablan idiomas incomprensibles.

2. Sufrí la segunda vuelta de las elecciones en Costa Rica desde aquí. Dejé de dormir un poco, comí pan ansiosamente, traté de levantarle el ánimo a la familia en WhatsApp, me reí nerviosamente de los chistecitos sobre el talibangelismo. El jueves antes de las votaciones fui a una conferencia sobre inteligencia artificial y la expositora dijo que sería difícil para los países del sur global competir con las siete empresas, en China y los Estados Unidos, que actualmente acaparan las capacidades necesarias para hacer avances cualitativos en el campo. Yo pensaba: sí se puede. Están Brasil e India, está la gente creativa y capaz de nuestros países que hace mucho con poco, están las soluciones que jamás se les van a ocurrir a esas empresas nadando en la sopa de la abundancia capitalista. Luego me fui a casa, prendí una candela y le rogué a una virgencita lejana e inexistente: ojalá que el otro año se pueda enseñar la teoría de la evolución en las escuelas.

3. Todavía me pongo nerviosa cuando viajo en avión. Mi forma de lidiar con este miedo irracional ha sido buscar explicaciones técnicas sobre cómo están construidos los aviones, cómo están armadas las alas con respecto a la cabina, cómo los motores funcionan en una cadencia predecible y cómo la navegación está completamente automatizada. La normalidad con la que pasan las cosas dentro del avión también me tranquiliza un poco. Pienso, por ejemplo, que para los muchachos que trabajan en este vuelo, este es un día aburrido como todos los demás, como mis días en la oficina. Cuando lo pienso un poco más, acepto que todos los días nos ponemos en las metafóricas manos de las máquinas, les confiamos nuestras vidas sin pestañear. Tenemos fe en su infinita sabiduría, y confiamos que nunca seremos nosotros ese caso inverosímil, esa excepción matemática probable, esa demostración de la incertidumbre que se esconde detrás de todas las cosas.

4. Hace unas semanas, un automóvil de Uber que utilizaba su piloto automático atropelló a una mujer en bicicleta. La revisión del incidente reveló que uno de los sistemas más importantes de detección de objetos, el LIDAR, no detectó la presencia de la mujer cruzando la calle en la noche oscura. Cuando el video del incidente apareció en Internet, todos vimos al conductor auxiliar (el humano que por ley debe acompañar al automóvil autónomo), quien iba en otras, distraído, feliz, haciendo su trabajo de no hacer nada. Su reacción llegó demasiado tarde. Ahora viene la discusión sobre la culpa, la responsabilidad, el papel de cada quién. Pero el rol del conductor es exactamente el que se esperaba: nuestro mundo no sabe cómo darle una responsabilidad moral a un algoritmo, por eso necesitamos un humano que absorba la culpa de sus errores, un avatar humano para un agente autónomo.

5. Estoy de vacaciones en una isla en medio del océano Pacífico. Este pequeño paraíso tropical se me parece nostálgicamente a Costa Rica, con diferencias importantes. En primer lugar, nadie a miles de kilómetros a la redonda está ni remotamente emparentado conmigo. Aquí no fui a la escuela, no tuve romances de resolución dudosa. Estar tirada en una playa de arena blanca que no guarda ningún recuerdo es un descanso verdadero, y ahora lo entiendo mejor. En varias novelas de ciencia ficción, pero notoriamente en la reciente Altered Carbon, de Richard Morgan, los humanos hemos logrado desconectar el cuerpo de la mente de forma mecánica, de modo que es posible tomar un descanso de nosotros mismos. Nuestros cuerpos se vuelven intercambiables y lo más valioso sobre nosotros es la acumulación de recuerdos (presuntamente reales y no implantados) y experiencias personales. En este escenario me pregunto si pararme dentro de una pequeña piscina llena de renacuajos me disparará de vuelta a los rincones de la infancia, a mi hermano y su sonrisa de dientes pequeños, si hay una pequeña posibilidad de que esa imagen no esté guardada en una red neuronal sino en los poros, en los huesos más pequeños del pie.

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Fotografía de Gustavo Quirós.

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