21 gramos
Los instrumentos musicales de cuerda tienen un componente interno fundamental al que desde tiempos remotos los luthiers llamaron alma. Es una pieza de madera al interior de la caja de resonancia que, como función estructural, conecta la tapa superior con la del fondo. Como función acústica —sugiere ser la que explica su nombre—, el alma da identidad al instrumento, a su arco expresivo, digamos, a su tono, timbre y vibración.
“El alma está en el cerebro”, dice en modo de poesía involuntaria una de las primeras devoluciones de Google al texto de búsqueda donde esta el alma (así sin tildes ni signos de interrogación). Para facilitar la conversación alrededor de ciertos temas, tal vez la asociación metafórica más conocida es la que empareja al corazón con los sentimientos y al cerebro (o mente, su concepto) con la razón (ideas, reflexiones, procesos intelectuales). Es menos frecuente el traslado alma ⇒ corazón, tampoco es común alma ⇒ razón. En épicas griegas como La Ilíada, al alma —estetizada en hexámetros de belleza intacta— se le menciona como parte del cuerpo, por ejemplo “... a entrambos Diomedes / arrancoles el alma / y entrambos bajo tierra penetraron” o “...y junto con la punta / de la lanza, además, les extrajo el alma.” El alma como materia ubicada en el interior, a la par o mezclada con tejidos, músculos, órganos. En 1907, un tal Duncan MacDougall quiso probar que el alma tiene peso (masa), usó aparatos, cables, electricidad y (suponemos) el consentimiento de personas en el lecho de muerte para luego compartir el resultado de su investigación: 21 gramos. Se descartó rápidamente el valor científico de su experimento, pero hay que aplaudir el aporte involuntario y multiplicador a, por lo bajo, la literatura y el cine (de hecho, digo 21 gramos y veo a Naomi Watts). Lista de ejemplos que nos trae a la que para mí es la cita insuperable en el tema, el verso genial del poeta tico contemporáneo Joan Bernal, "Si no tuviera alma / sería más flaco”.
Sin intención alguna de ahondar ahí, sería negligente saltarnos lo que también se sabe: el alma está en el top 3 de palabras/conceptos preferidos por la solemnidad, la cursilería (revés con costuras de la solemnidad), la demagogia y el sentimentalismo. No es grave, nada más hueco.
Por supuesto que aquí no vamos a llegar a nada, ninguna revelación ni ángulo nuevo, esto es plan sobremesa. A veces se lee o escucha algo de pasada que, tarda uno en enterarse, queda dando vueltas por ahí, rebotando contra las paredes internas de la cabeza. Lo de la pieza de los instrumentos de cuerda reapareció,
—todavía me pregunto la relación—, mientras leía un poemario corto que me estaba taladrando, en el mejor sentido de la imagen, el cerebro, es decir, el lugar donde está el alma (según el motor de búsqueda oligopólico): Las montañas no deberían escucharse (Ed. Bajo la luna, 2024), de la escritora Milagros Pérez Morales (Argentina, 1997). Lo había leído en mayo en una sentada, me gustó y quise leerlo de nuevo con la calma que merecían aquellos poemas descolocadores, adelantados, lúcidos, en combustión. La poesía, género digamos sintomático y privativo, permite otras formas de lectura, exclusivas si se quiere. No pide cronología ni orden, no espera diagnóstico ni conclusiones, acepta los tiempos particulares de cada lector/a (un solo tirón, dos poemas al azar los lunes o un poema al mes, etc). Varios días me sumergí en la relectura, levantaba —ya semihorizontal bajo las cobijas— el libro finito verde oliva de la mesa de noche, o iba por él en las pausas al pico y pala de un texto en construcción, o lo abría nomás entrando al apartamento después de clases. En otra página (www.podriaser.com) recientemente lo describí como discreto y hondo por partes iguales, decidido y firme sin aspavientos, inteligente sin altivez, un libro que fuera al mismo tiempo una puerta que se abre. Pero releo eso ahora y reconozco que poco dice del poemario de Pérez Morales. A lo sumo, como todo comentario crítico o reseña, son frases aspiracionales de quien las escribe.
La autora no necesita palmaditas en el hombro, su escritura se defiende sola. Como ese poema que ya con el título patea la puerta, “Qué hay de mayor arrogancia que la honestidad” y que abre con “Un hombre que escribe bien es / una mala idea…”. O "Topología del dormir juntes” que arranca así: “Es imposible encontrar / belleza / en lo que está / fijo, pero el movimiento / no puede ser sino un problema, / si lo que avanza siempre / se aleja.” En “Oponerse a algo es mantenerlo", uno de mis favoritos, Pérez Morales entra con salto mortal triple, "Tiembla / el piso. Es Hegel.” y no decae, sostiene la apuesta hasta al final. Comparto apenas títulos y versos de inicio para invitarles a buscar la escritura de Milagros Pérez Morales. Y este completo:
Geografía de lugares comunes
No entra nadie donde yo
escriba yo; quise ser un paisaje
abierto y me encerré
con la palabra amor,
entonces corro
las cortinas del poema
y te miro desde adentro.
Me convenzo de que busco
algo mejor, fantasía
de un nosotres que nos dé
la poesía, pero se esfuma:
vos no llegás a donde yo
pronuncie yo. Calco el mapa del lugar
que no te dejo aunque tu nombre
y me abalanzo en el poema
sobre poemas, esquivo
el cuerpo, carne de chica,
de poema, del hombre que no soy
porque sos vos. No somos
dos, no somos juntes, no seríamos
un pueblo interesante aunque pudiéramos
volver a nuestra casa
de palabras. Pero las puertas
están cerradas y nombrarlas
nos separa, veo sus sombras
que se escurren por debajo
desde la mirilla del yo.
Antes de terminar la sobremesa vuelvo a los instrumentos musicales: se sabe que el violonchelo es el instrumento que más se acerca a la voz humana. En mi cabeza lo explico así: si una persona para hablar tuviera que frotar las cuerdas vocales con un arco, sonaría como ese instrumento. El cello imita la voz humana y tiene alma, digamos, una IA antigua y mejor. Y lo último antes de irme, el libro físico Las montañas no deberían escucharse, tapa blanda, 56 páginas, 13 x 20 cm, pesa 21 gramos.
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