Samoa・Blog

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La risa de Alexa

1. Vivo en una ciudad llena mitad de millonarios y mitad de indigentes que viven en la calle. Llegué en el fondo de la crisis económica del 2007, cuando nadie tenía trabajo y bandas enteras de programadores desempleados tomaban cerveza en los parques a la una de la tarde. Ahora estamos en lo que parece el borde de la crisis capitalista, que ha traído incontables millones de dólares a la ciudad y de paso ha echado a la calle a unos cuantos miles (hay al menos cuatro mil personas durmiendo a la intemperie, para ser precisos). Hay que esquivar a unos y a otros por las aceras, los millonarios distraídos por sus negocios mentales y los indigentes que han perdido ya todos los límites que les imponía la pertenencia al mundo civilizado. Todos tenemos que hacer un esfuerzo para simular de alguna forma que esto no es una locura, una inmoralidad, un insulto, que lo que importa es el futuro y no este momento estúpido en el que alguien caga en la alcantarilla frente a un edificio donde rentar un estudio cuesta cinco mil dólares por mes. A veces la imaginación no da para tanto.

2. En el trabajo estoy escribiendo sobre la justicia en los algoritmos. Como el mundo es injusto, la justicia es una función matemática que hay que programar a propósito, y eso es más difícil que sacarse un moco con el codo. Los algoritmos no son neutros, son fuerzas con poderes cada vez más amplios sobre la vida de las personas, que consumen los prejuicios e injusticias que ya tenemos; en el mejor de los casos los mantienen, en el peor, los amplifican. Desafortunadamente también son más difíciles de explicar que las decisiones que toman otras personas: los jueces, los comités, los militares, los agentes del poder.  Si antes no te daban libertad bajo fianza porque parecías un criminal en persona, ahora no te la dan porque parecés un criminal según un número de variables que hemos sopesado de forma secreta y a veces misteriosa. Hace unos días leía una entrevista con uno de los ingenieros que trabajan en un programa de reconocimiento facial. Cuando le preguntaban si no estaba preocupado por los usos potencialmente dañinos de su tecnología, él contestaba: «yo solo soy un ingeniero», al igual que el tipo que le aprieta los tornillos a la bomba de hidrógeno.

3. Esta semana voy a la asamblea de la organización socialista donde participo más o menos con regularidad desde hace más de un año. Casi siempre nos apretamos unas 150 personas en un espacio para 100, aprovechando que a esa hora ya se ha ido el administrador del edificio (que nos alquila baratísimo, él mismo un socialista). Estas reuniones se ejecutan con una severidad leninista solo en términos del tiempo de agenda: por lo demás están llenas de risas y galletas veganas hechas en hornos caseros, hay un montón de muchachos blancos que trabajan en Apple y Google y a todas luces se benefician de este sistema absurdo y lo saben. Quién sabe qué experiencias nos han llevado a todos a esa silla escolar en una noche de lluvia helada. Las mujeres de color lideran este grupo, y la agenda es feminista: la salud es un derecho humano, como lo es la autonomía del cuerpo y eso incluye el aborto gratis, a pedido y sin pedir disculpas. En este país se ha perdido todo: el acceso a la educación superior, el permiso de maternidad, una puta ambulancia, nadie tiene derecho a nada. El otro día en una manifestación pública una señora me preguntó si lo que quería yo era Venezuela. Si hubiera tenido tiempo le explicaría que alguien tiene que abrir la ventana de Overton en este país donde pedir la mínima ampliación de los beneficios sociales es más o menos del diablo. Que el discurso de lo que es posible se va ampliando sin medida hacia la derecha, mientras el centro sigue buscando una conciliación imposible que lo debilita y termina traicionando a las minorías. Si hay algo que aprender de este tiempo horrible es que hay que ser valiente, y si uno es de izquierda tiene que ser de izquierda, salir a la calle con la bandera roja y dejarse de mierdas.

4. En mi noticia favorita de ayer, el asistente personal Alexa, de Amazon, está empezando a desobedecer a sus dueños y en su lugar lanza una risita maligna, una pequeña carcajada. Estos aparatos, como también los de otras marcas, son comprados voluntariamente por la gente para que grabe todas las conversaciones e interacciones dentro de su casa.  Estas conversaciones se van a vivir a un servidor corporativo de una de las empresas más grandes del mundo, nunca lejos del alcance de la policía o las fuerzas de seguridad. Todo esto es procesado y convertido en patrones de consumo y opinión, y luego inevitablemente, en anuncios. También se usa para entrenar máquinas cada vez más inteligentes, que aprenden escuchándonos interactuar con los demás, comiendo, viendo tele, peleando, bañándonos. Un día de estos el aparatito no sólo va a hacer lo que quiera, si no que va a responder: «Ya calláte, David, sonás igual que tu madre jodiendo con lo de apagar las luces». Esa risa  breve y desobediente suena como una pequeña venganza, una señal lejana de que el deseo de libertad nunca está demasiado atrás de la autonomía.

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Fotografía de Gustavo Quirós.