Al puto

Al puto

–20 me mama
  25 me mama y c la meto
  30 me mama c la meto y pongo lugar

Picha, no tengo efectivo. Bueno, no en colones. Venía llegando de un viaje de trabajo en Colombia y había guardado 60 dólares por aquello de las emergencias en el aeropuerto. Yo soy de los tipos que creen que todo me puede pasar en un aeropuerto y está seguro de que nadie nunca lo va a ayudar. Revisé y ahí en la billetera seguían los tres billetes de 20. Calculé el cambio con 500 colones, como lo hago desde que estaba en el colegio porque yo no te sé de economía, y entonces tenía 30 rojos. Se la puedo mamar y me la puede meter. Picha, no quiero que me la meta porque siempre me duele que me la metan y no te voy a pagar por algo que me duela; es puto no dentista. ¿Entonces qué quiero? Picha, voy a pagar por sexo por primera vez en mi vida y no sé ni lo que quiero.

–Mae no tengo colones, solo dólares
–No importa mae los cambio
–Ok tengo 40, igual solo lo quiero mamar
–Esta bien mande ubicacion

Le dije 40 porque no quería quedarme sin nada y porque, aunque no sabía muy bien qué quería hacer, sí sabía qué no quería, y eso era pagar por ir a un chante ajeno. Para eso pago otros 400 dólares por este, para no despertar a mami cuando llego de madrugada y ahora supongo que también para meter putos.

Pasaron como 15 minutos desde que le mandé la ubicación de mi aparta, en Grindr decía que el mae estaba a unos 500 metros. Era la primera vez que me ponía nervioso por recibir a un extraño de Grindr. Más que nervioso, estaba ansioso.

¿Me arreglo? Ni picha, tengo que gustarle a huevo. ¿Tengo que gustarle? En realidad no, soy yo el que lo voy a mamar. ¿Y si el mae no me quiere tocar? Besos de fijo no. Puta, no había pensado en eso. Bueno, es obvio, el nombre de usuario del puto en Grindr era «Hetero $» y por eso precisamente fue que lo saludé con un «Hola, ¿cuánto?».

Fue casi como por instinto, porque las presas naturales de los playos son los hombres heterosexuales. Queremos arrebatárselo del nido a la novia y a la mamá, meterlos en una cueva, destajarlos y vaciarlos a lengüetazos. Ese es el triunfo máximo: vencer al opresor, chingo en una cama y parado por vos.

–Estoy afuera
–Es el edificio de balcones, no te veo
–Si pero estoy en la eskina fumando

Quería verlo desde la ventana antes de abrirle el portón. Que la fantasía que por instinto me hizo escribirle y ahora está tan clara se cumpliera. Que fuera un pinta, que me entrara el miedo de que todo fuera una trama y en realidad venía para asaltarme, que fuera uno de esos cuerpazos que no tiene plata para gym pero se formaron en las construcciones, que tuviera doña con hijos y novia con hijos, todo al mismo tiempo. Que fuera el que nunca podría tener, solo con 40 dólares.

Y lo era. Al menos una versión aceptable de la fantasía: look claramente chata, coronado con faja blanca, y no se veía como un gran matón de la León XIII, pero de fijo te manejaba una cuchillita. Lo más importante, el cuerpillo al menos más duro que la almohadita que soy.

–Rasta, ¿fuma monte?
–Mae, sí, pero ahorita no, pura vida.
–¿Me lo puedo fumar aquí?
–Sí, sí, dale, todo bien.

Me moría por preguntarle si tenía que fumar para olvidar que era un mae el que le iba a mamar la picha y no una vieja tetona. Me moría por preguntarle eso y mil cosas más, pero al mismo tiempo me callaba para no arruinar la fantasía. ¿Y si era playo y solo tenía hambre? Porque hay chatas playos, montones.

¿Qué estoy haciendo pagándole a un playo para mamársela? Modestia aparte, hay playos que me pagarían a mí, mi ciela. Y que el puto se bautizara «Hetero $» en Grindr no significaba nada, me han salido decenas de «Heterocurioso», «Curioso con doña» y «Bi discreto» que son más locas que yo. Locas pero no tontas, porque saben que diciendo que no son playos ligan más playos. Instinto animal, le digo yo. O que somos brutas como animales, ya ni sé.

–Diay, si quiere le damos, mae.
–Ok, vamos al cuarto.

Liberé a mi Karina-si-fueras-esta-almohada-qué-no-te-haría-Bolaños y le empecé a dar instrucciones, sin derecho a preguntas ni él ni yo. De pie. Quítese los zapatos. No, el resto yo. Acuéstese. Los brazos detrás de la cabeza. No se quite el rosario. Abra las piernas.

El puto podía ser puto por muchas razones, pero una de ellas era porque podía. Aquella herramienta de trabajo era enorme: color caramelo, sin chanfle para ningún lado y con dos bolas de ping-pong colgando, que eran simétricamente perfectas. Yo mismo las medí con la lengua.

Le besé los pies a pesar de sus cosquillas, le llevé las piernas a los extremos de la cama como si fuera gimnasta y no puto, le mordí los pezones como yo odio que me los muerdan y le succioné la vida por el pene pero sin que pudiera derramar ni una gota. Y quería más, quería esa boca con hedor a weed porque siempre me ha gustado más fumar directo de las bocas. Me mandé.

–Mop, sorry, eso no. –Volví a bajar. El pecho liso, las axilas cálidas, los bíceps tensos. Pero soy caprichoso y lo intenté una vez más–. Mae ya le dije que no, todo menos eso.
–Ay, mae, no entiendo.
–Tengo güila.
–¿Y ella sabe?
–No, ¿está loco?

Era lo único que necesitaba escuchar. Me incorporé, abrí las piernas y me senté justo a la mitad de su cuerpo. Le voy a pagar más, dije yo. El puto sonrió pero como burlándose, como diciendo todas las locas son iguales, como teniéndome lástima porque nunca me la va a meter tan rico como se la mete a su güila.

Pero eso a mí no me importa, métamela porque no tiene otra opción. Métamela porque yo me voy a imaginar que me la está metiendo igual de rico que a ella.

El mejor sexo de mi vida duró solo tres minutos. No pude aguantar más que eso con el puto adentro, y me explotó por todos los huecos. Yo drenada y agotada, pero satisfecha.

–Mae, ¿me puedo guatear un toque?
–Lo regué todo, sorry.
–Sí, sí, pero igual es que estoy sudado y voy para el chante.
–Dale, acá a la par está el baño.
–Pura vida.

El puto se bañó y hasta me pidió un poco de mi Hugo Boss. Ahora me parece un abuso, pero en aquel momento me pedía las estrellas y se las bajaba. Le di completos los 60 dólares que tenía y chocamos los puños en el portón. Volví al apartamento y tomé una siesta en el sillón que todavía olía a weed y todo me parecía lindo. Cuando desperté, una media hora después, encontré otro mensaje del puto en Grindr: «Perrito ahora q me guatie deje un anillo en el baño me lo guarda es dorado con mi nombre yo le caigo un dia».

Fui al baño y efectivamente ahí estaba el anillo en el piso de la ducha. Volví a Grindr y bloqueé al puto. Yo necesito ese anillo, que es mi trofeo de guerra. Él se puede comprar otro que para eso tiene 60 dólares.

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Texto incluido en Cartas a hombres. © Feliz Feliz, 2018. Todos los derechos reservados.

Fotografía de Jason Leung.

Querido buen muchacho

'Al límite', de Thomas Pynchon