Remedios Zafra: «La ficción es un recurso también político»

Remedios Zafra: «La ficción es un recurso también político»

Estudien lo que les gusta, nos decían. Síganle la cuerda a esa pulsión artística, a esa fuerza creativa que los mueve, porque luego el mercado se encargará de premiar ese genuino entusiasmo, nos animaban. Pasaron las aulas, pestañas quemadas noche tras noche en extenuantes jornadas de estudio, llegó la graduación y, años después, aquella recompensa no aparece. Mientras tanto, alargamos la espera con trabajos de paso, con colaboraciones poco (o nada) remuneradas en nuestra área profesional, concursamos en becas, pasantías y premios, seguros de que esta angustia valdrá la pena.

Con ese relato de precariedad, el siglo XXI asaltó a miles de jóvenes. Un relato atravesado por la dinámica del neoliberalismo y el Internet, y que alimenta El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, libro con que Remedios Zafra (Córdoba, España, 1973) ganó el Premio Anagrama de Ensayo del 2017.

El entusiasmo abunda en frases subrayables. Muchas lo son por la inquietud que despiertan, pero también por su forma: en ellas se trasluce la veta literaria de Zafra, autora de novelas como #Despacio (Caballo de Troya, 2012) y Los que miran (Fórcola, 2016). De hecho, ficción y ensayo comulgan en El entusiasmo, donde el personaje casi novelístico de Sibila entra y sale del libro, una suerte de marioneta movida por los hilos teóricos que se trazan en cada capítulo.

El subtítulo de este ensayo dibuja límites injustos, porque estas páginas no comprenden únicamente el fenómeno de la precariedad en el trabajo creativo: aquí hay también política, feminismo, sexualidad, literatura… No hay que ser un historiador del arte encerrado en una agencia de publicidad para identificarse en ellas, y por eso motivamos su lectura a cualquier persona.

Conversamos con Remedios Zafra, escritora y profesora de la Universidad de Sevilla.

–¿Cuándo comenzaste a preocuparte por el fenómeno de la precarización en el trabajo creativo? ¿Cuánto de vivencial hubo en esa inquietud teórica inicial?

Mi interés por la precarización viene de mi interés por la época. A poco que observemos lo que hoy singulariza el tiempo que vivimos, la precariedad es un imprescindible punto de entrada, no solo a las formas de trabajo que predominan, sino a las producciones cada vez más definidas por la caducidad como principal rasgo y por la celeridad y exceso a los que están expuestas. Para mí, sobre este asunto, lecturas de autores como Nicolas Bourriaud, Hito Steyerl o Judith Butler han sido inspiradoras y, en muchos sentidos, movilizadoras.

Tanto los enfoques que apuntan a la precariedad como seña de la cultura contemporánea, como los que advierten de la conversión de «vida en trabajo» (especialmente en los ámbitos creativos) me interesan, si bien este último además «me punza» y me motiva a un nivel más vivencial y político. Lo hace en tanto habla de las condiciones de vida de muchas personas que trabajan en el contexto académico y cultural, y cuya seña de identidad ha sido disfrazar situaciones de explotación (y autoexplotación) tras una máscara de entusiasmo por una pasión creativa. Y sí, hay un gran peso de historias personales y propias en mi inquietud teórica inicial.

–Mencionás en tu libro cómo la misma academia se ha visto envuelta en este fenómeno de la precarización, y a ello sumás la burocracia y la objetivación numérica a la que está sometida. ¿Cómo ha sido para vos, como profesora, denunciar y al mismo tiempo convivir con este fenómeno?

Pienso que la libertad de pensamiento debe ser el pilar del mundo académico, y es bajo esta sensación que denunciar una tendencia que la pone en cuestión me parece responsable y necesario, como ejercicio de crítica y también de autocrítica. Cuando afirmamos desde dentro de la universidad que esta tiene un problema, no obvio que nosotros tenemos un problema, es decir, que formamos parte de él y que hemos de asumir el reto de pensarlo y abordarlo.

En muchos sentidos, esto me genera conflictos y situaciones incómodas, pero considero que todo lo que pretende cambiar y mejorar un mundo comienza siendo «incómodo para ese mundo». Asumo por ejemplo mi desubicación en las vigentes áreas de conocimiento sobre las que se estructura el mundo académico en mi país, y también en los sistemas de valoración y promoción, donde mi trabajo pudiera ser desplazado por no ceñirse a unos requisitos formales o disciplinares de indexación. Sin embargo, es un tributo que bien vale el compromiso con un pensamiento libre.

–¿Has encontrado modos que te permitan generar cambios desde adentro de la academia?

Desde adentro hay modos diversos y a todas las escalas, tantos como resistencias; sin embargo, en mi caso encuentro que la escritura es una herramienta de cambio y de contagio en el ámbito del conocimiento, pues permite compartir lo que criticamos y darle una dimensión colectiva y pública. En cierta forma, además, la práctica de lo que esa escritura predica obliga a la coherencia de denunciar tanto la primacía del pensamiento rápido de la hiperproducción cultural y académica, como la ansiedad que generan las dinámicas burocratizadoras. Y lo hace reivindicando el pensamiento lento que busca profundizar y enfrentar las inercias desubjetivadoras de la celeridad, esas que priman la impresión frente a la concentración, las fuerzas de domesticación frente a las fuerzas creativas.

De otro lado, la inclusión de enfoques reflexivos y que promuevan la cooperación y la alianza me parece también fundamental y, en la medida que puedo, intento promoverlos entre los estudiantes. Me parece que si defendemos mayores ejercicios de libertad y pensamiento, no podemos favorecer que los estudiantes piensen de una determinada manera, sino buscar las condiciones para que desarrollen su pensamiento propio, su compromiso con el mundo que habitan y con los otros. Me parece importante aprender a vivir con dudas y vulnerabilidad, con curiosidad, siendo reflexivos, pero también siendo solidario y teniendo esperanza.

