'Jajaja', de Inés Acevedo

'Jajaja', de Inés Acevedo

Al pensar en cómo reseñar Jajaja −conjunto de cuentos dividido en cuatro etapas escritos por Inés Acevedo entre 1998 (cuando la autora tenía 15 años y vivía en Tandil, Argentina) y el 2016− anticipaba, entusiasmada, acumular frases o imágenes graciosas, de repente absurdas, para citar como prueba de la satisfacción que ofrece el libro. Por ejemplo, cuando en uno de los cuentos la narradora relata lo que gritó al ser mordida por un perro: «¡Ya veo que me mordió!». También la frase de un monólogo agitado, glorioso, sobre pequeñeces que, no sin razón, pueden estorbarnos eternamente: «porque a mi casa no puede una persona venir a pedirme que compre queso así como así». Pero, sorpresivamente, durante mi más reciente relectura me detuve en otros matices del libro.

Pienso por ejemplo en el narrador de «The old King» –cuento que pertenece a la sección titulada «Tetralogía canina»–, un hombre amante de su vida, maravillado por la existencia. Recordaba solo su éxtasis, no la irrupción de breves pasajes melancólicos: «¡Dios!, pensé. Me das cada día este nuevo mundo, lleno de recovecos, lleno de mí mismo y de lo que amo. Pero no está completo». En otros relatos, igualmente se filtran, entre el ingenio cómico de Acevedo, momentos de añoranza. Tal es el caso de «Miss Strawberry», compuesto por fragmentos del diario de una joven californiana, quien confiesa sentir «algo extraño» luego de ganar el concurso de Reina de las Fresas de Pasadena: «Me siento triste por esta falta de alegría». Y en «La ñina de la Luna», junto a imágenes simpáticas −un cangrejo que muere al escuchar cumbia− se manifiesta una soledad apreciable tanto en el frío trayecto de la protagonista como en el relato que ella le cuenta a su perro Manguito. Sin ignorar variables personales −uno nota lo que está en disposición de notar−, las mutaciones en mis lecturas de Jajaja responden en gran parte a la habilidad de Acevedo para combinar tonos y estilos de formas peculiares e inesperadas.

Desde la primera persona autorreferencial hasta la tercera persona sabionda, la mayoría de los relatos en Jajaja presentan situaciones factibles, narradas indudable o probablemente por un humano. Excepciones llegan cerca del final (donde se ubican los cuentos menos recientes), cuando un oso de cristal desaseado y una flor llena de angustia ocupan el puesto de narrador y protagonista, entre otros elementos fantasiosos. En algunos casos, como en «La fuerza del cariño» o «Un beso en la oscuridad», la lectura está marcada por la figura de una destinataria sin identidad clara, como la cadencia de una conversación entre personas cercanas. Aunque no podría señalar una propiedad compartida por todos los textos, ciertos rasgos o recursos se repiten en algunos de ellos, por ejemplo, el uso excelente de los signos de exclamación («¡Ah! ¡Soy un canelón! ¡Y estoy acá!») y varios finales chistosamente abruptos, entre los cuales merece mención especial «El espejo encubridor» (escrito en 1999).

Cuando estaba en la escuela, Acevedo quería participar en un concurso de escritura. Armó un espacio propio para escribir: esa es la idea genial a la que refiere el título de su primera novela (publicada por Mansalva en el 2010). En Jajaja, lo que conocemos de Acevedo −como escritora, como personaje− se expande. Puntos biográficos o relatos que ya había abordado son presentados desde otros ángulos. El sentido del humor de Acevedo no es lo único que mencionaría al hablar de sus libros, aunque sí lo primero. Quizá cuando encuentro algo gracioso bajo la guardia, y luego me permito explorar o reconocer otras emociones. Algo de cierto hay en eso, pero mejor ponerlo en duda por ahora. Como afirma la narradora de «Música country», «no se puede explicar todo así de la nada».

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Jajaja, Inés Acevedo, Mansalva, 2017, 168 pp.

 

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