–Ante el influjo del Internet y las políticas neoliberales –las dos fuerzas que atraviesan tu ensayo–, ¿cuán importante se vuelve la movilización urbana, movimientos como el 8M? ¿Cuán importante es salir en comunidad de esa virtualidad que nos envuelve?

–Hay muchas formas de movilización que nos permiten pasar del «yo» al «nosotros», y esto es clave frente a un poder que actualiza e inventa formas interesadas de individualismo. De hecho, el sistema neoliberal enfatiza la «responsabilidad individual» frente a la «responsabilidad social», y promueve formas competitivas que nos hacen identificar a los que eran nuestros compañeros o amigos como rivales. Los vemos así cuando se compite ante los mismos trabajos, becas y proyectos precarios a los que de manera encadenada optan los trabajadores culturales. Pasa entonces que los vínculos entre iguales se rompen.

De otro lado, la cultura-red se conforma de multitudes de personas conectadas, miles de personas unidas pero habitualmente solas detrás de sus pantallas, cohesionadas por vínculos más ligeros que les permiten conformar colectividades con la rapidez con que encendemos una cerilla, pero que también desaparecen rápidamente, así como van renovándose y caducando las causas bajo una suerte de «activismo de salón».

Sin embargo, no ha pasado así con el feminismo y con el punto de inflexión del 8M. Considero que la movilización de las mujeres a escala global sí habla de una renovada colectividad política que ha encontrado en Internet un motor capaz de vencer las resistencias a esta cohesión. Creo que este vínculo tiene que ver con la posibilidad de compartir lo que hasta hace poco era íntimo y privado, con el descubrimiento de una solidaridad que nos hermana desde la experiencia privada que ahora se ha hecho compartida y colectiva. Esta alianza en la red y en las calles es una auténtica revolución. Claro que es importante salir de esa virtualidad a la que aludes en tu pregunta.

–En tu ensayo incluís un personaje ficticio, Sibila, cuya historia ejerce un paralelismo con las ideas que se desarrollan en el libro. Al final, alrededor de ese personaje se construyen tres posibles desenlaces, que pueden leerse como tres posibles salidas al problema planteado en el ensayo. ¿Te parece que la ficción, en este caso literaria, debe acometer esa tarea de analizar los problemas que nos corroen e imaginar posibles salidas?

La ficción es un recurso también político. Desde Haraway a Braidotti, muchas teóricas han reivindicado la ideación de figuraciones político-poéticas que nos permitan combinar lo simbólico y lo imaginario, valernos de la fantasía para pensar sobre vías de análisis de problemas y especulación de nuevas salidas posibles. Sibila nace de esta influencia, reivindicando la necesidad de no excluir la imaginación de nuestras reflexiones, así como el papel de las máscaras, no para esconder las voces propias sino para liberarlas de los corsés de corrección sociales. Especialmente si, como es el caso, pretendemos no sólo observar y narrar un mundo, sino en algo contribuir a «transformar mundo», a «no repetirlo». En este sentido, pienso que para el ensayo la fantasía es un recurso valioso, no solo porque esas distintas formas de «contar» suponen también distintas formas de «pensar» y especular sobre lo real y lo posible. Y esto importa cuando hay una pretensión crítica y política. Los limites que han separado literatura de ensayo son límites convenidos, y por tanto modificables, objeto de experimentación estética y política. Ambos enfoques están presentes en El entusiasmo.

–En el libro planteás la gran necesidad de inyectar humanismo al sistema estadístico que domina la era digital, y apuntás que esa tarea correspondería a las personas creativas, que hoy más bien viven en la precariedad. ¿Ves señales de la industria que indiquen que se puede ir hacia ese camino? ¿Cuánto crees que ayuden escándalos como el de Cambridge Analytica a impulsar esa reforma?

Muchas empresas digitales están abriendo sus puertas a trabajadores provenientes de las Humanidades. Y pienso que cada vez se dará más importancia a que la estructura red y tecnológica sobre la que sustentamos nuestras vidas esté reflexionada y sustentada en principios éticos y humanistas. Pero me preocupa que sea una cuestión meramente cosmética. De hecho, llama la atención que las garantías que debieran dar los poderes públicos para configurar un contexto de igualdad y justicia social también en la red (en tanto espacio social), sean delegadas a las empresas privadas. Tal vez estemos demasiado entretenidos en nuestros mundos y pantallas, pasando por alto que ese espacio digital que habitamos es sólo un espejismo de espacio público. Que bajo su apariencia de redes afectivas y aspecto amable, creemos ser usuarios y productores de mundo cuando somos ante todo «el producto» de estas empresas.

Lo que ha ocurrido con Cambridge Analytica debiera ser un punto de no retorno, pero dudo de si realmente se tomarán medidas, porque los poderes políticos parecen neutralizados y resignados frente a los económicos. Es gravísimo y corremos el riesgo de normalizar algo que otorga un increíble poder a las empresas tecnológicas como fuerzas de control y opresión simbólica. Es absolutamente inquietante la instrumentalización no regulada, no solo de los datos que nos identifican masiva, grupal e individualmente, sino de los datos que hablan de nuestros «deseos», de lo que nos moviliza, lo que confiamos al aparente anonimato de un buscador o de las redes.

La creatividad, el humanismo y el pensamiento más crítico debieran estar muy presentes en la tecnología, no ya para aumentar la productividad sino para hacer del mundo en red un mundo mejorado, más libre, capaz de recuperar su poder democrático, hoy delegado en el poder económico.

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Episodio 1: «Yo me conformo con un arcoíris»